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sábado, septiembre 12, 2009

LOS OTROS (II): CATEGORÍAS DEL DESPRECIO

Ya era hora de que escribiera algo por aquí, que estoy un poco vago últimamente. Estábamos hablando de cómo las categorías del lenguaje y el pensamiento contribuyen a reproducir las relaciones sociales de poder y dominación. Partíamos de una reflexión general buscando lo que había de verdadero y auténtico en la ideología del "lenguaje políticamente correcto" para encontrarnos con este efecto real de las categorías sobre la vida de la gente. Después hemos visto cómo las categorías de los "Otros" sirven para configurar intereses colectivos hacia dentro o hacia fuera de un determinado grupo; puesto que estos intereses son muy variables, las categorías son también muy elásticas y flexibles (a pesar de nuestra tendencia a tomarlas como ideas platónicas de contenido inmutable).

El hecho de que sean flexibles no impide que estén firmamente asentadas en nuestra manera de hablar y de pensar, reproduciéndose continuamente a través del lenguaje y la acción y haciendo más y más verdaderas y materiales las diferencias entre las personas por razón de su (nuestra) pertenencia a "grupos imaginarios". Pero la flexibilidad hace que la carga emocional vinculada a cada categoría sea variable, desde el más absoluto desprecio hasta las formas más sutiles de distinción.

He cogido la costumbre excéntrica de leer en los parques en lugar de encerrado en casa. Creo que es una sana costumbre por diferentes razones y una de ellas es la posibilidad de acceder a material antropológico inédito, dado que alguna gente grita tanto que es imposible no escuchar sus conversaciones, que no hemos de considerar "intimidad "debido al volumen de voz empleado. Hace unas semanas, una chica joven se acercó con su sobrina preferida, de 6 años, al banco donde estaban sentados unos amigos suyos. En un momento dado, la niña debió coger una colilla o algo así y su tía la reprendió: "Eh. ¡No toques eso! ¡Eso es mierda! Como los moros. ¿Qué son los moros? Mierda. Pues lo mismo el tabaco. Moros mierda. Tabaco mierda. Como los moros". La frase se planteó con total y absoluta espontaneidad y sin la conciencia de culpa que acompaña a las manifestaciones "políticamente incorrectas" en otros contextos sociales. Es sólo un ejemplo. Todos escuchamos diariamente muchas cosas como esta a veces en broma, a veces en serio, a veces medio en broma medio en serio y en boca de gente normal y corriente, no necesariamente de cabezas rapadas embrutecidos. Así es como se reproducen, tranquila y cotidianamente, sin sobresaltos y entre chistes, las categorías del desprecio. Creemos que el desprecio se circunscribe a las manifestaciones más extremas del racismo y se nos puede escapar su funcionamiento real.

Esta niña de 6 años ya ha sido socializada en una equivalencia moros = mierda = tabaco. Es posible que esto influya sobre ella de manera directa y palpable. Pero también puede que no. Puede que termine fumando dos paquetes de tabaco negro al día y casándose con un "moro." Pero, aún así, su espacio de significados estará colonizado por esta equivalencia, no sé si me explico. El sistema de categorías que conforma el pensamiento mantendrá la conciencia de la categoría denigrada. Es como una especie de gen, que se expresa o no se expresa en función de un contexto determinado y, si se expresa, puede hacerlo también de diversos modos en función de las circunstancias y en cualquier caso, se sigue reproduciendo.

Las expresiones más destacadas de las categorías del desprecio son las manifestaciones de racismo radical, abiertamente rechazadas por el conjunto de la sociedad; pero estas manifestaciones especialmente violentas y socialmente disfuncionales no pueden analizarse de manera separada del sistema de dominación étnica del que forman parte como resultado patológico (de la misma manera que la violencia de género es una manifestación patológica de un sistema mucho más cotidiano de dominación de la mujer). Los participantes en los sucesos racistas de "El Ejido" no eran monstruos inhumanos, sino personas perfectamente normales que, en un contexto estructural determinado -posiblemente, la integración de los marroquíes a la pauta "nacional" de acceso a la propiedad de la tierra- reaccionaron de una manera patológica. Pero las categorías del desprecio operan de manera mucho más cotidiana, lo que sucede es que para entenderlo nos tenemos que quitar esa visión platónica y discreta de las categorías.

Uno puede gritar en el apogeo de cualquier banquete familiar que los moros son una mierda y llevarse muy bien con el moro X, que le suministra el hachís, le pasa bien y además es güena gente. En la práctica humana es perfectamente compatible. Pero el "gen" sigue allí y se activa en un momento determinado (pongamos la dificultad para encontrar plaza en el colegio para sus niños o sufriendo una cola de urgencias), para indicar al cerebro cuál es (y cuál debe ser) el grupo subordinado. Las "categorías del desprecio", cargadas de emotividad negativa, se activan en determinados momentos para producir solidaridad excluyente o simplemente, para excluir, total o parcialmente, de la solidaridad.

Ahora bien, ¿cómo reaccionar ante esta dinámica? A mi juicio, no resulta demasiado útil que nos convirtamos en censores del lenguaje y perseguidores del chiste o el comentario racista. Y no es útil porque estas categorías son, como he intentado explicar, producto de unas relaciones reales de dominación; mientras estas relaciones se mantengan, estas expresiones van a seguir aflorando, de un modo u otro. Como contaba hace ya tiempo, la "demonización del racista" sólo provoca que el racismo se nos cuele en el salón principal por la puerta de atrás. De lo que se trata es de evitar el efecto de reproducción de la desigualdad que generan las categorías del desprecio. Para ello, en primer lugar, es necesario que nos hagamos muy conscientes del funcionamiento del proceso. En segundo lugar, es preciso plantear discursos alternativos y categorías alternativas que puedan contrarrestar este efecto reproductor, que puedan cuestionar las categorías del desprecio y abrir un espacio más amplio para la percepción del otro que nos permita producir mecanismos de solidaridad incluyente. Es decir, no se trata de escandalizarse ante todas las manifestaciones de desprecio (aunque a veces el escándalo es muy oportuno), sino más bien de lanzarnos a esta batalla en el mundo de los símbolos, tanto en broma como en serio.

En cualquier caso, más allá del efecto emotivo de las categorías del desprecio (aunque con ayuda de éste) la distinción Nosotros/Otros opera también cuando se utiliza de manera aparentemente más neutra para excluir artificialmente a muchas personas de la solidaridad. Especialmente en contextos como el de la crisis económica. Este efecto es quizás más sutil. Intentaré explicarlo en las próximas entradas.

martes, octubre 21, 2008

NACIONALIDAD Y DISCRIMINACIÓN RACIAL (II): CONDICIONAMIENTOS DEL LEGISLADOR

En la entrada anterior he intentado argumentar que la nacionalidad no opera únicamente como una categoría jurídica neutra (vínculo entre un individuo y un Estado-nación a efectos públicos y privados), sino que también puede operar como uno de los "rasgos distintivos" a través de los cuales las personas construimos las categorías raciales (lo mismo que el color de la piel u otros rasgos visibles del fenotipo, la lengua, la vestimenta, el acento, etc.) A grandes rasgos, esto sucede cuando los ciudadanos utilizan esta categoría jurídica -una vez incorporada al "mundo social"- para establecer diferencias de trato ajenas a las previsiones del legislador. Podría parecer entonces que el legislador o los poderes públicos están libres de cometer discriminaciones raciales a través de esta categoría jurídica, pero ya he adelantado que no lo creo así.

Durante la II Guerra Mundial, los "japoneses" residentes en EEUU fueron recluidos en campos de concentración (decisión que el Tribunal Supremo no consideró discriminatoria). Alguien podría decir que el criterio utilizado no fue la nacionalidad, porque los ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa también fueron recluidos. Este argumento no me parece apropiado. En realidad, los nacionales japoneses eran considerados automáticamente como suceptibles de internamiento y los nacionales norteamericanos lo eran si tenían ascendencia japonesa, esto es, si sus progenitores eran de nacionalidad japonesa; en ambos casos (en el segundo de modo más indirecto), la nacionalidad es el "rasgo distintivo" de la categoría racial. Actualmente, la normativa internacional en materia de Derechos Humanos -desde la Declaración Universal- reconoce el "origen nacional" como una causa de discriminación racial; así, el art. 1.1. de la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial.

En aquella ocasión de los japoneses en la II Guerra Mundial, había quien no estaba de acuerdo con que se tratara así a los ciudadanos norteamericanos, pero estaba conforme con el trato dado a los nacionales de Japón ¿Y si se les hubiera hecho caso y sólo se hubiera internado a los jurídicamente japoneses? La medida hubiera sido igualmente un acto de discriminación racial. Concretamente, a mi juicio, una discriminación directa, en la que la categoría jurídica (vínculo jurídico de una persona con un Estado-nación) no se está utilizando como tal, sino como rasgo distintivo de una categoría social, igual que si un ciudadano español escogiera la nacionalidad en sentido estricto como criterio para propinar palizas a los "extranjeros". La "pista" que nos permite detectar el elemento de adscripción de la discriminación directa es el fenómeno que en Psicología Social se denomina "correlación ilusoria" (entre el estereotipo y la realidad representada). No me puedo detener mucho en ello pero basta constatar que en este caso la aplicación de la "nacionalidad" iba más allá del vínculo jurídico, salvo interpretaciones muy retorcidas y abiertamente falaces que se refierieran al deber jurídico de los japoneses de defender a su país, que en todo caso no serían aplicables a otros supuestos. En cambio, cuando en la Unión Europea se pretende construir un espacio de libre circulación a través de una serie de tratados, el hecho de que se concedan derechos especiales de libre circulación a las personas vinculadas jurídicamente a los Estados firmantes de estos tratados implica un uso propiamente jurídico de la categoría, que operaría como una circunstancia a primera vista neutra.

Ahora bien, aún cuando consideremos que no hay discriminación directa es preciso determinar si existe discriminación indirecta; esta es otra técnica para determinar el elemento de adscripción al grupo social que implica toda discriminación. Cuando se utiliza para producir una diferencia de trato una circunstancia aparentemente neutra que genera un impacto desfavorable sobre un grupo social determinado, se exige una carga mayor de justificación. La medida debe de estar orientada razonablemente a un fin legítimo y los medios utilizados tienen que ser proporcionados y necesarios. No hay que esforzarse mucho para argumentar que la diferencia de trato por razón de nacionalidad produce impacto sobre distintos "orígenes nacionales" (circunstancia que, como hemos visto, constituye una categoría racial y una causa de discriminación prohibida). El problema será determinar en cada caso la justificación de la diferencia de trato en el sentido antes indicado. Así pues, existe un espacio para el tratamiento diferenciado por razón de nacionalidad, pero cuando éste supone un impacto desfavorable sobre grupos nacionales. De esta protección no quedan fuera los extranjeros por más que se invoque el artículo 13 de la Constitución, dado que la prohibición de discriminación -incluyendo la racial- se
considera por nuestro Tribunal Constitucional como un derecho inherente a la dignidad humana, que no puede verse condicionado por la nacionalidad.

Todo esto no son problemas teóricos porque, en mi opinión, la legislación española contiene discriminaciones directas o indirectas por motivos relativos al origen nacional. Ya he señalado que el Tribunal Supremo norteamericano no consideró discriminatorio el internamiento de los japoneses en campos de concentración. No lo hizo porque estaba preso de las orejeras de los prejuicios de su tiempo. Lo mismo ha sucedido en incontables casos (por ejemplo, hasta las últimas décadas, la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos justificaba la tipificación penal de las relaciones homosexuales). Tal vez nunca podamos salir de las orejeras de los prejuicios de nuestro tiempo, pero conviene que tengamos una mirada lo más abierta posible para abrirnos a la realidad que se va mostrando; eso es lo que pretendíamos en parte al reconstruir nociones relativamente abstractas de discriminación como la que aquí se defiende. Aplicando este instrumental he llegado a la conclusión de que tenemos algunas normas discriminatorias y por supuesto creo estar en lo cierto; sin embargo, a veces cuando discuto sobre ello me encuentro con lo que interpreto que son las orejeras de los prejuicios de nuestro tiempo, de los que esperemos que se rían nuestras descendientes como nosotros hoy del Tribunal Supremo norteamericano. Eso sí, no voy a revelar en la próxima entrada cuáles son esas normas; vamos a darle un poco de descanso al Derecho puro y duro para afrontar el espinoso tema de las oenegeses y el mundo de las migraciones.

domingo, octubre 05, 2008

NACIONALIDAD Y DISCRIMINACIÓN RACIAL (I): EL MARCADOR DE LA RAZA

Ya hemos definido desde un punto de vista jurídico la discriminación como una diferencia de trato desfavorable derivada de la adscripción (directa o indirecta, abierta u oculta, compartida o no por la víctima) a una categoría social que potencialmente sitúa a las personas incorporadas a estas categorías en una posición de desigualdad social sistemática. Estas categorías sociales son representaciones culturales relativamente compartidas -con distintas variaciones y grados- y no son conceptos monolíticos que se correspondan con ideas platónicas, sino que sus fronteras y sus significados se van determinado de manera flexible y elástica en función del contexto social y cultural (por ejemplo, un "negro" puede significar cosas distintas en contextos distintos).

Es muy fácil confundir estas categorías sociales con los "rasgos distintivos" o "marcadores" a través de los cuales detectamos o construimos la categoría en cada momento, de un modo muy variable. Así, por ejemplo, la discriminación que sufren las mujeres no se conecta directamente con el "sexo" -definido como los rasgos biológicos que aparecen de manera diferenciada en machos y hembras de la especie humana-, sino con el "género", una categoría sociocultural construida en torno a estas diferencias biológicas, formada por una serie de estereotipos y roles sociales variables según el contexto. De hecho, si en una empresa el salario de los "Limpiadores" es indirectamente discriminatorio con respecto a otras categorías debido a que las tareas de limpieza se han infravalorado por estar feminizadas, si existiera un "limpiador" varón adscrito a esta categoría estaría sufriendo exactamente la misma discriminación que sus compañeras a pesar de ser de sexo masculino.

Esta disociación entre rasgo distintivo y categoría (sexo/género) es aún más importante en sede de discriminación racial. La "raza" o la "etnia" -porque en realidad no hay diferencias entre una y otra- no es otra cosa que una categoría sociocultural de contenidos contingentes construida en torno a una serie muy variada de rasgos distintivos, que no necesariamente tienen un origen biológico. Si alguien sufre discriminación por ser "moro", "gitano" o "sudaca" es porque se le ha aplicado una categoría social referida a un hipotético "origen étnico", con independencia de cuáles hayan sido en cada caso los rasgos distintivos que hayan provocado la adscripción (podrán ser rasgos físicos genéticamente heredados y visibles, formas de vestimenta, costumbres y formas de vida, acento o lengua nativa, adscripción propia...) De la misma manera, aunque hemos construido una categoría general de "negro" (vinculada históricamente a la esclavitud), que a veces seguimos aplicando, los contenidos reales varían según los contextos: no es lo mismo un norteamericano que un subsahariano y a su vez estos papeles no coinciden exactamente con los de los "negros " auctóctonos en EEUU o en el Reino Unido. Por eso hemos insistido aquí en numerosas ocasiones que es irrelevante -y contraproducente- aludir de manera separada a un supuesto racismo biológico ¡que nunca existió como tal!

Y en este potaje ¿dónde entra la nacionalidad? Los juristas tendemos a pensar inmediatamente que la "nacionalidad" no es una "categoría social" sino una "categoría jurídica" consistente en una relación jurídica que une a un sujeto con un Estado-nación a todos los efectos. Este vínculo puede tener efectos de derecho privado (por ejemplo, el matrimonio se rige por la "ley personal" común de los cónyuges, determinada por su nacionalidad) o de derecho público (derechos frente al un determinado Estado como el derecho al voto u obligaciones como el servicio militar). Desde esta perspectiva aséptica, centrada en el mundo imaginario del Derecho y descentrada de la realidad social, no hay "discriminación" posible. Las categorías jurídicas no son categorías sociales, están pensadas precisamente para la diferencia de trato y se limitan a aplicar un efecto diferente a una situación diferente; de hecho, en los ejemplos anteriores parecería que esta aplicación formal de la nacionalidad no tiene nada que ver con las desigualdades sistemáticas entre grupos humanos, cada uno tiene su relación con su Estado y ya está. No quiero decir que estos argumentos jurídicos estén privados de sentido; en parte son ciertos y explican tanto la referencia a los españoles en el art. 14 de la Constitución como la aparente exclusión relativa de los extranjeros en el art. 13 y el hecho de que la Directiva comunitaria en materia de discriminación racial se "lave las manos" en materia de nacionalidad. Pero estos argumentos tienen que completarse con una mirada a la realidad social.

Pongamos un ejemplo: ¿por qué el Estatuto de los Trabajadores prohibe la discriminación por "estado civil"? ¿No es el Estado civil una circunstancia meramente jurídica? Fíjense como aquí la situación jurídica puede utilizarse como "rasgo distintivo" para configurar categorías sociales más allá de la finalidad originaria de la distinción jurídica. Un empresario podría negarse a contratar a alguien por estar "separado(a)", "divorciado(a)", "soltero(a)" o "casado(a)" y el resultado sería discriminatorio; subrayo en este caso el género gramatical porque aparte del estado civil hay cuestiones de "género" sociocultural por medio que podrían mezclarse. No se está aplicando realmente la categoría jurídica, sino una categoría sociocultural construida con elementos jurídicos. Lo mismo pasa con la "nacionalidad" (o incluso con la irregularidad, pero esa es otra historia), alguien podría utilizarla como un criterio más para configurar categorías sociales y aplicar diferencias de trato discriminatorias.

Un argumento en contra, aunque bastante simplón, podría ser que las fronteras de la categoría social degradada y de la nacionalidad no siempre coinciden a la perfección: un español procedente de otro país puede seguir siendo considerado un "extranjero" toda su vida y quizás lo mismo podría suceder con sus hijos, aunque muchos autóctonos ya los considerarían como miembros del mismo grupo (quizás con dudas); de la misma manera, alguien de origen español podría ser tratado por la gente como tal a pesar de su nacionalidad extranjera y la ley incluso le concede algún que otro privilegio racial.

El argumento es falso, porque parte de un entendimiento erróneo de las categorías sociales como esencias estáticas de fronteras bien delimitadas, ideas platónicas. Hemos visto como las categorías sociales no siempre coinciden a la perfección con los rasgos distintivos utilizados, que son variables y flexibles en función de intereses diversos; también hemos destacado como los rasgos biológicos o los orígenes genealógicos no tienen una relación automática y uniforme con la "raza" real, es decir, con la imaginaria; por otra parte, no cabe duda de que si decimos que alguien es de origen extranjero es porque nuestras categorías mentales parten de la realidad jurídica de los Estados-nación y de la nacionalidad originaria del sujeto o de sus padres. La nacionalidad es un rasgo distintivo, un punto de partida con el que se construyen categorías raciales, pero no es la categoría misma. De la misma manera, en un contexto discriminatorio, a una mujer se le puede "permitir" ascender en el trabajo a un puesto importante si decide no tener niños o no cuidar de sus familiares; no es que haya dejado de ser mujer, pero a efectos de una discriminación concreta, no tener niños la puede librar de ser enjuiciada por el estereotipo asignado a su género.

Creo que está suficientemente demostrado que la nacionalidad puede ser utilizada por los particulares para construir discriminaciones raciales; quizás por eso la Ley de Extranjería prohibe la "discriminación por razón de nacionalidad". Sucederá esto cuando se extralimiten de las funciones asignadas a la categoría jurídica de nacionalidad como vínculo con el Estado. Pero ¿entonces el legislador no puede producir discriminaciones raciales aplicando la nacionalidad? Pues sí puede. Pero eso lo veremos en la próxima entrada.

sábado, marzo 15, 2008

EXTRANJERÍA Y DELINCUENCIA (II): BORRACHERA DE "MECA-COLA"

Como hemos visto en la entrada anterior, la pregunta acerca de las conexiones entre "extranjería" y "delincuencia" no es inocente. Claro que tal vez ninguna pregunta lo sea. Eso no quiere decir que no debamos hacernos preguntas, sino más bien que debemos comprender y controlar los presupuestos que producen nuestras preguntas y plantearnos de vez en cuando si nos hemos hecho los interrogantes más adecuados para descubrir lo que necesitamos. Así, por ejemplo, podríamos darnos cuenta de que en nuestra búsqueda de conexiones puede haber un intento implícito o inconsciente de "juzgar" a colectivos enteros (o juzgar a personas concretas por la "etiqueta" que previamente le hemos puesto), es decir, de mostrar o expresar un desprecio visceral por los extraños, sin obtener ningún conocimiento útil para resolver problemas.

Así pues, es preciso enfatizar que la responsabilidad penal es individual y que, por tanto, no afecta a grupos abstractos de personas. Del mismo modo, propongo partir de la premisa de que la responsabilidad moral o ética también debe ser individual, esto es, no "debe" juzgarse moralmente a unas personas por las acciones de otras; esto puede parecer una obviedad en las sociedades modernas, caracterizadas por el individualismo ético, pero no siempre es tan evidente para nuestras pulsiones intestinales; hay muchos ejemplos de esas ansias de "justicia" colectiva, entre ellos todas estas airadas declaraciones que escuchamos "en la calle" sobre los extranjeros y la delincuencia. Si no nos interesa, por tanto, "juzgar" globalmente a los "extranjeros", nuestra preocupación será más bien averiguar las causas de las disfuncionalidades sociales -como la "delincuencia"-, con objeto de tratar de superarlas. Una cosa es aplicar el Derecho Penal a las personas que cometen delitos y otra muy distinta -no necesariamente incompatible- es tratar de prevenir la producción de estos delitos incidiendo en las causas que los provocan, partiendo de un análisis previo de esas causas.

Lógicamente, quienes postulan una conexión entre "extranjería" y "delincuencia" se apresuran a buscar correlaciones estadísticas y a menudo las encuentran (quien busca, encuentra). Debe recordarse, no obstante, que "correlación" no es lo mismo que "causalidad". Un ejemplo clásico es el de la persona que el lunes bebe whisky con "cola", el martes ron con "cola" y el miércoles ginebra con "cola"; los tres días acaba en estado de embriaguez y llega a la conclusión "lógica" de que la causa de su borrachera es el refresco de "cola". Los números pueden producir una ilusión de "certeza" (y, desde luego, son bastante útiles para mejorar nuestro conocimiento), pero, en términos estrictos, no existe la investigación social puramente "cuantitativa": detrás de toda correlación estadística hay una serie de "teorías" que nos ayudan a plantearnos preguntas y a buscar la mejor manera de responderlas (por ejemplo, buscando determinadas correlaciones y no otras). Si no se reflexiona acerca de las teorías que hay bajo nuestras afirmaciones, corremos el riesgo de acabar "borrachos de cola". De hecho, frecuentemente, quienes señalan estas conexiones místicas entre "extranjería" y "delincuencia" no hacen explícitas sus "teorías"; se limitan a aportar el dato, como ese vecino cotilla que te cuenta lo que dice "la gente" sin responsabilizarse por la información. Así, se evita entrar en el terreno de la discusión y los símbolos mágicos pueden operar sobre nosotros de manera inconsciente.

Así pues, tendríamos que definir las categorías analíticas que van a componer nuestra teoría. ¿Qué queremos decir con "delincuencia"? y ¿qué queremos decir con "extranjero"? También deberíamos postular una hipótesis acerca de la relación entre estas dos variables ¿por qué podría la "delincuencia" depender de la "extranjería"? Posteriormente, estas categorías analíticas habrán de ser "operacionalizadas", es decir, convertidas en algo que pueda ser reducido a observables empíricos ¿cómo vamos a medir la "delincuencia"? En este caso concreto, la búsqueda de conexiones entre las dos variables se ve notablemente afectada -de manera negativa para el conocimiento- por ese mito del "Extranjero Portador del Caos" del que hemos hablado anteriormente, al utilizarse categorías teóricas que operan a menudo como "símbolos" con significado indefinido, contingente y ligado misteriosamente a emociones o incluso a sensaciones físicas. La palabra "delincuencia" evoca el desmorronamiento del orden establecido en el que se sustenta nuestra sociedad, lo más indefinido de nuestros miedos e inseguridades; probablemente, genera imágenes en nuestras mentes de delitos violentos, homicidios, tiroteos, atracos y secuestros. Sin embargo, al "operacionalizar" el símbolo, tal y como está definido, probablemente se incorporarían a la definición conductas que, para muchos españoles (no para todos, claro), no resultan tan preocupantes. Para nuestro "hombre de paja A" no resultan especialmente peligrosos el tipo que le vende los DVDs piratas o el que le "pasa la grifa"; su conducta no le quita el sueño, por más que sea "delictiva" y por tanto, antisocial desde la óptica del Derecho Penal.

Yo aún diría más. Si lo que verdaderamente nos interesa no es "juzgar a los extranjeros" sino "prevenir los delitos" desde el conocimiento criminológico, parece bastante más razonable que estudiemos los distintos delitos por separado, o al menos agrupados en géneros que puedan responder a una etiología común. A efectos de determinación y prevención de las causas sociales que contribuyen a la producción de los delitos ¿es apropiado agrupar el tráfico de drogas con la violencia de género? ¿el robo con la prevaricación? ¿el homicidio con el abuso sexual de menores? ¿el fraude fiscal y las lesiones? Como regla general, parece más fértil entrar en detalles respecto a conductas concretas y los factores que podrían incidir en su producción que quedarnos en la repetición mecánica de símbolos de contenido variable y evanescente.

Aún así, todavía podríamos cuestionarnos la "validez de constructo" de los procesos a través de los cuales queremos medir la "delincuencia" (preferentemente, agrupada en géneros de delitos), es decir, la relación entre los indicadores y los conceptos teóricos que pretenden describir. Si miramos el índice de "detenciones" ¿estamos teniendo en cuenta que los extranjeros pueden ser detenidos debido exclusivamente a su situación administrativa? Seguramente, el indicador más apropiado de delincuencia es el de la población reclusa que cumple condena (recordemos que para las personas en prisión provisional rige la presunción de inocencia), pero aún así, habrá que tener en cuenta que el indicador no es ni mucho menos perfecto: sólo mide los delitos que fueron "eficazmente" sancionados por el sistema. Y está claro que, por razones diversas, nuestro sistema judicial es más eficaz en la sanción efectiva del robo con fuerza en las cosas (art. 238 CP) que en el castigo de la imposición a los trabajadores de condiciones ilegales mediante engaño o abuso de una situación de necesidad (art. 311 CP); también está claro, aunque suene un poco demagógico, que en la jerarquía de una red dedicada al tráfico de droga es más fácil atrapar a los camellos que a los peces gordos, por ejemplo. En cualquier caso, ningún indicador va a ser perfecto, basta a estos efectos que busquemos el mejor posible y que seamos conscientes de la debilidad relativa de nuestras construcciones teóricas.

De la misma manera, deberíamos preguntarnos qué es lo que queremos decir con "extranjero" (revelándose que nuevamente hay por debajo una figura simbólica e indefinida). En sentido estricto, al menos para mí, por mi formación como jurista, la "extranjería" es una circunstancia jurídica, el vínculo de una persona con un Estado-nación distinto del nuestro; parece difícil postular que esta circunstancia formal genere automáticamente delincuencia. Muy probablemente, la "extranjería" se trata más bien de un "rasgo distintivo" con el que se construye una categoría social, en concreto, una categoría racial. Claro, el color de la piel, por ejemplo, es un "rasgo distintivo" que está prohibido utilizar en nuestro contexto cultural, salvo de manera subterránea. Así pues, a nadie en España se le ocurre buscar correlaciones entre "color de la piel" y "delincuencia", como sucede en otros países, aunque probablemente, también podrían encontrarse. Nuestro racismo se basa en "rasgos distintivos" aparentemente "culturales", de manera que nuestras teorías sobre la "raza" también son "culturalistas". En este contexto, la "extranjería", en términos jurídicos no sería tal vez el mejor indicador para medir esta supuesta "distancia cultural" (algunos nacionales serían percibidos por muchos españoles como extranjeros, por ejemplo).

La definición de la variable independiente (la extranjería) implica ya una teoría acerca de la relación de causalidad que tiene con la variable dependiente (la dependencia). Invariablemente, como ya hemos indicado, nuestras teorías al respecto se basan en afirmaciones sobre la "cultura". El sesgo que los psicólogos sociales han denominado "error fundamental de atribución" nos impulsa a destacar las variables "internas" (disposiciones mentales) respecto de las circunstancias contextuales. ¿Qué conexión podría haber entre la "extranjería" -en términos "culturales" o "étnicos"- y la delincuencia? La respuesta fácil: como los extranjeros vienen de otras sociedades, con otros valores, no están "socializados" en los principios que rigen nuestra convivencia. Si pretende ser una explicación más o menos global, esta respuesta es absurda, porque se basa en una inaceptable consideración de la "inconmensurabilidad" de las sociedades como compartimentos estancos totalmente ajenos los unos a los otros y sin rasgos comunes. La inmensa mayoría de los delitos que se cometen en España, tanto por españoles como por extranjeros, consisten en conductas que también están mal consideradas, prohibidas y perseguidas (a veces con exceso) en los países de donde vienen los migrantes.

Así es como terminamos borrachos de meca-cola. Postulamos que la delincuencia extranjera se debe a que los migrantes "no se integran" y los que peor se integran -para este discurso culturalista- son los "musulmanes", ergo, son las malignas esencias del Islam las que los convierten en criminales. Esto es completamente absurdo, claro. La mayor parte de los reclusos cumplen condenas por delitos contra el patrimonio o contra la salud pública y está claro que el Islam condena fuertemente ambos tipos de conductas (que en los países musulmanes están penadas, incluso de manera muy excesiva). Es como si algún telepredicador norteamericano -alguno habrá que lo haga- atribuyera los delitos violentos cometidos por bandas latinoamericanas a su catolicismo, como si alguna encíclica papal animara a la constitución de bandas rivales. Ciertamente, no es extraño que la conducta de las personas se contradiga con los principios abstractos que teóricamente "deberían" regirla (lo que se racionaliza de formas diversas); esto es así simplemente porque las relaciones sociales y materiales reales se imponen a menudo sobre nuestro mundo imaginario. Eso no implica que los factores "culturales" sean completamente irrelevantes; ciertamente, si alguna vez se ha producido en España alguna mutilación genital femenina, el factor más inmediato -no el único, claro- habrá de ser la pauta cultural que la prescribe o permite. Ahora bien, dado que no existen las "culturas" como segmentos estáticos, discretos y de fronteras bien delimitadas, a menudo también operan como factores en la producción de los delitos determinados patrones culturales que no resultan tan ajenos a nuestra sociedad como la mutilación genital femenina (y en estos casos, la mayor extensión de la pauta cultural disminuye a menudo la "saliencia" del delito); así, por ejemplo, el citado delito del 311 CP puede vincularse a la lógica de la maximización del beneficio en la utilización de la fuerza de trabajo, extendida ya por todo el mundo a través de la expansión del capitalismo.

Si se quiere buscar una relación global entre la condición de "extraño" y la conducta antisocial, incluso aunque ésta se considere también antisocial en los países de origen, podría considerarse que los extranjeros pueden ser víctimas de una cierta anomia personal (también puede haber, por supuesto, una cierta anomia entre los auctóctonos, aunque las causas podrían ser distintas). Sabemos, por ejemplo, que los indígenas emigrados del campo no industrializado a la ciudad en los países pobres pueden experimentar dificultades de integración personal (y muchos terminan, por ejemplo, volviéndose alcohólicos). Si una persona se ha separado muy radicalmente de su entorno social, de sus figuras y patrones de autoridad, de sus relaciones sociales integradoras, terminando en un mundo muy distinto, que frecuentemente arroja a esta persona a los márgenes, podría encontrar dificultades para "interiorizar" las normas sociales de conducta y de adaptarse a su nueva situación. No obstante lo anterior, si bien puede ser interesante analizar esta posible anomia personal o cultural con objeto de mejorar las condiciones de vida de los propios migrantes y la integración de nuestra sociedad, parece poco oportuno situar este factor cultural entre las causas principales de la delincuencia cometida por extranjeros. Desde luego, el choque no puede ser tan grande como el que sufren los indígenas que cambian radicalmente su modo de vida, dado que nuestros migrantes provienen fundamentalmente de un entorno ya industrializado y a grandes rasgos "moderno", aunque nos pueda costar trabajo percibirlo así.

Pero es que, además, si volvemos a detenernos en los delitos que verdaderamente llenan nuestras cárceles de "extranjeros" y "auctóctonos" (los delitos contra el patrimonio y los delitos contra la salud pública), no creo que sea difícil deducir la importancia que en ellos tiene la posición en la estructura social y económica. De hecho, es precisamente esta posición lo que produce y reproduce la anomia social de la periferia de una sociedad respecto a los patrones de conducta dominantes en el núcleo. Otra vez, desde el punto de vista de la búsqueda de conexiones de causalidad no es la conciencia de las personas lo que determina su existencia, sino su existencia social (sus relaciones sociales y económicas reales, su segregación en los mercados y en la vida económica, sus posibilidades de acceso al bienestar) lo que determina su conciencia, al margen de que a efectos penales, o incluso morales, mantengamos las nociones de responsabilidad individual.

Cuando se hacen este tipo de afirmaciones, no sé por qué, uno piensa inmediatamente en conexiones simplistas como "los pobres roban", como si todo lo que fuera salirse un poco del esencialismo cultural fuera simplista ¿Por qué el grupo étnico de los "gitanos" ha tenido una clara relación con el tráfico (y el consumo) de droga? ¿Alguna disposición genética? ¿Su "alma" tiene disposición para el crimen? ¿sus ancestrales tradiciones culturales tenían alguna especial relación con la droga? Ya se ha estudiado ampliamente cómo los grupos étnicos presentan a menudo relaciones de interdependencia, simbiosis y subordinación en sus relaciones sociales y económicas (por ejemplo, BARTH 1969). A estos efectos, un grupo étnico especializado en determinadas manifestaciones de economía informal de cierta marginalidad respecto de la sociedad sedentaria presenta muchas probabilidades de adaptarse a la aparición de una nueva mercancía ilegal, pero muy habitual y a un comercio marginal muy lucrativo.

Esto nos lleva al problema más importante de validez interna de la postulación de conexiones entre "extranjería" y "delincuencia". Si no queremos acabar borrachos de meca-cola, tenemos que controlar las posibles variables perturbadoras y convertirlas en "variables de control" a la hora de buscar correlaciones estadísticas. Así, por ejemplo, si quiero comprobar si el consumo de refresco de cola afecta a la conducción, tendré que tener en cuenta otros posibles factores que pudieran afectar a los accidentes de coche; puede ser que encontremos una correlación estadística positiva, pero ello puede deberse, por ejemplo, a que los consumidores de cola sean en general más jóvenes (y por tanto, a modo de hipótesis, más inexpertos o menos prudentes); para controlar esta variable perturbadora, debería buscar si existe también una correlación positiva entre consumo de cola y accidentes de coche entre los conductores más maduros.

Otro ejemplo más racial es el de la "inteligencia de los negros". En el pasado, se ha demostrado, ejem, "científicamente", la "inferioridad intelectual" de la "raza negra", conclusión que en aquel momento resultaba muy "conveniente". Aquí no sólo se plantean problemas de "validez de constructo" (¿qué es lo que mide exactamente el cociente de inteligencia y qué queríamos medir?), sino también de "validez interna" (¿están influyendo variables socioeconómicas asociadas al color de la piel a través de las categorías sociales construidas sobre rasgos distintivos fenotípicos?) Exactamente lo mismo sucede con las conexiones entre "extranjería" y delincuencia. Es evidente que los factores socioeconómicos (pobreza, marginación, posición social, división del trabajo interétnica...) influyen en la comisión de delitos o de determinados delitos cuantitativamente muy importantes. Es evidente que muchos extranjeros están "condenados" por razones sociales y sobre todo legales a participar en los sectores informales, pero muy importantes, de nuestra economía y que existe una conexión clara, aunque no absoluta entre la economía informal y muchos delitos (delitos contra la propiedad intelectual, tráfico de drogas y delitos asociados a este tráfico o al consumo, delitos relacionados con la prostitución, etc.) Así pues, una teoría será más válida cuanto más haya sabido aislar estas variables en la búsqueda de correlaciones, si es que quiere ocuparse únicamente de esta posible "anomia cultural". Si se utilizaran herramientas teóricas apropiadas, no sé si seguirían encontrándose correlaciones, pero lo que es seguro es que no serían tan llamativas.

Lo que pasa es que puede ser algo incómodo redefinir nuestra posición teórica para buscar con mayor precisión y sin juicios morales las causas de los fenómenos que nos inquietan. Porque entonces no podemos "echar balones fuera" de nuestra sociedad, hacia los extranjeros portadores del Caos, los demonios de la serpiente Apep. La delincuencia de nuestra sociedad no es un problema externo, sino un problema de nuestra sociedad (que, por supuesto, abarca e incluye a los extranjeros que viven en ella). Son las propias dinámicas de nuestra sociedad: la economía informal como simbiótico marginal de la economía formal, los lucrativos negocios de la droga y la prostitución, la segregación de nuestros mercados de trabajo, los excesos de la lógica del beneficio económico... las que producen y reproducen sus contradicciones. Si la inmigración es hoy un fenómeno estructural de nuestra sociedad, es un elemento añadido al sistema y por tanto también puede asumir un rol, un papel en determinadas formas de delincuencia; pero globalmente lo hace en interconexión con una estructura más amplia y no como una especie de virus que destruye un orden idílico construido por alguna divinidad creadora en el centro del mundo al principio de los tiempos.

domingo, marzo 02, 2008

EXTRANJERÍA Y DELINCUENCIA (I): LAS PALABRAS MÁGICAS

Hay afirmaciones que estamos inclinados fuertemente a creer; nuestros más selectos prejuicios sólo necesitan algunos indicios para sustentarse, indicios a los que a menudo nos agarramos casi desesperadamente para poder confirmar cuanto antes nuestras sospechas y así tranquilizar nuestro espíritu. En este proceso tendemos a eliminar la mayor parte de los matices y a simplificar una realidad que suele ser mucho más compleja. Pronunciar una de estas "fórmulas mágicas" suele aparejar la inmediata aprobación de la audiencia (por ejemplo, "nuestros gobernantes desperdician y malgastan el dinero de nuestros impuestos"). En cierta medida, esto es lo que sucede con la invocación de las (supuestas) conexiones entre "extranjería" y "delincuencia". Digo que "en cierta medida" porque en muchos casos esto se disfraza con una cierta ideología de lo "políticamente correcto": el miedo a vernos a nosotros mismos como "racistas" nos obliga a veces a pintar las conexiones de manera subterránea, como haría un vecino cotilla que sugiere con pelos y señales lo que "la gente dice" de una persona, afirmando que por supuesto, él no cree en esos rumores. Por eso, el mero hecho de poner juntas estas palabras ("extranjería" y "delincuencia") en el mismo escrito ya me crea una cierta intranquilidad. Tal es el poder oculto de los nombres que su mera invocación agita ya lo profundo de nuestras vísceras.

En efecto, el miedo a lo extraño y a los extraños permitió a nuestros lejanos ancestros sobrevivir y reproducirse, de manera que nuestros cuerpos han terminado ciegamente "programados" por la evolución biológica para desarrollar ese temor. Los extremos se tocan: caprichosa como sólo pueden ser los dioses, la Madre Naturaleza nos preparó también para la "solidaridad" a través de lo que se ha dado en llamar "aptitud inclusiva". Ahora bien, el ser humano, zoon politikon, es también un animal cultural; estas abstractas y contradictorias aptitudes humanas evolucionadas sólo tienen sentido en el contexto de seres humanos concretos, inmersos por tanto en un laberinto de símbolos, de representaciones culturales y de relaciones sociales que conforman en cierto modo nuestra realidad y nuestro entorno. Aunque la aptitud para el "altruismo" pueda explicarse remotamente en la supervivencia y propagación de los genes "egoístas", en los homo sapiens, se proyecta simbólicamente hacia todo tipo de grupos sociales construidos al margen del parentesco biológico, aunque a veces construidos con metáforas relacionadas con el parentesco social (la "Madre Patria", la "fraternidad cristiana"). Como han estudiado los psicólogos sociales, tenemos una tendencia -con todos sus matices- hacia una cierta solidaridad dentro de lo que consideramos nuestro grupo social, acompañada de un rechazo, y frecuentemente un cierto miedo hacia los que no pertenecen a este "grupo".

Esta "verdad" de la experiencia humana se hace explícita a través de nuestros mitos, de las narraciones que nos contamos a nosotros mismos y que contamos a los demás y que expresan los más profundo de nuestros sueños. Nos cuenta Eliade que las civilizaciones antiguas se veían a sí mismas como un orden cósmico surgido en el "Centro del Mundo" a partir de un Caos informe. Más allá de las fronteras de este "centro" se encontraban el desierto y la noche, el caos y las potencias infernales; es el mundo de los monstruos y de los extranjeros, de las criaturas de la serpiente Apep que amenazan continuamente con destruir el orden establecido. El mito de la "invasión de los extranjeros que traen el caos" es por tanto un potente símbolo sobre el que individualmente proyectamos nuestros temores, nuestra inseguridad y nuestra ansiedad personales y sobre el que colectivamente conjuramos las contradicciones que intuimos en nuestra propia sociedad, al estilo de los viejos ritos expiatorios, que traspasaban el "pecado" o el mal rollito a la víctima propiciatoria. Comenzamos nuestra andadura con las antiquísimas invocaciones del egipcio Ipuwer: "Las tribus del desierto se están convirtiendo por doquier en egipcios [...] ciertamente el desierto cubre toda la tierra, los nomos han quedado devastados y los bárbaros del exterior han venido a Egipto".

Aún cuando las comunidades políticas sean tan amplias como los modernos Estados-nación estructurados en torno al capitalismo industrial, tendemos a construir una relación simbólica, imaginaria con nuestros "compatriotas", haciendo que los "extranjeros" cumplan el papel de las fuerzas exteriores que amenazan con destruir el orden cósmico de nuestro centro-del-mundo particular. Por supuesto, hay muchos matices aquí, dado que en nuestra granja postindustrial algunos extranjeros son más extranjeros que otros. En cualquier caso, la propia palabra "extranjero" nos sugiere ya de algún modo el caos indefinido que se opone conceptualmente a nuestro orden. Quizás recuerden "Mucho Apu y pocas nueces", un episodio de los Simpson, mitología moderna: un oso aparece casualmente en Springfield, generando una sensación de inseguridad en los ciudadanos; decide crearse una impresionante patrulla anti-osos que utiliza la más avanzada tecnología y supone una inversión desmesurada e inútil (dado que salvo aquel incidente aislado no hay osos en la ciudad); la consiguiente subida de los impuestos provoca indignación entre los habitantes de Springfield y finalmente el Alcalde Quimby dice que la culpa de todo la tienen los inmigrantes ilegales, aprobándose una propuesta para deportarlos a todos. Más allá del esperpento, la parodia nos hace reir porque nos vemos hasta cierto punto reflejados; ya hemos visto que no es extraña esta proyección hacia los "Otros" de nuestra indefinida sensación de inseguridad personal (el miedo a los osos) y de las contradicciones de nuestra sociedad (los impuestos generados por la patrulla anti-osos).

Este potente sesgo ("extranjero --> delincuencia") plantea problemas tanto éticos o políticos como epistemológicos. Estos últimos requieren un análisis más detallado y nos ocuparemos de ellos en la próxima entrada. De momento, vamos a suponer que fuera cierta la conexión que un buen número de españoles -quizás la mayoría- establece entre "extranjería" y "delincuencia"; aún así, enfatizar en el discurso este vínculo en el discurso produce y reproduce todo tipo de problemas que hay que considerar:

De un lado, estos discursos casi nunca proponen soluciones concretas a los problemas sociales, contentándose con expresar, con cierto fatalismo, lo dramático de la situación, descargando un poco la ansiedad en el momento, pero multiplicando a la larga la incómoda sensación de intranquilidad que los extraños nos producen, a fuerza de decirnos a nosotros mismos lo "malos "que son. Cuando se enuncian propuestas de cambio, suelen ser utopías racistas generales y vagas, que en el fondo persiguen que los extranjeros no "estén ahí", pero poco operativas, o bien se hacen alusiones a mayores restricciones de la legislación de extranjería, sin conocer bien ni el contenido ni los efectos de la legislación vigente. Si queremos resolver problemas concretos, tal vez debamos "operacionalizarlos" más allá del uso de "palabras mágicas" ambiguas y abstractas que sirven para conectar con nuestras vísceras más que para organizar la percepción, pero esto nos remite a esa otra parte epistemológica.

De otro lado, los efectos de la fórmula mágica son muy peligrosos. Es evidente que puede avivar el fuego de la xenofobia, provocando todo tipo de conductas discriminatorias que sitúen a las personas en una posición sistemática de desigualdad en virtud de una "generalización", es decir, de la aplicación de un "género" o categoría social. En cualquier caso, puede aumentar la marginación de los colectivos extranjeros, incrementando las conductas "desviadas", como una especie de profecía autocumplida. En Sociología y Criminología es muy conocida la Teoría del Etiquetaje, según la cual la categorización de una persona como "delincuente" tiende a reproducir de algún modo en ella la pauta social indeseada.

Cuando los políticos utilizan este tipo de conjuros mágicos para conseguir el favor popular, podríamos decir que están haciendo "demagogia", en el sentido más estricto del término. De este modo, se hacen invisibles los problemas sustanciales y nuestra preocupación se canaliza hacia un mundo imaginario que representa de manera figurada el mundo real; como decía Eric Wolf en relación con la ideología "El pensamiento simbólico sustituye las contradicciones de un universo imaginario por las reales". De momento, los políticos de los partidos parlamentarios no han querido hacer explícitas las supuestas conexiones entre "inmigración" y "delincuencia" con la crudeza con la que se manifiestan en el debate ciudadano (donde se vinculan a menudo sin tapujos), diríase que son conscientes de los peligros de estos vínculos y del importante papel que juega actualmente la migración en nuestra economía, no es plan de acabar con la gallina de los huevos de oro. En todo caso, sin llevar sus afirmaciones hasta el extremo, sí que están jugando -cada vez más- a utilizar las "palabras mágicas" al modo indirecto y relativamente sutil del vecino cotilla que antes denunciábamos. Esto puede ser incluso más peligroso: cuando el racismo combate al descubierto es más fácil detectarlo; en cambio, cuando "va de tapadillo" es capaz de introducirse por todos nuestros orificios y alcanzar nuestro flujo sanguíneo sin que nos demos cuenta.

Ya hemos hablado suficientemente del "contrato de integración". Pero no es el único ensalmo que se ha recitado en el circo electoral al que últimamente asistimos. Un buen ejemplo de lo que estamos diciendo pueden ser las declaraciones que hace poco emitió Esperanza Aguirre. Como saben, es del mismo partido que Rajoy, pero hay que aclarar que no se trata de un problema que afecte exclusivamente al PP (aunque se está luciendo últimamente) o a los partidos políticos. Los políticos recogen -interesadamente- el discurso que antes hemos oído en la calle y la calle somos todos. No importa tanto el espectáculo de la campaña electoral como el problema que hay de fondo y que persistirá cuando se marche el circo. ¿Qué fue lo que dijo?

"[...] nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, (como digo), la mayoría de los inmigrantes vienen aquí a trabajar, pero es verdad que vienen extranjeros a delinquir porque es verdad que es muy barato delinquir en España".

Vale, nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, pero entonces ¿a qué viene sacar el tema? Pues al parecer, estaba contestando a una pregunta sobre por qué había aumentado (supuestamente) la inseguridad ciudadana en los últimos meses en la Comunidad de Madrid. Para "salir del paso" sin plantearse con más profundidad las cosas, lo más fácil es invocar el fantasma del extranjero delincuente, que todos reconocemos inmediatamente en el fondo de nuestras vísceras, sobre todo en estos tiempos interesantes. El mensaje subterráneo -supongo que no pretendido por la Presidenta, pero el efecto es el mismo que si lo pretendiera- es el trasvase de los "pecados" de la sociedad hacia el chivo expiatorio del extranjero. Para conseguir esto sin negar la mayor de la migración, hay que establecer una simpática dicotomía entre el "inmigrante bueno", el que trabaja (adviértase el énfasis en el papel productivo) y el "extranjero malo", el que "viene aquí a delinquir porque es barato en España".

Evitando entrar en la cuestión de la baratura, que tiene miga, seguramente que sea cierto que haya extranjeros que hayan venido a España "a delinquir" ¿por qué no? Una banda criminal transnacional puede enviar a alguien a nuestro país para atender estos negocios ilícitos o para realizar un "trabajito" concreto, pero ¿estos supuestos son cuantitativamente importantes para explicar el supuesto crecimiento global de la inseguridad ciudadana, la de andar por casa? No, pero así, de momento, la Presidenta consigue escapar de las preguntas, entregando a los extranjeros la patata caliente. El problema es que la reiteración de este tipo de discursos públicos va alterando poco a poco nuestra percepción: ese mafioso que "ha venido a España a delinquir" se convierte en el prototipo para percibir al extranjero que delinque (¿creen ustedes que la inmensa mayoría de los extranjeros que delinquen vinieron a España "a delinquir" y porque era barato?) y, en último término, del resto de los extranjeros, por si acaso, que aún conservamos ese temor atávico con cuya descripción comenzaba esta entrada.

Aún siendo ya conscientes del peligro que tiene remarcar las supuestas conexiones entre migración y delincuencia podríamos preguntarnos ¿estos peligros exigen una censura políticamente correcta que nos impida pensar sobre estas conexiones? ¿Se está sugiriendo en este blog que nos engañemos, que evitemos profundizar en el conocimiento sobre esta materia? ¿Será eso aún peor, porque nos llevaremos las tortas en la cara cuanto menos nos lo esperemos? Esto nos lleva de cabeza a los dilemas epistemológicos que antes mencionaba. Nunca es malo hacerse preguntas, pero siempre es mejor preguntarse si las preguntas que nos hemos hecho eran las apropiadas.

viernes, septiembre 21, 2007

RAZAS: (IV) Despedida y cierre ¿del racismo biológico?

Hemos visto que las "razas" no son más que categorías sociales, culturalmente determinadas y construidas, dependientes de diferentes factores socio-culturales en función de indicadores que a veces, y sólo a veces (cuando conviene), se refieren a rasgos observables del fenotipo o a conexiones genealógicas. Exactamente lo mismo que las "etnias", las "culturas", o las "naciones" (ius sanguinis y "nacionalidad", por ejemplo). El avance de la Genética impide en la actualidad que ésta pueda servir de muleta al racismo, de manera que los argumentos raciales "clásicos" (que, insisto, sólo se han mantenido durante unas pocas décadas en la historia de la Humanidad) resultan cada vez más ridículos. Este cartel de 1943, pensado para alistar a los "negros" norteamericanos a la guerra (cuando la segregación todavía era legal en muchos Estados y cuando se metía a los japoneses en campos de concentración), insiste en que ser "americano" no es una cuestión de "raza" o de "descendencia", sino una cuestión de "mente" y "corazón" (tropos que parecen aludir a una especie de identidad "cultural"). ¿Nos han abandonado las "razas" y nos quedan sólo las "etnias"?

Antes que nada ¿tienen sentido las "razas" en el discurso biológico? No podemos evitar seguirnos acordando de los perros, los gatos y los guisantes de Mendel. Hay que aclarar que las "razas puras" son construcciones humanas que resultan de una serie de apareamientos selectivos "artificiales" de animales o vegetales "domésticos" con vistas a su explotación económica; la clasificación de un animal o vegetal en una u otra de estas "razas" en función de determinados rasgos observables de su fenotipo no es "objetiva" y no depende de un modelo platónico grabado a fuego en la realidad, sino de un "ideal" artificialmente construido y dependiente en último término de la finalidad que motivó la "manipulación genética" rudimentaria; ya lo saben, si su perro es un "chucho" es porque se separa de una categoría inventada por las personas. Por supuesto, estos cruzamientos selectivos suponen una cierta ordenación de algunas diferencias genéticas, que pueden (o no) ser relevantes para algún propósito científico. Del mismo modo, la lejanía y los obstáculos geográficos suponen que algunas poblaciones endorreproductoras dentro una especie puedan tener rasgos comunes, que pueden (o no) ser relevantes para un propósito científico. Pero estas tipologías dentro de las "especies" no son "esencias"; ni siquiera las "especies" lo son, a pesar de su carga etimológica (simplemente se ha escogido un criterio funcional para marcar la diferencia, que es la posibilidad de apareamientos fértiles, debido a la importancia que esto tiene para la transmisión de los genes).

Así pues, también pueden existir poblaciones endorreproductoras humanas que compartan algunos rasgos genéticos (que podrían o no estar presentes en el fenotipo, y en este caso podrían ser o no directamente observables) y ello puede ser relevante (o no) para propósitos científicos; eso sí, las limitaciones geográficas y culturales al apareamiento son cada vez menos significativas, debido principalmente a las formas sociales de la vida moderna, el crecimiento brutal de los núcleos de población y las migraciones de todo tipo. En mi humilde opinión de lego en la materia, para estudiar lo que quede de esto debemos abandonar el lastre cognitivo de las clasificaciones folk con las que empezamos (¿necesariamente los rasgos visibles que resultaron salientes para construir categorías con propósitos socioculturales van a ser relevantes para la Biología o la Medicina?); además, debemos abandonar en la práctica y no sólo en teoría, la carga esencialista de las razas, que ni siquiera es válida para las "especies" (asumiendo, como en el campo de las "culturas" que no hay una serie de compartimentos estancos discretos sino una gradación continua donde se articula una cierta diversidad genética). Un buen modo de simbolizar este cambio epistemológico es dejar de hablar de "razas" y trabajar con poblaciones y "clinas". Posiblemente, realizaciones como el BiDil -medicamento "para afroamericanos"- dependen demasiado de las categorías-folk como para enfrentarse adecuadamente a la realidad; este medicamento en concreto parece más bien inspirado por consideraciones de marketing y problemas de patentes.

Ahora bien, estas reflexiones pueden tener sentido para mejorar nuestro conocimiento o los diagnósticos médicos, pero, en realidad no tienen nada que ver con la discriminación racial. Porque la discriminación racial, como espero haber mostrado en la entrada anterior NUNCA se ha basado estrictamente en el contenido REAL del material genético (eso, de momento, sólo sucede en la ciencia-ficción). Basta con que la "raza" resida en la imaginación humana, que es donde ha residido siempre, para que sea relevante; su contenido primordial es socio-cultural (marca identidades y relaciones de dominación). Los rasgos físicos siguen funcionando como indicadores que permiten "marcar" la diferencia, no son otra cosa. Por sus rasgos fisionómicos podemos identificar a un "sudamericano", a un "moro", a un "gitano", a un "chino" o incluso a un "guiri", pero los rasgos son una pista, no la categoría en sí misma, (de hecho, mirando la vestimenta, escuchando el acento, observando lo que hace, preguntándole, podemos cambiar nuestra conclusión inicial); por sus rasgos podemos identificar a un "subsahariano", pero también podemos descubrir que es un "afroamericano" y entonces ponerle una etiqueta distinta. Un jeque árabe puede tener una etiqueta distinta que un "inmigrante" marroquí, pero eso no implica que no seamos "racistas"; implica que nuestras categorías son múltiples, que sus fronteras no son claras y autoevidentes, que se adaptan a situaciones sociales diversas.
En este sentido, los rasgos físicos, no son más que un indicador más para construir categorías étnicas; estas categorías, como todos los estereotipos, nos proporcionan información rápida e imperfecta, en este caso, sobre una persona, lo que puede ser relativamente útil en un momento dado (por ejemplo, para suponer a priori que alguien es extranjero y evitar hablarle en gaditano cerrado). Ahora bien, cuando la causa de un tratamiento desfavorable a una persona es la adscripción (compartida o no por esa persona) a una categoría étnica, y ese tratamiento es potencialmente capaz de situar a grupos enteros en una posición sistemática de inferioridad, entonces estamos hablando de discriminación. No importa si identificamos al tipo como "moro", "sudaca" o "gitano" por sus rasgos físicos, por su acento, por sus propias palabras, por su vestimenta o por su manera de andar; lo que importa es la aplicación de la categoría. Ninguna categoría étnica se basa exclusivamente en rasgos genéticos o genealógicos; casi ninguna de ellas (incluyendo nuestra actual definición jurídica de la "nacionalidad") se libra completamente de ellos. ¿Ser "moro" (o árabe, o bereber, o turco) es una "raza"? ¿es una "etnia"? ¿En realidad, importa algo?

¿O es que acaso nos hemos librado de los rasgos físicos? Hace tiempo comentábamos un caso curioso. Unas personas eran desalojadas de un vuelo por el resto de los pasajeros, al parecer porque tenían "rasgos pakistaníes", "hablaban árabe" y "llevaban ropa muy calurosa en verano" (si confiamos en la precisión fisonómica y lingüística de los pasajeros, la verdad es que es un poco sospechoso ver a unos pakistaníes hablando en árabe, yo si veo gente con rasgos españoles y hablando en latín pienso inmediatamente en una conspiración jesuítica); desde una tribuna liberal se considera que esto no es "racismo" porque el ser "musulmán" no es un "destino biológico", sino el resultado de una opción personal, que los "musulmanes" deben reflexionar, o de lo contrario, tienen que asumir las consecuencias. Vamos a olvidarnos por un momento del molesto derecho fundamental a la libertad religiosa, del ya cansino tema de la supuesta esencia maligna del Islam y de los pequeños matices que pueda tener la conexión entre religión y opción libérrima, por ejemplo, para un nacido en Pakistán. El caso es que nuestro tribuno liberal asume que estos señores eran musulmanes; podían ser, digo yo, agnósticos o ateos ¿no era una opción personal? (otra vez el totum revolutum de "cultura", "lengua" y "raza", QUE HA HABIDO SIEMPRE), o, si somos un poco más pesimistas y desconfiamos de la precisión de los pasajeros, los desalojados podrían haber sido cristianos sirios, coptos o palestinos, hindúes de la India o cualquier otra cosa. Uno siempre puede tener un mal día y confundir a un "indio" con un "pakistaní" o la pronunciación del "árabe" con la del hindi; o uno puede tener un poco flojos los dialectos y creer que hablan en urdu cuando es hindi. El que desde luego no era musulmán era el señor español que tuvo problemas en un avión en Alemania por tener la tez morena y una poblada barba (no hace falta "pertenecer a otra raza" si es que eso significa algo, para ser víctima de la discriminación racial).
En todo caso, si asumimos, como es "natural", que estos señores eran "musulmanes", nuestro tribuno liberal no nos da pistas (como casi hacía hace unos siglos don Hernando de Talavera) acerca de qué tendrían que hacer una vez hubieran reflexionado sobre su opción personal y hubieran, seguramente llegado a decidirse por la apostasía. Quiero decir, qué tendrían que hacer para desprenderse, además, de esos incómodos rasgos "pakistaníes" y de ese maligno acentillo árabe (o urdu) que los hace ser "justificadamente" sospechosos de terrorismo. No señor, por mucho que avance la ciencia no estamos libres del uso de rasgos físicos para construir categorías, y mucho menos de la construcción genealógica de la identidad.

No quiero con esto dedicarme a acusar de "racista malo maloso" a nuestro tribuno liberal ni a los aterrorizados pasajeros del avión (su miedo es comprensible, pero eso no legitima su actitud), suponiendo que nosotros, los "progres", los buenos, los puros, nos encontramos libres de "pecado". Lo que quiero decir es que refugiarse en una versión imaginaria del concepto de "raza" de las primeras décadas del siglo XX o huir hacia la mención de los "destinos biológicos" no sirve precisamente para combatir el "racismo", sino más bien para quedarnos contentos, tranquilos y adormecidos con los comportamientos discriminatorios que practicamos o que llevan a cabo los "nuestros".

martes, septiembre 18, 2007

RAZAS: (III) Las razas no tienen genes

Como íbamos diciendo, durante un breve período de la historia de la Humanidad, el racismo de toda la vida se apoyó en un bastón fabricado con madera del árbol de la ciencia; se usaron algunas construcciones científicas para legitimar determinadas representaciones que, en realidad, tenían un carácter eminentemente social. Un buen día, el bastón se hizo astillas y descubrimos que los racistas eran los malos de la película, así que tuvimos que inventar nuevas formas de practicar el mismo deporte con otro nombre. Nuestro corazón liberal sufre cuando alguien trata a las personas "por el color de su piel", qué cosa tan absurda y tan ineficiente en nuestro mundo "meritocrático", que sólo tira a la cuneta a los que "verdaderamente" resultan "inútiles" para la acumulación de capital. Pero... ¿EN REALIDAD el fondo del "racismo" es tratar a las personas "por el color de su piel"?

Señalábamos en otra ocasión que eso no sucedía ni siquiera en el ejemplo de sistema racista por excelencia: el apartheid sudafricano. Si definían "blanco" como alguien que es obviamente blanco y no es generalmente aceptado como persona "de color", o bien que no es obviamente no blanco y es generalmente aceptado como persona blanca, es porque la raza es una construcción social y el "color de la piel" sólo un indicador. Desde luego, puede haber una cierta propensión psicológica innata al miedo o a la aversión frente aquellos que tienen la desfachatez de presentarse como claramente diferentes a "nosotros"; pero esta propensión se manifiesta con formas e intensidades diversas en las distintas sociedades, en función de factores socioculturales; así pues, ¿cuáles son en el fondo las principales causas del racismo? ¿Por qué se quería separar en Sudáfrica a "blancos", "negros" y "gente de color" (por usar la clasificación más simple)? ¿Era porque los blancos no querían ver a los demás "ni en pintura"? ¿Era una cuestión estética? Claro que no, aunque indudablemente allí donde domina una ideología abiertamente racista, la aversión tenderá a ser mayor. Sin estudiar el tema en profundidad, yo diría que había dos factores especialmente relevantes: el primer factor sería la búsqueda de la "pureza" cultural; lo que se teme no es tanto la cercanía de alguien de color extraño, sino la interacción de grupos humanos diversos y de pautas culturales diversas. El segundo factor, y quizás el más importante, sería la búsqueda desesperada de "identidad social" del grupo étnico dominante; simplificando: los "blancos" mandan, los "negros" obedecen, las relaciones de poder entre un grupo minoritario, pero muy significativo, de "blancos" y una mayoría de "negros" son desiguales, y esta desigualdad se reproduce y se perpetúa reforzando la identidad social "blanca" y evitando su "disolución" en la mayoría "negra". Los rasgos físicos son indicadores inmediatos de pertenencia al grupo, que permiten una rapidísima asignación de status (como pueden serlo las joyas, las ropas o el coche). La identificación inmediata de la casta dominante es el sueño de cualquier sistema de desigualdad intensa y por tanto el sistema se "esfuerza" por mantener esta "ventaja", una razón más para evitar la mezcla. Ciertamente, la vida es bastante más complicada que eso y las "razas" no son compartimentos estancos, de ahí esas definiciones legales grouchomarxistas, la entrada en acción de los coloured y todo eso. Por eso, como en los EEUU de la segregación, se prohiben (y aún así no consiguen impedirse del todo) los apareamientos entre lo que se consideran miembros de distintas "razas". Porque los apareamientos son elementos de confusión que dificultan la identificación de los que tienen la sartén por el mango, además de producir interacciones culturales que traspasan las barreras socialmente construidas. En EEUU, por cierto, la segregación y el odio a los "negros" eran consecuencia del fin del esclavismo: mientras los negros fueron esclavos, se les consideraba inferiores, claro está, pero no había leyes específicas de segregación ni Ku Klux Klan.

Tal vez, si queremos un modelo ideal de "racismo biológico" tenemos que irnos al otro ejemplo mítico, la Alemania nazi; eso sí, a tal efecto no importaba que los "judíos" de todo el mundo presentaran una enorme diversidad genética y fisonómica real, derivada de los dos mil años de "diáspora" de este grupo étnico y muy a pesar de las prohibiciones religiosas de exogamia. En el imaginario nazi, se fraguaban rasgos físicos prototípicos, pero luego no había métodos infalibles para la identificación de los judíos cuya genealogía no se conocía (de todas maneras, también se prohibía el apareamiento interétnico, para evitar la mezcla cultural y la confusión genealógica). La distinción entre "arios" y "semitas", dicho sea de paso, no se refiere estrictamente a genealogías biológicas, sino a "familias" lingüísticas. Los iraníes, por supuesto, son "arios", al menos los "persas", y también deben serlo los "gitanos" (que, como los "judíos", fueron perseguidos y exterminados por los nazis debido a la mera adscripción a un grupo social). Unos y otros hablan lenguas indoeuropeas, y es probable que por sus genes haya algo compartido con los antiguos pueblos que hoy llamamos "arios". Eso por no hablar de los judíos alemanes, que tenían una lengua aria, el alemán, como lengua nativa y probablemente tenían una semejanza genética significativa con los alemanes "puros" (más que un "ario" de más lejos, seguramente).

Ciertamente, los conceptos de "judío" y "alemán" se construían también sobre una base genealógica. Pero algo había que hacer con los "mestizos", los Mischlinge, otra vez los coloured, con otro nombre; no es posible crear fronteras impermeables entre las personas o mantenerlas por mucho tiempo sin que empiecen a "molestar" las zonas grises. Los Mischlinge no eran culturalmente "judíos", pero su "sangre" estaba "contaminada" de cultura judía porque alguno de sus antecesores lo fue (en ese totum revolutum de cultura, lengua y rasgos genéticamente heredados), de manera que se les aplicaba la normativa racial; nada que no se quite con un buen ritual de purificación: el Certificado de Sangre Alemana, un acto taumatúrgico de voluntad por el que el dios-Estado, "limpiaba" de su "sangre" la "raza" del sujeto (que podía ser, por ejemplo, un judío colaboracionista o un héroe de guerra con ancestros judíos), que se convierte misteriosamente en un "ario" de toda la vida. Otro ejemplo de que la "raza" es una construcción social y en este caso, la genealogía es un indicador que se usa para construirla, pero no es la raza misma.

Una vez hemos roto los esquemas dependientes de la supuesta conexión entre "razas" y Biología, podemos darnos cuenta de que en realidad los rasgos físicos no nos han abandonado del todo. O sea, que seguimos aplicando básicamente el mismo mecanismo que en la era biologicista, que en realidad era el mismo que se había utilizado en el racismo tradicional. Nada nuevo bajo el sol. Lo veremos en el próximo capítulo, donde trataremos de sintetizar las posibles moralejas para estos tiempos interesantes que nos ha tocado vivir más allá de la ya referida esterilidad de la distinción entre "etnia" y "raza".

viernes, septiembre 14, 2007

RAZAS: (II) El "impuro" pedigrí del racismo biológico

En la actualidad, no es infrecuente creer que las "razas" son algo distinto de las "etnias"; las primeras, se referirían a características físicas, biológicas, genéticamente heredadas, rígidas e inmutables; las segundas, a las más nebulosas e informes características "culturales", "nacionales" o "religiosas", contingentes y derivadas en último término de la "libertad humana". Según este discurso, el "racismo" sería algo profundamente irracional, repugnante, deleznable (algo en lo que el que suscribe nunca caería, por supuesto); el "etnicismo" en cambio, hay que valorarlo en cada caso, pues sólo los ingenuos multiculturales creen que "todas las culturas son iguales". Todo este discurso está equivocado de cabo a rabo, radicalmente, por más que pueda haber fragmentos deformados de verdad en él. Hoy nos ocuparemos sólo de uno de sus problemas, el hecho de que parte de una identificación miope. Las "razas" y el "racismo" se vinculan automáticamente con las concretas construcciones racistas de una serie de "científicos" en un brevísimo período de la historia (y aún así, contempladas de manera simplista). Vamos a verlo poco a poco, en dos entradas.

Las ciencias naturales tomaron la palabra "raza" del vocabulario común, y más concretamente del vocabulario social (como sucede con tantos otros términos científicos: "herencia", "ley", "híbrido", etc.). No obstante, es cierto que los discursos científicos e intelectuales en torno a la "raza" de los siglos XIX y XX reforzaron enormemente los usos sociales del término (que, como tal, era relativamente "nuevo" y se aplicaba también a seres inanimados). Ahora bien, se llamaran de uno u otro modo, es evidente que tanto las "razas" como el "racismo" son infinitamente más viejos que la Biología moderna, seguramente tan viejos como el ser humano. Por supuesto, el racismo folk de la era premoderna incluía también ambiguas referencias genealógicas, a la "sangre", a los antepasados comunes y a la descendencia aunque nuestros ancestros no supieran nada de los genes. Eso sí, como muestran los datos históricos y etnográficos, la metáfora de la "sangre" es -nunca mejor dicho- bastante fluida, se adapta a la realidad social y se combina alegremente con referencias culturales y lingüísticas (aún hoy se dice, por ejemplo, que los "gitanos", "llevan el flamenco en la 'sangre'").

El esclavismo y, sobre todo, la explotación colonial como elemento clave para el desarrollo del capitalismo industrial, tuvieron que contar con el prestigio ideológico de la "ciencia" para construir un discurso que legitimara y reprodujera las relaciones de dominación. Ello era "necesario", en primer lugar, porque los argumentos religiosos perdían fuelle en el mundo moderno y era preciso buscar nuevos profetas que dijeran lo que había que decir (era preciso algo más que la evangelización para legitimar la colonización); en segundo lugar, porque las élites ilustradas no podían ignorar en sus metáforas sanguíneas los revolucionarios descubrimientos de las ciencias naturales; Darwin había formulado la Teoría de la Evolución, influido curiosamente por el "darwinismo social" que lo precedió; por un camino separado, Mendel había empezado a descubrir lo que hoy llamamos Genética trasteando con "razas puras" de guisantes, aunque la verdad es que hasta el siglo XX no se le hizo ningún caso. Los científicos sociales, por su parte, construían también teorías apropiadas para su momento histórico. Marvin Harris explica mejor que yo todos estos condicionamientos: "El racismo folk, un sistema popular de prejuicios y discriminaciones dirigido contra un grupo endógamo, probablemente es tan viejo como la humanidad misma [...] Antes del siglo XIX, ninguna nación había recompensado nunca a sus sabios por probar que la supremacía de un pueblo sobre otro pueblo era el resultado inevitable de las leyes biológicas del universo".

Ya contábamos en otra ocasión que antes de Boas, casi todos los académicos (sea cual fuere su ideología) eran "racistas" en el sentido de que creían que había "razas inferiores"; en esas concepciones académicas, al igual que en el racismo popular de toda la vida, los factores culturales, físicos y lingüísticos se mezclaban de manera confusa. El centro de la discusión no estaba en el debate entre racismo y antirracismo (aunque muchas personas que creían en la existencia de razas inferiores se oponían a la esclavitud por razones "humanitarias"), sino más bien entre los deterministas raciales y los que, siguiendo la tradición de la Ilustración, daban preeminencia a la Cultura (como un proceso acumulativo universal derivado de la única Razón humana que, por supuesto, culminaba en ellos mismos) y creían que las "razas inferiores" -e incluso los orangutanes, para el ilustrado Lord Monboddo- podían ser encumbradas a través de la Educación, panacea que resuelve todos los males. Las teorías de Darwin, no hicieron más que dar "carta de naturaleza" (nunca mejor dicho) al evolucionismo social que lo había precedido, manteniéndose estos dos grandes planteamientos. En cambio, el descubrimiento de la Genética, impulsó durante algunas décadas del siglo XX un cierto énfasis en el determinismo entre ciertos científicos: los genes daban forma y estabilidad a la vieja metáfora de la "sangre"; las inflexibles leyes de la naturaleza legitimaban la dominación y la explotación. Los trabajos "científicos" sacaban las conclusiones más convenientes: "[...] el negro es la columna vertebral de la colonización africana; sin él, no sería posible la explotación de este continente salvaje y preñado de riquezas. No podemos, pues, prescindir del negro. Su brazo es sustantivo para el logro de los fines colonizadores en los tiempos presentes [...] Demostrado -como estimamos- que la capacidad mental del negro no llega nunca a adquirir el desarrollo suficiente para la comprensión de conceptos abstractos que rigen la convivencia del europeo medio, es indudable que para bien de la Colonia y de España convendría dar a la enseñanza una orientación más objetiva, enseñando al hombre de color aquello que es capaz de comprender [...] Al ambiente general de la Colonia ha trascendido también la facilidad con que el negro aprende trabajos de tipo imitativo [...] el producto obtenido por el negro es, cualitativa y cuantitativamente, peor que el del blanco, bien entendido que en el primer caso es cultivado directamente por el hombre de color, mientras que en el segundo lo cultiva, pero bajo la dirección del blanco, ya que éste no trabaja en estas latitudes por impedirlo el clima". (BEATO GONZÁLEZ Y VILLARINO ULLOA, 1943).

En la segunda mitad del siglo XX cambia el panorama: en primer lugar, comienza la descolonización (seguramente porque el colonialismo político ya no era útil para la expansión del capitalismo); en segundo lugar, los avances de las ciencias naturales (y también de las sociales) dificultaban cada vez más un uso instrumentalizado del conocimiento científico en favor del determinismo racial; en tercer lugar, el mundo estaba horrorizado y conmovido con las monstruosidades cometidas en los campos de exterminio nazis (convenientemente publicitadas por los vencedores de la guerra), que se habían legitimado en una forma sumamente "cientificista" de racismo; poco a poco, las diferencias de poder entre diversas "etnias" empiezan a legitimarse en otras justificaciones, que a veces incluso se sostienen precisamente sobre declaraciones formales de igualdad en el discurso público de las élites: "separados pero iguales", era el eslogan jurídico que permitía mantener la segregación en EEUU.

Se construye entonces por oposición un modelo demonizado de "racista", irracional, pseudocientífico, determinista, biologicista, malo maloso, empeñado en subrayar absurdas conexiones entre los rasgos físicos y lo "verdaderamente importante", que es el espíritu en versión laica, esto es, se llame así o no, la "cultura" (la belleza está en el interior, amigos). Esta imagen del racista es muy conveniente, porque nos permite conjurar nuestros demonios interiores, sin enfrentarnos a ellos. El "racismo" es un nuevo sanbenito, una nueva etiqueta, que ya sólo se atribuyen conscientemente algunos inadaptados o personas especialmente alejadas del discurso institucional de las élites; ciertamente, esta representación del racismo nos previene frente a algunas correlaciones ilusorias muy comunes (pero cada vez menos comunes) entre rasgos físicos visibiles y aptitudes o comportamiento, pero luego nos oculta todo lo demás. Esta imagen distorsionada del racismo en su totalidad se basa fundamentalmente ¡en el discurso determinista que algunos científicos mantuvieron durante unas pocas décadas de la historia de la Humanidad condicionados por las relaciones de poder de su época! O más bien en algunas reminiscencias de la derrota de estos científicos en el campo académico y en la subsistencia de algunos tropos sobre la inmutabilidad de lo genético, porque en realidad, ni siquiera durante el siglo XX, el racismo fue fundamentalmente biológico, como veremos en la próxima entrada.

martes, septiembre 11, 2007

RAZAS: (I) Todo lo que tiene nombre existe

¿"Existen" las razas? Como tantas otras preguntas, está mal planteada. Y, sin embargo, como tantas otras preguntas mal planteadas, nos hace discutir acaloradamente de vez en cuando. Unos enarbolan el pabellón cosmopolita de la Humanidad y afirman que no "existe" tal cosa, e incluso que el que crea en su "existencia" no es más que un "racista" (los racistas siempre son los otros); lo mismo la "raza" se nos cuela luego por la puerta de atrás, no hay nada peor que un "enemigo" invisible. Otros afirman que es evidente que "existen" las razas, pero que ello no supone necesariamente que unas sean "superiores" a otras: más aún, todas son iguales en dignidad; felices de haber evitado el fuego de lo políticamente correcto, acaso evitamos también preguntarnos si no hemos sucumbido a las brasas del esencialismo, esto es, a la esclavitud de las palabras.

Pensando más despacio, nos damos cuenta de que las "razas" no "existen" en sí mismas como fenómenos empíricos; lo mismo sucede con las "clases sociales", las marcas de coche o incluso las "especies" animales. Simplificando un poco podríamos decir que lo que "existen" empíricamente son los objetos que esas clasificaciones organizan, es decir, las personas, los coches o los animales (simplificando porque para percibir estos objetos como entidades separadas necesitamos también nombrarlos con categorías estereotipadas que agrupan cosas "similares": personas, coches, animales). Descubrimos entonces que la "raza" es un estereotipo, es decir, una categoría genérica que utilizamos para percibir y clasificar a los seres humanos. Es evidente que las clasificaciones raciales no son "casos de laboratorio", sino que tienen una gran importancia en la vida social; en ese sentido, "existen", sin duda. Como dice mi proverbio favorito, "todo lo que tiene nombre existe". Como mínimo existe en nuestra cabeza, como el Dios de Descartes, y eso no es poco.

La cuestión relevante, entonces, no es si las razas "existen", sino más bien para qué existen y para qué usarlas, si es que hay que usarlas para algo. Es decir, qué tipo de información nos aportan las "razas" como categoría para percibir la realidad humana ¿información social, cultural, moral, fisionómica, genética?

Antes que nada: las "razas" no son "esencias", ideas platónicas grabadas a fuego en el corazón de la realidad, entidades metafísicas eternas, inmutables, ajenas al devenir y la contaminación de la vida social; no hay "razas puras", castas prototípicas surgidas en el Origen de los Tiempos, unos descendientes de Sem, otros de Jafet y otros de Cam "siervos de siervos", que luego se combinan y entremezclan formando el confuso potaje que nos encontramos en la práctica. Las palabras en general, y las palabras escritas en particular tienen la capacidad de inocularnos el veneno de un platonismo inconsciente: discutimos incesantemente sobre si algo "es" o "no es" una "raza", una "nación", un "matrimonio," un "pariente", un "partido de izquierdas", como si en algún sitio estuviera escrito el libro mágico del significado esencial de las palabras, que nos hablara de un mundo más auténtico que el híbrido flujo contingente y caótico de la vida real.

Como cualquier otra clasificación, las "razas" responden siempre a la realidad de un momento concreto, a unos intereses, a unas necesidades perceptivas o clasificatorias, a una estructura social, a unas relaciones de poder, a una concreta oposición de identidades. Por eso es imposible saber a ciencia cierta cuántas "razas" hay en el mundo: se multiplican hasta el infinito cuando nos ponemos a ello, como en las complicadísimas categorías de "castas" en la colonización de América ("quinterón de mestizo", "cuarterón de mulato", "quasi limpio de origen", "sambo de indio", "cholo", "torna atrás", "calpamulato", "zambaigo", "albarazado", "no te entiendo"...) o en las taxonomías de los antiguos antropólogos físicos, que terminaron disueltas en el vacío a fuerza de multiplicarse: “Cuando los antropólogos conocían solo unos cuantos caracteres descriptivos y métricos era factible una sistemática racial más o menos rígida, pero cuando el número de los rasgos raciales se incrementó, se llegó a la conclusión de que las diferencias interraciales no eran tajantes sino que su distribución se presentaba de forma gradativa, clinal. Hoy, a los antropólogos lo que les preocupa no es definir y ordenar los grupos humanos, porque se han percatado de que toda clasificación es arbitraria, incompleta y confusa, sino conocer las causas de su variabilidad.” (VALLS, 1980)

En esto las "razas" no se diferencian de las "etnias". Yo aún diría más; las "razas" no se diferencian EN NADA de las "etnias". Quiero decir que no hay razones epistemológicas para separar ambos conceptos y que los recientes intentos de distinguir una cosa de la otra plantean dificultades en la lucha contra el racismo; para empezar, dado que son la misma cosa, "creer" en las "razas" es tan "descabellado" o tan "razonable" como "creer" en las "etnias", cosa de la que no se percatan a veces nuestros amigos, enemigos de las razas. Ya hemos hablado alguna vez de ello: trataremos de argumentarlo con más detalle en las próximas entradas.

viernes, agosto 25, 2006

¿LA ISLAMOFOBIA PUEDE SER RACISMO?

Pues claro. Aunque no me gusta mucho comentar la actualidad rabiosa en mi blog (los intereses del momento siempre sesgan el debate), voy a romper mi regla por un día. Curioseando por Internet me encuentro con la noticia de que los pasajeros de un vuelo Málaga-Manchester consiguieron expulsar del avión a dos personas sospechosas por "tener rasgos paquistaníes, hablar árabe, ser jóvenes y no vestir ropa veraniega". Si eso es lo que verdaderamente dijeron los pasajeros, la precisión de la descripción evoca un amplio conocimiento lingüístico y fisonómico (supongo que a los pasajeros les intrigó que unos paquistaníes hablaran árabe y no urdu, punjabi o alguno de los idiomas que por allí se usan en la comunicación cotidiana, ciertamente sospechoso).
Que tengamos miedo a la hora de subir a un avión en el contexto actual es comprensible; que se tomen medidas de seguridad es completamente necesario. Que se expulse a dos pasajeros por clamor popular es explicable por la islamofobia que nos rodea, pero eso no implica que esté justificado; se trata de una discriminación racista, aunque sea inapropiado demonizar a los pasajeros por ello. Sorprendentemente, la justificación moral y casi exaltación de esta conducta nos llega de una tribuna autoproclamada liberal (para mí que la libertad religiosa y el principio de no discriminación son dos elementos importantes del mejor liberalismo). Los argumentos de D. José María Marco abundan en algunos de los errores en la comprensión del racismo a los que aludía en otras entradas y por eso los saco a la palestra, aunque sean de actualidad.
Afirma el susodicho que ser musulmán -o "parecerlo" (?)- no es un destino biológico "como ser blanco, negro, mujer u homosexual", sino que es una elección individual que se basa en una serie de decisiones personales (o sea, que si el autor hubiera nacido en Paquistán, por ejemplo, no sería musulmán, mostrando más "discernimiento" que la casi totalidad de su población). Como contaba otro día, una de las excusas más habituales para esquivar nuestro propio racismo es distinguirlo de un racismo biológico imaginario, que nunca existió. Así pues, según el autor, todo musulmán se tendría que plantear hasta qué punto su fe es compatible con los derechos humanos, abjurar de su fe -esto último sólo se sobreentiende-, y por supuesto dejar de parecer musulmán (el autor parece olvidar que la libertad religiosa y la no discriminación por razones étnicas, raciales, religiosas o de origen nacional son derechos humanos).
La categoría de "musulmán" opera en nuestro contexto en muchas ocasiones como una clasificación puramente racial, y desde luego se mezcla con elementos de carácter étnico. No hay más que fijarse en que los señores expulsados del aeropuerto no hicieron profesión de fe: sólo "parecían" musulmanes por sus rasgos "paquistaníes" y su lengua "árabe"; el argumento espurio sobre la relevancia de la elección personal termina por disolverse ante la constatación de que hubieran sido expulsados aunque en realidad fueran, por ejemplo, hindúes.
Hay que distinguir entre las categorías raciales que producen la discriminación y los indicadores que permiten al observador construir esa categoría. En la conducta de los pasajeros hay dos "correlaciones ilusorias": los rasgos y el idioma extraños elevan automáticamente a las víctimas a la categoría de "musulmán"; dicha categoría implica automáticamente -por medio de otra correlación ilusoria- una serie de rasgos negativos; finalmente, la aplicación de la categoría desata el trato discriminatorio.
¿Significa esto que no se puede criticar al islam? Por supuesto que no. El islam, como cualquier otra religión, filosofía o ideología (cristianismo, liberalismo, comunismo, etc) puede ser criticada, de la misma manera que los musulmanes critican otras religiones o el ateísmo; la cuestión es, más allá del debate ideológico, tratar a las personas por lo que realmente hacen, no por razón de una categoría que se les ha colgado cual sanbenito. Lo cierto es que la crítica al islam se mezcla hoy tan sutilmente con el puro racismo que no está de más un poco de reflexión previa.
Posiblemente D. José María Marco rechace, por ejemplo, el comunismo en el plano del debate ideológico; posiblemente, incluso piense que es una ideología contraria a los derechos humanos y podría citar algunos ejemplos empíricos. Un comunista de hoy en día podría rebatírselo diciendo que, con independencia de lo que hayan hecho algunos (o muchos) comunistas, para él en concreto no hay incompatibilidad entre lo que considera fidelidad al comunismo y la defensa de los derechos humanos. Con independencia de si le convenciera o no el argumento, D. José María debería juzgar a nuestro comunista por sus propios eventuales atentados a los derechos humanos y no por la simple etiqueta de "comunista". Y por otro lado, está claro que el hecho de expulsar a alguien de un avión (o de un club privado) porque tiene "pinta de comunista", bueno, en sí mismo constituye un atentado contra los derechos humanos. El hecho de que la ideología sea una decisión personal no es relevante a efectos de discriminación (salvo para agravar el daño, por afectar a la libertad además de a la igualdad), como tampoco es relevante que el hábito no haga al monje ni la pinta necesariamente al comunista.