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lunes, septiembre 18, 2006

NO SE INTEGRAN... (II) (PERO ESTÁN AHÍ)


Si alguien quedó convencido por mi argumento anterior quizás esté en condiciones de reconocer que los "auctóctonos" tenemos (también) un problema de integración con los extranjeros; "No me quiero integrar con ellos, porque no quiero que se integren conmigo". Si hemos llegado aquí, al menos nos hemos sacudido la hipocresía que a veces nos distorsiona la percepción; pero si nos detenemos aquí, entonces nos quedamos en la posición de los racistas explícitos. Esta postura me parece, desde luego, éticamente reprobable. Pero es que además, no es una posición razonable. La cuestión clave es que ya están aquí.

Muchos de los "inmigrantes" de los que hablamos son ya de nacionalidad española, ciudadanos de la Unión Europea o familiares directos de éstos o aquellos; muchos otros residen legalmente en Europa, con diferentes estatutos; otros muchos residen irregularmente en nuestros países, formando parte de nuestra sociedad -y sabemos que es poco factible expulsarlos físicamente a todos, aunque quisiéramos-; y, desde luego, vendrán más. El progreso de los transportes y comunicaciones, las desigualdades internacionales, determinados mecanismos a nivel micro en el seno de redes sociales y familiares, el "efecto llamada" de los mercados de trabajo europeos y otros factores estructurales coadyuvan a que los procesos migratorios (de los países pobres a los ricos, pero también, y seguramente en mayor cantidad, entre países pobres) continúen siendo muy significativos. Para bien y para mal (porque el camino no estará exento de problemas), la pluralidad étnica va a ser una característica cada vez más importante de las sociedades futuras. Tratar de revertir completamente el proceso es un empeño similar al de los ludistas que se oponían a la Revolución Industrial o al de los "antiglobalizadores" más ingenuos; efectivamente, podemos intentar influir en la realidad, pero no podemos hacer que este mundo tan complejo sea un solipsismo configurado por nuestra voluntad.

Ciertamente, aunque los cauces formales de regulación de las migraciones no funcionan bien, la mayoría de los migrantes no vienen en cayucos, sino como turistas. Pero, por otra parte, cerrar completamente las vías oficiales y no oficiales para la entrada legal seguramente sólo conseguiría amplificar estas formas más peligrosas y mortíferas de migración (al menos desde África y Asia) hasta convertirlas en la terrible normalidad. El ejemplo de la lucha contra el tráfico de droga nos ilustra de las dificultades que implica el combate contra el tráfico de seres humanos, aunque las diferencias entre ambos supuestos sean muy graves ¿desembarca droga en nuestras playas? Desde otro punto de vista, la ayuda a los países pobres es una cuestión de justicia, sobre todo si es eficaz (y la liberalización de los mercados internacionales parece más eficaz que la simple donación, por más que esta pueda ser muy oportuna en muchos casos), y además puede contribuir a normalizar los flujos migratorios a medio plazo, pero, desde luego, no los va a detener, al menos de momento. Mucha ayuda tendría que recibir África para ponerse en los niveles de desarrollo de Latinoamérica, que como sabemos envía en la actualidad muchos emigrantes. Los Otros ya viven aquí, con nosotros, y van a venir más, de manera más o menos controlada.
Es por esto que los xenófobos se muestran incapaces de aportar soluciones, siquiera parciales e imperfectas; aunque sus miedos fueran ciertos, no podríamos hacer nada contra ellos, tal es el carácter absoluto de su rechazo. En el mejor de los casos, caen en un fatalismo inactivo, como el de un milenarista que se prepara para el final de los tiempos; no hay nada que hacer, el viejo mundo se va a pique y sólo nos queda pegar la pataleta y esperar la explosión final. En el peor de los casos construyen un mundo de odio y discriminación que, cada vez más, tenderá estallar violentamente por todos lados: la victimización alimienta el victimismo y viceversa. El choque de civilizaciones es un mito, pero los mitos pueden recrearse con la conducta humana y las profecías pueden desatar su propio cumplimiento. De esta manera, tu forma de reaccionar ante tus propios miedos puede terminar por hacerlos más reales (o como mínimo, no los reduce).
Queramos o no, estos "tiempos interesantes" nos arrastran a jugar al juego de la integración. Un juego que nos da miedo porque tenemos la sensación de que después de jugar podemos ya no volver a ser los mismos. Seguiremos buceando en sus reglas.