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sábado, noviembre 25, 2006

DE LA "CULTURA OCCIDENTAL" A LA "RACIONALIDAD MODERNA"

Si hay una expresión ambigua, general, abstracta, casi vacía de contenido que convenientemente podemos ir rellenando de lo que nos interesa en cada momento, esa es la expresión "cultura occidental". No digo que esté prohibido utilizarla, pero, si lo hacemos, tenemos que ser conscientes de sus enormes limitaciones.
-Primero: tiene el problema de cualquier definición de una "cultura" dada: el peligro del "esencialismo", que ya hemos tratado en otras ocasiones.
-Segundo: cuanto más amplio sea el grupo del que se predica la "cultura" más inexacto es el término. En este caso, parece que nos referimos a mil o a miles de millones de personas
-Tercero: se define por oposición a un "Oriente" imaginario y simplificado. Un "oriente" que no está en oriente, sino en todas partes. De esta manera, en un discurso autorreferente, se construye la definición de "cultura occidental", por oposición a lo que creemos que son los Otros; y terminamos concibiendo a los "Otros" por oposición a nuestro propio concepto simplificado de la "cultura occidental", cayendo en estereotipos sencillos y en visiones idealizadas de nuestra cultura que no tenemos en la vida cotidiana. Aunque en la vida normal somos capaces de ver las diferencias dentro de los "occidentales", los Otros quedan simplificados en un mismo saco (o en un número muy limitado de sacos) que se presume homogéneo, ignorándose las profundas diferencias culturales en su seno. Esto es lo que se llama en Psicología Social: "percepción de heterogeneidad del endogrupo e ilusión de homogeneidad del exogrupo" y es una tendencia general que se aplica casi a cualquier cosa.
-Cuarto: divide la realidad en función de un principio geográfico, enormemente inexacto. Así, podemos ser incapaces de ver los rasgos de "cultura occidental" que puede tener un país africano o un terrorista islámico (sencillamente porque los hemos situado al otro lado del abismo) o los rasgos de tradición premoderna que subsisten en los países "occidentales" -que se parecen a los rasgos premodernos de muchos otros sitios.
-Quinto: mezcla confusamente lo que es "evolutivo" (y por tanto implica una superioridad fáctica, que no moral) y lo que no lo es. Los antiguos evolucionistas, por ejemplo, describían una evolución de las "religiones" (y por supuesto, el "cristianismo" era más "avanzado" que la religiosidad primitiva, aunque algunos propugnaran su desaparición). Ciertamente, distintas estructuras sociales e infraestructuras económicas implican también distintas formas ideológicas o religiosas, pero a veces la conexión se muestra de manera demasiado simple.
El "cristianismo", por ejemplo, se considera habitualmente como uno de los rasgos más básicos de la "cultura occidental" pero ello no significa que sea una forma más "evolucionada" que otras religiones -en el sentido de "eficaz en la adaptación al medio". El éxito en su difusión puede deberse en parte a su vigor simbólico, pero mucho más claramente está determinado por su asociación histórica con sociedades "modernas", que siempre tienen las de ganar. No creo que el "cristianismo" haya influido significativamente en el triunfo de los europeos en el plano de los hechos; sí lo han hecho las relaciones reales de poder y también una serie de rasgos socio-culturales que quizás podríamos englobar en otra macro-categoría menos imprecisa: la "racionalidad moderna". A base de convivir con ella, el "cristianismo" se ha contagiado en parte de la racionalidad moderna (y sobre todo de sus antecedentes), pero también ha convivido con muchas otras pautas y se ha adaptado a ellas; en muchas ocasiones, el cristianismo y otros rasgos de la "cultura occidental" operan incluso como supervivencia de tradiciones premodernas.
Hablar de "cultura occidental" no tiene mucho sentido ni utilidad en la mayoría de los casos. En cambio, hablar de "racionalidad moderna" nos ayuda a entender mucho mejor algunos de los conflictos socio-culturales de nuestro tiempo: el conflicto entre tradición y modernidad que se produce en los países occidentales sobre todo a partir de la industrialización y que en cierto modo es la raíz del pensamiento sociológico, el que se produce actualmente en todos los países del mundo -pues la implacable modernidad ya lo ha cubierto todo-, el que se produce en los desplazados del campo a la ciudad en los países pobres y también el que pudiera producirse en los países ricos como consecuencia de la llegada de inmigrantes, que ya están indudablemente "modernizados", pero en distinto grado o de diferente manera. Sigue siendo una simplificación, pero ésta me parece bastante más útil.

sábado, noviembre 18, 2006

SALVAJES, BÁRBAROS, CIVILIZADOS

Hay quien dice que no hay "choque de civilizaciones" sino el viejo conflicto entre civilización y barbarie (o salvajismo), tema mítico donde los haya, el dios Ra destruyendo las serpientes del Caos en su paso por el Infierno, el Faraón destruyendo a los pueblos bárbaros. Por supuesto, Civilización siempre somos Nosotros y los bárbaros o salvajes siempre son Ellos, seamos quienes seamos; y si alguna vez entre Nosotros se hace algo que no nos gusta, lo calificaremos como una "barbaridad", como un "acto de barbarie", o como una "salvajada" y apreciamos, por contra, un comportamiento "civilizado".

Antes de que Boas pusiera de moda la noción particularista de "culturas", predominaba entre los pioneros de la Antropología una noción distinta de "cultura" (la definición más famosa es la que propuso Tylor). A partir de una metáfora agraria (la cultura era el fruto de haber "cultivado" el espíritu), se empezó a hablar de la "cultura" como un producto general de la actividad humana. Desde esta perspectiva, la "cultura humana" era una sola cosa y se trataba de un proceso de acumulación en la historia de la humanidad que atravesaba diversos estadíos evolutivos (normalmente llamados "salvajismo", "barbarie" y "civilización"). En cierto modo, en función de su posición en la escala evolutiva, las sociedades podían tener más o menos "cultura". Todavía hoy seguimos diciendo que una persona "tiene cultura" o "es culto" o es "inculto", lo que concuerda con el origen etimológico ("cultivar" el espíritu), pero también con esta noción acumulativa. Lógicamente, esto no tiene nada que ver con las definiciones modernas, que, recordemos, hablaban de la cultura como un contexto que da sentido a la acción humana.
Como decíamos en otra entrada, antes de Boas prácticamente toda la reflexión social era "irreflexivamente" racista. Así que lógicamente los civilizados eran superiores a los bárbaros y los bárbaros a los salvajes. En aquellos tiempos se confundía "evolución" con "progreso"; "evolución" es una simple descripción de lo que sucede (como sucede con la evolución de las especies), mientras que "progreso" implica una visión positiva del cambio. Este salto nunca debe ser automático, o se cae en la "falacia naturalista": convertir juicios de hecho en juicios de valor automáticamente, sin pagar peaje. Que algo suceda no implica necesariamente que nos parezca bien.
Ahora bien, la "cultura" tiene una clara dimensión adaptativa (de hecho, los materialistas culturales tienden a considerar las pautas culturales en función de su contribución a la adaptación al medio). Cuando una pauta determinada supone un triunfo del ser humano sobre el medio, una mayor independencia, tiene tendencia a propagarse, a triunfar y a sustituir a las viejas prácticas, menos eficaces. Dada la importancia que la adaptación tiene para los seres humanos, la "eficacia empírica" de una práctica, una vez advertida, tiene un valor en cierto modo universal (una vez esta eficacia se demuestra). Aquello que funciona, que tiene éxito, que se corresponde con la realidad, que logra incrementar la producción, etc., tiende a perpetuarse (a base de conquistas, de colonizaciones, de eliminación del enemigo, de difusión, etc.) Esto nos puede parecer bien, mal o regular -y casi siempre nos parecerá bien lo que nos funcione a nosotros mismos-, pero de un modo u otro, es lo que sucede y seguirá sucediendo de manera implacable.
En este sentido, aunque abandonada la noción esencialista y etiquetadora de las "culturas", sí que puede decirse que hay prácticas culturales "superiores" a otras desde el punto de vista de los juicios de hecho: aquellas más eficaces para adaptarse a un medio o contexto concreto, o a una diversidad de medios. Ahora bien, esta superioridad "empírica" dista mucho de una eventual superioridad "moral", aunque a nivel individual los seres humanos tendamos a quedarnos con lo que nos resulta más eficaz a nosotros si nuestro conocimiento sobre lo que es eficaz es acertado.
El cambio de la "barbarie" a la "civilización", por ejemplo, supone un aumento enorme de la producción, pero al mismo tiempo la introducción de fuertes desigualdades sociales y de la esclavitud; ¿es eso "bueno" o "malo"? Una vez más, los juicios de valor no son verificables, dependen de nuestra experiencia (que a su vez está condicionada, por supuesto, por nuestro contexto cultural). Por más que señalemos que el Holocausto nazi fue un acto de "barbarie", por más que consideremos que los atentados del 11-M o del 11-S eran reductos de un fanatismo medieval, por más que nos parezcan una "salvajada" las bombas de Hirosima y Nagasaki, no podremos cambiar la cruda realidad de que estos hechos sólo tienen sentido en el seno de la "civilización" y no de cualquiera, sino de la "civilización moderna", de la modernidad; y no sólo en los aspectos tecnológicos, sino también en los burocráticos, en los organizativos: en toda la "tecnología social" que implica una mayor eficacia... en este caso letal eficacia dirigida perfectamente a la muerte de otros seres humanos.
La eficacia empírica no es un autómata fácil para decirnos lo que tenemos que hacer. Esto pone en su sitio el sentido de la superioridad de la "cultura occidental". A estas alturas, ya somos conscientes de lo inconsistente de este término. Pero quizás podamos seguir profundizando un poco...

viernes, noviembre 10, 2006

ETIQUETAS ÉTICAS ÉTNICAS

Imagen obtenida en http://www.fractal.com.ve

Aunque les tenga una cierta manía personal, seguro que las "etiquetas sociales" sirven para algo; sobre todo si se plantean como instrumento para profundizar reflexivamente sobre nuestra propia identidad. ¿Qué significa para los que así se califican ser "musulmán"? ¿Ser "liberal"? ¿Ser "de izquierdas"? ¿ser "español?, ¿ser "mujer"?, etc.

Pero en la discusión ética y política, las etiquetas son frecuentemente un lastre: en primer lugar, desvían continuamente la conversación desde los contenidos que se pretendían debatir hacia las supuestas características personales de los interlocutores; en segundo lugar -y es lo que me interesa destacar-, conducen a argumentos circulares en los que tendemos a camuflar nuestros intereses (materiales o simbólicos) situándolos en la etiqueta que nos resulte más oportuna. Casi nadie es partidario de la "Injusticia" y casi todos nos llenamos la boca defendiendo la "Justicia"; si fuera sólo por la etiqueta, estaríamos todos de acuerdo. Y sin embargo, aquello que metemos en la "caja" de la Justicia diverge de una persona a otra y casi siempre está condicionado por sus intereses. Argumentar a base de etiquetas es muy cómodo: nos permite evadirnos del pronunciamiento sobre contenidos concretos. Y es más cómodo cuanto más amplias, ambiguas y omnicomprensivas son nuestras etiquetas: no hay nada como generalizar acerca de los "musulmanes" -refiriéndonos a unos 1200 millones de personas pertenecientes a grupos étnicos y contextos sociales, económicos y culturales muy diversos-, salvo quizás dedicarnos a hacer grandes declaraciones sobre la presunta "cultura occidental" (a la que dedicaremos otras entradas). De este humus se nutren el "choque" y la "alianza" de civilizaciones: de una concepción "esencialista cultural" que habla de las "civilizaciones" como si fueran cosas tangibles y separadas, que "existen" como existe un árbol o una piedra y no categorías construidas socialmente en función de la perspectiva y de los intereses de cada uno.

Es muy fácil argumentar que una "cultura" es "superior" a otra; de la misma manera es sencillo argumentar que "todas" las "culturas" son "iguales"; un buen sofista puede defender ambas cosas, incluso partiendo de unos valores comunes y consensuados. Puesto que las "culturas" son categorías artificiales para generar conocimiento, basta con definirlas de la manera que más nos interese.

Por ejemplo, si nos interesa emprenderla contra los "musulmanes" (para justificar determinados intereses materiales o para tener un "Otro" al que oponernos con objeto de obtener identidad social positiva), basta con meter en el saco del Islam todo aquello que realicen personas adscritas a esta religión: ya sea la mutilación genital femenina, el burka, el terrorismo "islámico", o incluso cosas tan alejadas de la religión como los disturbios parisinos (ignorando los importantísimos factores socioeconómicos). El resultado del razonamiento estaba predeterminado dogmáticamente: nada ni nadie puede hacernos desistir de nuestro prejuicio; cualquier cosa que se salga de nuestra visión interesada podría interpretarse como sutiles mentiras destinadas a propiciar una futura "invasión", incoherencias de los sujetos con la "verdadera esencia" de su religión (siempre aquello que menos nos gusta de ella) o pequeñas liberalidades propias de "falsos" musulmanes o de personas en proceso de dejar de serlo.

Ante estas declaraciones, otros podemos reaccionar "a la defensiva"; es normal que lo hagan los "musulmanes", por ejemplo, si ven "agredida" su identidad (como si a alguien que se considera "de derechas" le dicen que ser "de derechas" implica por narices ser partidario del franquismo y no le parece). Pero muchos que no somos musulmanes salimos a la defensiva, en el mejor de los casos con nuestro "interés" puesto en eliminar esa degradación simbólica de las personas por adscribirlas a una etiqueta (y en el peor de los casos por adscribirnos irreflexivamente a la moda progre de turno). De una manera o de otra, nuestra defensa consiste en sacar de la "etiqueta" todo lo que no nos gusta: y así destacar que el burka no está prescrito en el Corán, que la mutilación genital femenina es una práctica cultural ajena al Islam que a veces coincide y a veces no con su ámbito de expansión, que los terroristas "islámicos" están teóricamente cometiendo "pecado" tanto por homicidas como por suicidas o que en 1991 hubo unos disturbios de inmigrantes hispanos en Mount Peasant (Washington) que recuerdan en algo a los de París en condiciones estructurales de cierta semejanza. En esta defensa se nos olvida que estamos hablando por la identidad de otros y que a este respecto son bastante más autorizadas las opiniones que tengan los musulmanes (unos y otros) que las nuestras; y que, en ciertos casos, algunos musulmanes pueden considerar que estas conductas guardan relación con su religión (ignorar esta conexión, significativa para ellos nos puede dar una visión deformada del asunto). En resumen, no ser conscientes de que simplemente nos estamos adscribiendo a la opinión que más nos interesa y que la apoyaríamos aunque fuera completa y absolutamente minoritaria.

A esta discusión sobre las "esencias" de la "musulmanidad" habrá que dedicar otras entradas. Ahora es un simple ejemplo de cómo razonando por etiquetas todo vale, vale todo. Y los discursos pueden terminar quedando vacíos de contenido por empeñarse en colgar sambenitos positivos o negativos sobre las personas en lugar de referirse DIRECTAMENTE a dilemas éticos o políticos y enjuiciar comportamientos, no colectivos. Hablemos del burka, de la mutilación genital femenina, etc., la hagan los "musulmanes", los klyprogianos o los Guerreros de la Luz (religiones inventadas sobre la marcha); y no proyectemos automáticamente sobre los Otros todo lo que no queremos, no sea que así (y al ignorar por irrelevante todo lo que no se corresponda con nuestro prejuicio) estemos precisamente dando alas a nuestros miedos.

¿Pero entonces, no puede hacerse crítica socio-cultural sin caer en la trampa? ¿Puede hablarse de conductas concretas sin utilizar la muletilla de las etiquetas? ¿No puede criticarse el Islam, el cristianismo, el liberalismo, el anarquismo, el socialismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo, etc.? Lo importante es dónde está el énfasis, pero dónde está DE VERDAD, no formalmente, porque el razonamiento "por etiquetas" que describo opera casi siempre de manera inconsciente. Cuando el énfasis está en los comportamientos concretos, sabemos e interiorizamos que las etiquetas son sólo "muletillas" para poder englobar conceptos y que pueden tener mayor o menor consistencia estadística, pero que nunca son absolutos; así, nuestras etiquetas quedan matizadas, estamos dispuestos a dejar que la realidad nos las desmienta, en algún caso o en la mayoría. Cuando el énfasis está en los sujetos y LO IMPORTANTE SON LAS ETIQUETAS, entonces estaremos dispuestos a creer lo que haga falta para satisfacer nuestros intereses inmediatos; seremos auténticos cruzados del odio... o del "multiculturalismo"; y todo ese paraíso artificial, ilusorio, creado para sentirnos cómodos nos mantendrá sedados e incapaces de reaccionar de manera responsable y consciente ante la nueva realidad de los tiempos interesantes que se nos avecinan.

Pero antes de renunciar del todo a la pregunta-trampa de si hay culturas superiores a otras (que en mi opinión nos despista y nos aleja del trabajo intercultural realmente necesario), hay que plantearla de otra manera. ¿Pero... no hay algo en la llamada "cultura occidental" que la hace "superior" a todas las demás debido a su éxito empírico?

lunes, noviembre 06, 2006

LA NEUTRALIDAD APARENTE


Al margen de los problemas derivados del esencialismo cultural, cuando desde el "multiculturalismo" tradicional se determina que todas las "culturas" son "iguales" ¿se está hablando "desde fuera" del mundo moral? ¿más allá del bien y del mal? Como dice el ilustre Zapp Branigan, con el enemigo uno al menos sabe a qué atenerse, pero con los neutrales ¿quién sabe?

Me parece útil sacar a la palestra la distinción entre juicios de hecho y juicios de valor (yo añado un tercer tipo mixto pero no viene al caso). Los sofistas ya advirtieron que, al contrario que los juicios de hecho, los juicios de valor no son verificables empíricamente. Si yo digo "El blues mola" o "hace frío" no hay manera de comprobar objetivamente si "tengo razón"; todo lo más, se pueden convertir en juicios de hecho verificables "A Antonio le gusta el blues" o "Antonio tiene frío", o bien hacerse cálculos estadísticos para saber si a mucha gente le gusta ese tipo de música, o se puede medir la temperatura y deducir si mi sensación es anómala en comparación con la que sentirían la mayoría de las personas. Los relativistas extremos caen en la trampa de creer que, por el mero hecho de que estos juicios no son "objetivos", carecen de sentido (¡como si las personas fuéramos objetos!) y así, se niegan así mismos al negar su propia experiencia de valoración de la realidad. Por ejemplo, salvo que tengamos un día especialmente ingenuo, somos conscientes de que la razón de nuestro cariño por la gente que queremos no estriba en sus especiales cualidades objetivamente mensurables y contrastables, de manera que fueran el resto de las personas del mundo las que hubieran errado en sus preferencias; pero ello no nos impide seguirlos queriendo y disfrutar (o sufrir) esta experiencia.

El relativismo arcaico tendía a considerar que los juicios de valor eran completamente "subjetivos", lo que no es del todo cierto, dado que en realidad son "intersubjetivos", es decir, compartidos. En primer lugar, son intersubjetivos debido a la "unidad psíquica de la humanidad", es decir, al hecho de que todas las personas estamos hechas más o menos de la misma pasta; así un chirrido infernal y ensordecedor que dura una hora y hace daño al oído no podrá parecerle a nadie una música hermosa, por más vanguardista que sea, nadie tiene "calor" a cincuenta grados bajo cero y tienen que darse circunstancias muy especiales para que un padre no quiera a su hijo. En segundo lugar, son intersubjetivos porque se comunican, se difunden, se propagan, se negocian, se reformulan en distintos contextos sociales y culturales; así, al margen de teorías místicas sobre la música circulando por la "sangre", un "gitano" "español" tiene bastantes probabilidades de disfrutar del flamenco porque esta música haya formado parte de su historia personal; "el roce hace el cariño" e incluso el frío puede contagiarse en algún caso. Si el relativismo arcaico cargaba las tintas en el "subjetivismo", el relativismo "multicultural" tiende a magnificar esta influencia de la "cultura" considerada como una "cosa" homogénea que determina casi completamente la conducta del individuo. Así, lo que hacemos está determinado por nuestra "cultura", de manera que todos los juicios morales son relativos, porque son culturales y todas las "culturas" son iguales en dignidad dado que cualquier comparación que se haga entre ellas será "etnocéntrica".

Este argumento cae en la típica contradicción del relativismo extremo. Parece una opinión objetiva, científica, impersonal, al margen de todo etnocentrismo. El robot alienígena e inhumano "Neutro" con el mundo en sus manos que aparece en la ilustración. No obstante, ahora que nos hemos desembarazado de una visión esencial de las culturas es más fácil ver que los "multiculturales" están también -como todo el mundo- culturalmente condicionados. Boas y sus epígonos no surgieron del vacío de la inexistencia ni del corazón de la selva amazónica, sino de una sociedad concreta: la sociedad norteamericana a finales del siglo XIX y durante el siglo XX. Aunque hay experiencias de relativismo por doquier, el multiculturalismo tal y como lo conocemos sólo puede surgir en una sociedad funcionalmente especializada, "individualista" en el sentido de Berger y Luckman (es decir, la gente está acostumbrada a cambiar de "roles", de manera que estos no se imponen tan automáticamente como en las sociedades menos complejas y puede contemplarse el rol social con cierta distancia). Los multiculturales estaban imbuidos de "cultura occidental" -si es que el término significa algo- y también de "cultura multicultural" en la medida en que en las sociedades modernas conviven diversos patrones ideológicos, que, por supuesto, son también "culturales" en el sentido que utilizábamos en las entradas anteriores.

Así pues, la idea de que "todas las 'culturas' son iguales" es un juicio de valor, tan "subjetivo" y al mismo tiempo tan "culturalmente condicionado", es decir, tan "etnocéntrico" como la idea de que "mi 'cultura' es superior a las demás". Como tantos juicios de valor, ambas ideas se imponen a los "nativos" (es decir a las personas que operan en un marco cultural) como si fueran pura realidad objetiva, grabada a fuego en las raíces de la existencia humana. Pero no son verificables. El problema específico de la primera es que no puede evitar caer en las contradicciones lógicas del relativismo: "no hay ninguna verdad absoluta y esto es absolutamente cierto"; cualquiera que diga que todos los patrones culturales son iguales en valor debe aceptar que esa misma afirmación sea relativizada y que los nativos de las "culturas" que tú consideras "iguales" estén culturalmente condicionados para creer que esto no es cierto.

Pero entonces si en el debate ético nos ponemos de acuerdo en una serie de valores, de axiomas, de principios "superiores" a otros, ¿podríamos entonces argumentar sobre esos axiomas que una "cultura" es "superior" a otra o que, por el contrario, todas las "culturas" son iguales, en base a la densidad de estos principios que hemos considerados "superiores"? Lo veremos en seguida.

martes, octubre 31, 2006

DE LAS "CULTURAS" A LO "SOCIOCULTURAL"

Aunque el daño ya está hecho, creo que hoy la mayoría de los antropólogos no duda en considerar que las culturas no son más que artefactos para obtener conocimiento mediante generalizaciones; desde este punto de vista, la "cultura" es una "descripción del investigador", que puede situar en un contexto o en otro (un país, una región, un sector de la sociedad), dependiendo de los intereses de la investigación y no una entidad platónica que "exista" como existe un árbol o una piedra. Lo real no es la "cultura", sino las prácticas y representaciones "culturales" que observamos o deducimos de los sujetos. Estas prácticas y representaciones casi nunca son meramente "subjetivas", sino que son "sociales", es decir: compartidas y comunicadas en el seno de los grupos humanos; y habría que añadir en el seno de las redes humanas, ahora que la metáfora de la "red" (en la que no todos están conectados con todos) puede proporcionar mayor precisión a la variabilidad cultural.

Sucede que el esquema de las "culturas" se desarrolló en un momento determinado en el que los antropólogos se disponían a registrar compulsivamente todo un universo de universos que se les escurría de las manos y estaba a punto de desaparecer, o más bien de transformarse por completo: la miríada de sociedades tradicionales escasamente influidas por la "modernidad" que "gozaban" de un cierto aislamiento. Poco a poco, a medida que el objeto de estudio de la Antropología se iba extinguiendo, los antropólogos tuvieron que buscarse el curro y el pan de sus hijos en otra parte. Primero, se fueron al campo, para documentar las formas de vida tradicionales que también estaban en vías de transformación; luego, siguieron a sus "nativos" a los cinturones de las grandes ciudades, y empezaron a analizar los problemas de los migrantes. Se asomaron poco a poco a sectores de la "sociedad moderna" que, debido a la marginación social a la que estaban sometidos, se encontraban en una cierta situación de "aislamiento", lo que permitía la identificación de "subculturas" diversas (drogodependientes, pandilleros juveniles, homosexuales, etc.) con ciertas divergencias "culturales" respecto de la sociedad "oficial". Con todo ese bagaje investigador, cuando se dieron de bruces con la sociedad moderna, descubrieron que distaba mucho de ser homogénea y que uno puede encontrar racimos de pautas culturales entre la aristocracia inglesa, los intelectuales y científicos norteamericanos, los suburbios de la clase media japonesa. En la práctica, la "cultura" había dejado de ser un sustantivo (las pautas homogéneas de un grupo) para convertirse en un adjetivo: "lo socio-cultural", que se diversifica y se articula en torno a distintas redes y grupos humanos.

Ciertamente, la dispersión geográfica y de comunidad política influyen enormemente en la diversidad cultural. Pero esta influencia, ni es absoluta ni tiene necesariamente que ser la más importante. Ciertamente, un indio andino que ha vivido toda su vida en la montaña puede sentirse extraño en la Gran Vía de Madrid (o al contrario, un madrileño en los Andes), pero también un pandillero de barrio bajo madrileño notaría divergencias socioculturales en la recepción de un Embajador en Madrid y un Doctor en Filosofía podría tener problemas para comprender los sobreentendidos de los chascarrillos de una juerga gitana, qué sé yo. Si estudiamos la "cultura" de los profesores de la Universidad española y nos encontramos con un profesor marroquí de ideología izquierdosa ¿qué etiqueta será más útil para predecir el comportamiento de esta persona? ¿Su adscripción al grupo de los "profesores de Universidad española", su origen "marroquí" o su "progresismo"? Pues dependerá de la persona y de su historia personal, del tipo de conducta que se pretenda predecir y del contexto concreto en el que se plantea ¿Necesariamente la determinación de lo "cultural" viene marcada por el origen étnico en mayor medida que los demás factores? Pues está claro que no.

Así, viene a decir Clifford Geertz que la "cultura" es el contexto (social, simbólico, de significados, de expectativas, etc.) que aporta sentido a una "descripción densa", es decir, a una descripción del comportamiento humano efectuada en términos significativos; siguiendo más o menos su ejemplo, si alguien guiña un ojo puede que tenga un tic, que esté intentando ligar, que indique complicidad (como para que alguien le siga una broma), que indique complicidad sobre una complicidad falsa (como si guiña el ojo para fingir que está pidiendo a alguien que siga la broma pero que todos vean que es fingido), etc, etc, etc. La "cultura" es el conjunto de expectativas, de significados compartidos que dan sentido a este comportamiento, que lo provocan o que permiten calificarlo socialmente. Hay pautas culturales para entrar al autobús y en la cola de la carnicería. Todo comportamiento humano es "cultural": significa algo para el que lo lleva a cabo y significa algo para la gente de alrededor.

Este cambio de perspectiva, desde las "metafísicas" y trascendentes "culturas" hasta los comportamientos y prácticas REALES, empíricos nos impide escapar de tratar problemas éticos, valorativos. Cuando uno restringía -arbitrariamente- las "culturas" a las distinciones "culturales" motivadas por la separación geográfica y los lazos de parentesco, era más fácil escapar a estos dilemas razonando por etiquetas (en la siguiente entrada veremos cómo). Pero ahora, cuando descubrimos que un grupo de skinheads golpeando "salvajemente" a un inmigrante está realizando una actividad significativa en un contexto determinado (conforme a patrones socio-culturales) ¿podemos seguir diciendo que todos los productos culturales humanos son "iguales"? ¿de lo mismo aplicar brujería que ciencia a tu herida? ¿es lo mismo que un varón golpee a su pareja a que la trate por respeto?, o por poner casos menos extremos ¿da lo mismo el liberalismo que la socialdemocracia? (donde es más fácil que opinemos cosas distintas, pero algo opinaremos). Es decir, renunciar a la crítica cultural es renunciar a la crítica, a la valoración de los acontecimientos, a tener criterio sobre las cosas. Esta pose -de un relativismo extremo-, niega y a la vez esconde y por tanto deja fuera de la posibilidad de autocontrol, nuestra propia experiencia humana de valoración de las cosas.

Esto nos conduce al segundo "pecado original" que aparece tendencialmente en el "multiculturalismo"; la apariencia de un punto de vista neutro.

lunes, octubre 23, 2006

PROBLEMAS ÉTICOS DEL ESENCIALISMO CULTURAL

Hemos quedado en que las "culturas" no son más que simplificaciones de la realidad, en cierto modo necesarias para hablar de ella; a grandes rasgos esto es lo que se llama un "esquema cultural": un modelo simplificado que nos han legado nuestros ancestros y se utiliza como herramienta para conseguir conocimiento. Sin embargo, cuando usamos mucho estos esquemas terminamos creyendo que son la "realidad objetiva". En cualquier caso, como adelantaba, esto no sólo deforma nuestro conocimiento, sino que también distorsiona nuestra acción ética y política. El modelo de las "culturas" plantea problemas desde la xenofobia (que termina por asumirlo, aunque viniera de los "multiculturales" antropólogos), pero también desde el llamado "multiculturalismo".

Los problemas desde la xenofobia son los más evidentes. Cuando decimos que nuestra "cultura" es superior a otra "cultura", casi siempre decimos entre líneas -incluso inconscientemente- que somos "superiores" a las personas que adscribimos a las culturas ajenas. En eso consiste aproximadamente la "Teoría de la identidad social" que se desprende del famoso experimento psicológico de Tajfel y Turner: para obtener una identidad social positiva se perjudica a los miembros del exogrupo. Estas razones simbólicas y otras mucho más materiales confluyen en el fenómeno que conocemos como "discriminación", que consiste básicamente en tratar desfavorablemente a los individuos por razón de una generalización derivada de su adscripción a un grupo. En abstracto, a todos nos parece repugnante, puesto que choca con nuestra cultura "liberal" que impone que a la gente se la trate por sus propios méritos o deméritos y no por la etiqueta étnica que se les ha puesto. En concreto, la discriminación sólo nos parece repugnante cuando se corresponde con algunas circunstancias que han accedido al reino de lo políticamente correcto, pero no cuando encaja con nuestros propios prejuicios; por ejemplo, pocos se preguntan por qué un iberoamericano o un judío sefardí (por citar una categoría puramente étnica o religiosa) obtienen la nacionalidad española en 2 años, mientras que un chino, o incluso un saharahoui (por mencionar una colonia española) tienen que esperar 10 años; cuando nos lo preguntamos, lo justificamos en razones "históricas, culturales", etc., es decir, en generalizaciones étnicas impuestas a los individuos, sin tomar en consideración sus circunstancias reales. Pero la discriminación para otro día.

El caso es que la interiorización del modelo de las culturas también plantea problemas éticos al pensamiento "multicultural", hasta hacerlo totalmente inútil si se aferra al esencialismo cultural. Cuando los "enemigos del multiculturalismo" nos lo hacen saber -eso sí, frecuentemente a grandes voces, con exageraciones y sin matices-; respondemos a la defensiva aunque seamos conscientes de la verdad que hay tras sus argumentos.

Pongamos un ejemplo mítico y exagerado, para que se entienda. Unos indígenas del Amazonas que apenas han tenido contacto con el "hombre blanco" están siendo desalojados violentamente de sus tierras ancestrales -e incluso sagradas- debido a determinados intereses económicos. No es lo mismo estar de parte de los indígenas que estar de parte de "su cultura". Si estás de parte de los indígenas, los defenderás si puedes contra estas agresiones; si respetas a los indígenas, respetarás en principio sus producciones culturales, que forman parte de ellos (la persona sin "cultura" no existe); si llegas a apreciar a los indígenas, también apreciarás en principio sus producciones culturales. Pero ello no implica que creas en un fantasma llamado "cultura indígena" que hay que proteger a toda costa y que se impone a los propios indígenas. Si lo que quieres es "proteger su cultura", tal y como está ("pura" e "incontaminada" del "hombre blanco", claramente delimitada, estática), sabes que no basta con frenar estas agresiones brutales; sabes que, de manera más sutil, el contacto con la "modernidad" terminará por afectar a los indígenas: el comercio, la migración, la comunicación, terminarán transformando los modos de vida indígenas de manera radical, de manera que esa "cultura" abstracta y pura que tanto se quería, terminará por desaparecer ineludiblemente. La única manera de salvarla es creerse con derecho a dictaminar qué es lo que conviene a los indígenas, cerrar toda comunicación, mantenerlos en la "ignorancia" del resto del mundo, impedir el comercio y las migraciones, convertirlos en una "especie protegida", lo quieran o no. Cuestión distinta es que haya que prepararse para el cambio inevitable y preocuparse por los futuros problemas de identidad y por la posible anomia que pueden resultar de la transformación (ocurre a veces, por ejemplo, que los indígenas desplazados a la gran ciudad terminan sucumbiendo al alcoholismo); pero el centro de la estrategia son los indígenas, no su "cultura".

De manera menos evidente y radical, el esencialismo cultural presente tendencialmente en la idea primitiva del "multiculturalismo" puede arrastrarnos a defender formas de segregación mucho más sutiles. Ghettos "progres", en cierto sentido. Si concebimos las "culturas" como círculos cerrados y estáticos que son "iguales" en dignidad, entonces seguiremos viéndolas como sistemas parcialmente cerrados y autónomos, rigiéndose por sus propias reglas al margen del resto. Que hagan lo que quieran en su ámbito y no molesten a los demás. Laissez faire colectivo. No es difícil encontrar casos extremos de multiculturalismo racista "que hagan lo que quieran en su país, pero aquí no", (de manera más radical "que hagan lo que quieran en su ghetto, pero que a mí me dejen en paz"); porque uno en el fondo tiene miedo de "contaminarse" y perder la pureza y la identidad de su propia cultura, así que las especies protegidas son ellos y nosotros. Aunque estos son casos exagerados, en la medida en que los modelos de convivencia intercultural sigan lastrados por el esencialismo cultural tenderán a percibir la realidad social como círculos cerrados que interaccionan débilmente. Y, sin darnos cuenta, esa entelequia llamada "cultura" que habíamos utilizado sólo para hacer descripciones generales, podría llegar a imponerse a las personas que se adscriben a ella (por encima de ellas, como una apisonadora).

Y por otra parte, terminaremos por ignorar o tratar inadecuadamente disparidades socio-culturales que arbitrariamente hemos dejado fuera del "multiculturalismo" porque arbitrariamente hemos dejado fuera de las "culturas" (como leviatanes étnicos). ¿Es que los migrantes llegaron a una sociedad homogénea y perfectamente integrada? ¿Qué hacer entonces? Seguiremos en próximas entradas.

martes, octubre 17, 2006

EL ESENCIALISMO CULTURAL

(imagen de http://www.faupel-art.org/)
Aunque no lo parezca, aquellos que propugnan la superioridad de unas "culturas" sobre otras y los que, por el contrario, afirman la igualdad radical de todas las "culturas" tienen algo en común: ambos creen, cerebral o visceralmente, consciente o inconscientemente en las "culturas" como entidades discretas, objetivas, bien delimitadas, relativamente homogéneas y estables. Casi que podríamos decir exactamente cuántas culturas hay en el mundo y quedarnos "tan panchos". ¿Y si la pregunta acerca de si hay culturas superiores o no estuviera mal planteada desde el principio? Dedicaremos algunas entradas a esta cuestión.

Ciertamente, antes de Boas se hablaba de "razas", "pueblos" y "naciones", a veces como sinónimos. A partir de Boas se empieza a hablar de "culturas" como categorías de la diversidad étnica (aunque antes el término tenía una dimensión más bien universal); aunque no eran más que generalizaciones necesarias, inconscientemente se hablaba de las "culturas" como si fueran entidades vivas, ideas platónicas o seres metafísicos. Los antropólogos pusieron de moda este esquema de percepción de la realidad, casi como una necesidad para poder generalizar sobre pueblos tradicionales cuyo modo de vida se iba extinguiendo y la moda se propagó por doquier hasta el punto de que todo el mundo se lo terminó creyendo del todo. Como digo, anteriormente se utilizaban vagamente esquemas parecidos y también se interiorizaban hasta el punto de que parecían realidad objetiva (como otros productos "culturales"), pero lo cierto es que hoy hemos heredado los esquemas culturales que fraguaron aquellos antropólogos. Sobre todo ahora que las "razas" han caído en la desgracia de lo políticamente incorrecto, los "pueblos" gozan de mala salud y huelen a "comunismo" y las "naciones" están pegando los últimos coletazos.

Sin hablar de "culturas", en cambio, el eminente sociólogo Max Weber ya nos advertía frente a la imprecisión de lo étnico "La fuerza universal de la ‘imitación’ actúa en general en el sentido de hacer cambiar gradualmente, de un lugar a otro, los usos tradicionales, de la misma manera que cambian los tipos antropológicos en virtud de la mezcla de razas”[...] “Se acabaría así por arrojar seguramente por la borda el concepto global ‘étnico’. Pues es un término genérico completamente inoperante para toda investigación rigurosamente exacta."

¿Dónde está la imprecisión de este esquema? Pues básicamente en tres aspectos sobre los que no me puedo extender mucho hoy:

1) Pretende homogéneo lo que es heterogéneo: minimiza las diferencias individuales y minimiza las diferencias grupales dentro de lo que previamente se ha caracterizado como una "cultura". Para un español típico es lo mismo un turco, un árabe y un pakistaní (he oído hablar varias veces de una "cultura islámica"), cuando para ellos las diferencias pueden ser brutales (incluso ahora que parece que los medios de comunicación de los países musulmanes podrían estar reforzando una identidad común que siempre ha sido bastante tenue). Como si se tratara de una muñeca rusa podríamos entrar en más subdivisiones, y en divisiones de las subdivisiones hasta descubrir que también hay "subculturas" en todas las sociedades modernas, en las que se acentúa la especialización funcional y la diversidad; e incluso descubrir que hay cosas "culturales" más allá de las subculturas, pero todo esto lo tendré que aclarar en otro momento.

2) Pretende discreto lo que es continuo: establece unas fronteras ilusorias para demarcar el concepto ignorando que lo que previamente hemos llamado "culturas" no son compartimentos estancos, sino que operan en un mundo mucho más fluido de intercambio continuo y comunicación cultural entre personas, grupos y redes, en el que, por otra parte, las diversas "culturas" son manifestaciones diversas de la "unidad psíquica de la Humanidad", lo que hace que, en realidad, no sean "tan" diferentes. Un campo de juego muy divertido para ver esto es el estudio del folklore: busca una criatura mitológica que se venda como pura idiosincracia, por ejemplo, de una "nación" "autonómica" y empieza a percibir cómo varía brutalmente de un valle a otro de la misma Patria y como, por otra parte, en cierto modo es igualita a la de la tribu africana no-se-qué.

3) Pretende estable lo que es dinámico: la "cultura" -en sentido universal-, como rasgo biológico del ser humano tiene una indudable dimensión adaptativa. Los rasgos culturales están continuamente cambiando, creándose y recreándose, reciclándose desde la basura del pasado, cogiendo lo que ya está hecho y adaptándolo a las circunstancias (no quiero decir con esto que no puedan subsistir survivals, rasgos que un día tuvieron sentido y que terminarán desapareciendo o reconvirtiéndose). También el proceso continuo de comunicación que mencionaba antes, en el contexto antes citado de heterogeneidad implica una difusión continua de rasgos de un sitio a otro. De hecho, los primeros antropólogos académicos se vieron obligados a "mentir" al presente para poder registrar la historia, haciendo la foto de un cadáver o de un moribundo; quiero decir, que, en un principio, y en términos generales, trataron de describir las "culturas" "salvajes" en su "pureza", "incontaminada" del "hombre blanco". Pero esa situación YA no era real en aquella época; prueba de ello: el propio antropólogo.
Ya veremos más adelante si existe una alternativa epistemológica a esta simplificación -todo esquema cultural lo es- de las "culturas". Me importa resaltar ahora que la interiorización de este esquema cognoscitivo hasta las propias vísceras genera algunos problemas éticos en general bastante graves. A ellos me referiré en la próxima entrada.

viernes, octubre 13, 2006

LAS RAÍCES DEL "MULTICULTURALISMO"

En este blog no sólo vamos a hablar de migraciones, sino también de "interculturalidad", materia que evidentemente está directamente relacionada con los movimientos migratorios, pero que va mucho más allá de ellos.
Es frecuente que, en el diálogo de besugos en el que habitualmente se convierten los debates sobre migraciones, los más reacios ante los extranjeros (o ante determinados grupos de extranjeros) la emprendan vehementemente contra el "multiculturalismo". Es posible que en cierta medida estén gastando fuerzas en combatir espantapájaros, puesto que seguramente esta expresión y sus connotaciones han sido en gran medida abandonadas por quienes de un modo u otro están más interesados en estas cuestiones, aunque también es cierto que en determinados ámbitos sigue haciéndose uso y abuso de este concepto. Los "xenofílicos", aunque no seamos estrictamente "multiculturales", nos damos por aludidos y seguimos la corriente, cumpliendo perfectamente nuestro rol en un debate perfectamente estéril. Quizás hacemos esto porque nos sentimos en cierto modo herederos del multiculturalismo. Por mi parte, acepto la herencia, pero a beneficio de inventario; vamos, que aprovecho lo que pueda sacar, pero no respondo de las deudas que no son mías.

A salvo de los planteamientos relativistas que existían desde la antigüedad, podría decirse que la raíz de la idea-fuerza del multiculturalismo se encuentra en el "héroe cultural" y "padre fundador" de la antropología académica norteamericana -un físico alemán-, Franz Boas (1858-1942) y sus "discípulos" (aunque el término en sí mismo considerado y su uso como modelo de convivencia es muy posterior). Antes de Boas, prácticamente toda la ciencia social seguía con menor o mayor énfasis patrones racistas y etnocentrados (de manera que, por cierto, las acusaciones de "racismo" para pensadores anteriores tienden a estar descontextualizadas). Raza, lengua y cultura aparecían difuminadas y confusas en un totum revolutum fraguado a veces con escasa empatía y sin muchas intenciones de penetrar en la lógica interna de las conductas. En definitiva, el etnocentrismo era tan pronunciado que no nos enterábamos de nada.

Como muestra de lo alejado que se estaba en aquel tiempo de un mundo "políticamente correcto", contémplense un par de aseveraciones de William McGee, primer presidente de la American Anthropological Association (citadas por Marvin Harris): en artículos de la revista científica American Anthropologist.

-"Posiblemente la sangre anglosajona es más potente que la de las otras razas; pero ha de recordarse que el lenguaje anglosajón es el más simple, el más perfecta y simplemente simbólico que el mundo ha visto jamás; y que gracias a él el anglosajón guarda su vitalidad y energía para la conquista en lugar de desperdiciarlas en la Juggernaut de un mecanismo engorroso para la comunicación del pensamiento" (1895)

-"El salvaje está extremadamente cerca de las especies subhumanas en todos los aspectos de su mentalidad, tanto como en sus hábitos corporales y en su estructura corporal" (1901).

Desde el punto de vista de la ciencia social, la lucha frente al etnocentrismo (llamada relativismo cultural y que nosotros preferimos denominar relativismo metodológico) supuso una conquista importante. Sólo asumiendo la dignidad de las culturas "salvajes" se ha podido descubrir la tremenda riqueza expresiva de lenguas supuestamente "bárbaras" que se creían alaridos primarios; sólo tomando en serio las culturas como sistemas de conocimiento se han advertido complejísimas taxonomías (de hecho, más complejas que las de la Biología standart en lo que refiere a la fauna y flora local) o métodos de orientación de asombrosa precisión como los que utilizan los polinesios para recorrer larguísimas distancias en canoa. Sólo aproximándose al estudio de la conducta en su contexto socio-cultural, al margen de prejuicios puede verdaderamente uno acercarse a la comprensión del comportamiento humano.

Al margen de la ciencia, desde el punto de vista político, el revulsivo fue también en general "positivo"; ni que decir tiene que el progresivo reconocimiento de la dignidad de las "culturas" que podríamos llamar simplificadamente "no-occidentales" cumplió un importante papel instrumental en el reconocimiento de la dignidad de las personas adscritas a estas "culturas". Dado que iban encajando con las circunstancias estructurales del momento, las ideas "multiculturales" -reconocimiento de la "igualdad" de las distintas "culturas"- no quedaron como cosas de antropólogos, sino que han ido teniendo un cierto éxito social (lo que ha derivado inevitablemente hacia una cierta vulgarización). En el melting pot estadounidense, el "multiculturalismo" sirvió de necesario contrapunto dialéctico frente a la doctrina o la práctica -muy querida, pero en cierto modo imposible- de la "asimilación" en lo que refería a la integración de los inmigrantes (y el propio Boas lo era). Seguramente también las ideas "multiculturales" sirvieron de fundamento ideológico para gestionar los procesos de descolonización del llamado "Tercer Mundo". Por último, pudieron suponer algún tipo de asidero ante el horror que conmovió el mundo tras la II Guerra Mundial, al contemplar las consecuencias más extremas de los discursos racistas.

Ahora bien, el hecho de que el multiculturalismo fuera en su momento una doctrina útil, así como la constatación de que todos aquellos que propugnamos la dignidad de los que son diferentes somos en alguna medida tributarios de estas ideas, no debe distraernos de los dos pecados "originales" que tendencialmente presentan los planteamientos multiculturales: el esencialismo cultural y la apariencia del punto de vista neutro. Esto lo veremos poco a poco en próximas entradas.

domingo, octubre 08, 2006

FRONTERAS DE PAPEL

El mundo era más joven y estaba por hacer. Tendría unos 17 años cuando compuse mi primera canción "de verdad" (y acaso la más lograda). Así pues, hablamos de principios de los años 90, cuando la prensa no hablaba de migraciones un día sí y otro también, los extranjeros eran escasos fuera de las grandes ciudades y los españoles gastábamos un fácil discurso antirracista desde la lejanía. A mí, sin embargo, el tema me quemaba el alma, por razones desconocidas. Sólo había experimentado la sensación de sentirme extranjero por un breve período (y además, en general, feliz) y sin embargo me asaltaba un chispazo especial de empatía cada vez que se hablaba de los "inmigrantes". Esta canción es en parte el fruto, en parte la raíz de esta empatía.

Su música me sigue gustando mucho, aunque se salga mucho de mi estilo habitual, más bluesero y menos jeviorro. Se trata de un rock fuertecito, pero no demasiado, que termina con una cosa instrumental extraña, con la que intentaba emular melodías arabescas sin haberlas escuchado en mi vida. También me gustan mucho los arreglos concretos que utilizamos en esta grabación, efectuada más tarde (en 1999) por el psicoanalítico grupo "Qué diría Freud": yo me dedico a cantar y a tocar la guitarra principal, el Pelu a las guitarras de fondo, Santi al bajo, Juan a la batería. Con las prisas, tuvimos que permitir la supervivencia de unos imperdonables fallos de tiempo que hoy me provocan una especie de nostalgia vergonzosa.

La letra -directa y concisa- está totalmente exenta de valor poético. Hoy me parece un poco ingenua. Ciertamente, he leído, estudiado y aprendido algunas cosas sobre migraciones y sobre discriminación desde aquellos días primigenios, de manera que hoy el análisis me puede parecer más bien simple (por ejemplo, en la exageración del papel del color de la piel, que hoy para mí no es más que una pista que desata la categoría social). Pero de todas maneras, las canciones no están para hacer análisis racionales (para eso hay otros vehículos), sino para construir mitos, despertar emociones, dialogar con las raíces profundas de la realidad. Sucede sin embargo que cuando hice esta canción no había conocido ningún inmigrante real y escribía desde la torre de marfil de la imaginación. Años después, muchos de estos extranjeros han pasado por delante de mi vida, algunos ocasionalmente, otros como amigos de verdad. Me han contado sus historias, sus miedos, sus preocupaciones, sus sueños y el rastro de su presencia se me ha quedado pegado a la piel, haciéndonos formar parte de un mismo solidum humano. El extranjero de la canción me parece idealizado, lejano, heroico. El que percibo ahora tiene debilidades, por eso es una persona, digna de verdadero afecto humano más que de diatribas abstractas.

A pesar de esta inocencia, decía antes que esta canción no es sólo fruto, sino también raíz de mi empatía. Porque ahora, sinceramente, tengo la sensación de que si he leído, estudiado y aprendido algunas cosas sobre el tema, si me he acercado al fuego para que los Otros me cuenten sus historias, ha sido siempre persiguiendo las notas y las palabras de "Fronteras de papel", siguiendo el transcurrir implacable de una melodía y de unos gritos un poco rabiosos. Con toda su mediocridad y su torpeza tengo la impresión de que, viajando por el mundo de las Ideas para rescatar esta canción de la nada, atisbé y palpé por casualidad -y sin mérito- uno de los cimientos de la vida. Que no haya sido capaz de expresarlo para que otros hagan el viaje, es otra cosa. Por si hubiera problemas de última hora, la canción también está aquí.



miércoles, octubre 04, 2006

NO SE INTEGRAN... (V) EL AUCTÓCTONO IMAGINARIO

El segundo "tropo" del que quería hablar no se ve tan claro en el discurso de Hernando de Talavera, ni es tan significativo en él, pero no está ausente. Cuando el clérigo invitaba a los ex-musulmanes granadinos a parecerse en todo a los cristianos (en el hablar, en el vestir, en el cocinar en el andar...) estaba construyendo un cristiano imaginario, suponiendo erróneamente que todos los cristianos del mundo -o al menos los castellanos- hablaban, vestían, andaban y cocinaban de la misma manera. Hoy los europeos vivimos en sociedades mucho más plurales y heterogéneas y donde, de hecho, la "integración" de los auctóctonos a veces deja mucho que desear, como comentaba Francisco en otra entrada. Nuestros sueños imposibles de homogeneidad, o al menos nuestras aspiraciones de integración, paz social, convivencia, etc. las proyectamos sobre un español (por ejemplo) imaginario, un hombre de paja, un tronco vestido de nuestros anhelos de unidad que creemos maltrechos por la "invasión". Un español "ideal", más papista que el Papa que no se parece demasiado a nosotros y que ponemos de modelo de integración para los Otros.
Así, por ejemplo, de vez en cuando alguien propone que los extranjeros residentes en Cataluña, para estar integrados tienen que hablar catalán. Está claro que tal capacidad es algo muy bueno y útil en un territorio donde esta lengua se habla a menudo, muchas veces como lengua principal, y con reconocimiento institucional. Pero cifrar la integración de los extranjeros en el dominio del catalán es una cosa muy distinta, ya que, como todo el mundo sabe, aún hay muchos españoles residentes en esta comunidad que no lo manejan bien.
¿A quién tienen que parecerse los extranjeros? ¿Al español típico? ¿Y cómo es el español típico? Lo mismo si nos examinan a los nacionales, más de uno y más de dos acabamos de apátridas. En realidad, el mismo argumento puede aplicarse a casi todos los requerimientos. Incluso una exigencia tan razonable como "el cumplimiento de la ley" parece una justificación muy débil si se basa en la integración a la "españolidad". Cierto es que en las sociedades plurales y heterogéneas como la nuestra, la ley se usa como una especie de "mínimo común múltiplo" moral; pero también es cierto que, en la práctica, el respeto a grandes sectores de la ley (justificado o no, ahí no entramos) deja mucho que desear. ¿Tienen que adaptarse los europeos del este a la informalidad típicamente mediterránea, para ser como nosotros (si tales estereotipos tienen sentido)? ¿Serán unos inadaptados los extranjeros que consuman drogas ilegales en un país donde el consumo de cocaína parece alcanzar records mundiales? ¿Se integran en la sociedad los vendedores del top-manta, que hacen su agosto con los compradores españoles que no disponen del e-mule? ¿Se integran los que trabajan ilegalmente al servicio de empresarios españoles que ilegalmente los contratan?
Mucho cuidado. El camino que estábamos recorriendo no parecía concedernos demasiadas oportunidades de escapar y ahora todos estos argumentos parecen sofismas para arrastraros a un callejón sin salida y robaros la cartera. No es mi intención dejar el problema sin resolver y sucumbir al vacío de los nihilistas, tan irresponsables como los catastrofistas. Tampoco pretendo olvidar el tema de la integración ni que toda la reflexión anterior sea inútil (o no la habría hecho). Pero sí que creo que en este punto es necesario un replanteamiento, para tratar el tema sin idealizaciones de la inescrutable esencia patria.
Así pues, en primer lugar, creo que la integración no sólo es bilateral, sino que además es un proceso global, que afecta a la sociedad en su conjunto. Procurar la integración social en sentido amplio para evitar la fractura y proporcionar un cierto equilibrio es conveniente y necesario. Pero todos a la vez, no basta con proyectar el sueño de la integración sobre un "tronco vestido" de español integrado que no conoce ni su madre. Eso sí, habrá que estar atentos a las peculiaridades de los problemas de integración de los extranjeros en la medida en la que -contemplados sin prejuicios- resulten de tal singularidad que exijan acciones específicas y diferenciadas. Tenemos que integrarlos, tienen que integrarse, tenemos que integrarnos. La igualdad, cuando sea posible, se convierte entonces en una premisa de la integración (por ejemplo, se exigirá a los extranjeros que cumplan la ley en las mismas condiciones que a los españoles); la prohibición de discriminación, un mínimo para funcionar, como veremos.
En segundo lugar, cuando hablemos específicamente de los aspectos "socioculturales" de la integración, a lo que -en suma- nos estaremos refiriendo es a problemas de convivencia intercultural. Problemas que, por cierto, no se refieren sólo a los extranjeros y que aprenderemos a gestionar mejor cuando nos quitemos la venda de los ojos que los medios de comunicación nos han puesto sin querer. ¿Otro eslogan barato sin contenido? ¿Un producto nuevo ante la crisis del concepto de multiculturalismo? Bueno, para llegar a esa palabra nos harán falta algunas entradas más.
De momento, si los duendes lo permiten, cambiaré el tercio del blog en la próxima y me pondré a cantar un poco...

jueves, septiembre 28, 2006

NO SE INTEGRAN... (IV) TROPOS DE LA INTEGRACIÓN

Aunque hayamos aceptado jugar al "juego de la integración", y por tanto nos propongamos examinar qué es lo que consideramos irrenunciable y qué lo tolerable, el sueño de una asimilación imposible puede todavía deslizarse inconscientemente, haciéndonos actuar irracionalmente en perjuicio de nuestros objetivos. Los mecanismos que utilizamos para ello se parecen a los "tropos" literarios: juegan con las palabras, los significados, y las relaciones simbólicas que pueden establecerse entre las cosas.
Para ilustrar esto voy a utilizar un ejemplo, donde aparecen dos de estos mecanismos (el segundo lo dejamos para la próxima entrada).
Hernando de Talavera, el primer arzobispo de la Granada reconquistada tenía como objetivo –como es comprensible- la conversión de los musulmanes granadinos al cristianismo. Parece ser que destacó por lo que hoy llamaríamos “talante”, al desplegar una estrategia más bien “suave” y oponerse a la coacción en las conversiones, en comparación con los métodos más duros de su sucesor, Cisneros.

A pesar de estas buenas intenciones, en las admoniciones que hace a los conversos, los conmina a adecuarse en todo a los cristianos "en vestir y calzar y comer y en mesas y en viandas guisadas como comúnmente las guisan, y en vuestro andar y en vuestro dar y tomar, y, más que mucho, en vuestro hablar, olvidando cuanto pudiéredes la lengua arábiga y haciéndola olvidar y que nunca se hable en vuestras casas." Es decir: para ser cristianos, tenían que dejar de ser ellos mismos para siempre y parecerse en todo a los castellanos; resultado que, aunque hubieran anhelado, nunca habrían podido conseguir. Su política bienintencionada estaba condenada al fracaso. Sería un exceso por mi parte atribuir a esto -sin pruebas- lo que sucedió después pero, desde un punto de vista narrativo, el cuento continúa de manera apropiada para que yo inserte mi moraleja. Su política realmente fracasó: lo sustituyó Cisneros, con una línea mucho más dura y provocadora, lo que seguramente contribuyó a las revueltas de una población que seguramente nunca llegó a integrarse de manera funcional.
Hoy en día, en una Europa laica, con libertad de culto y las religiones más variopintas, no podemos pretender que la integración de los extranjeros se cifre en la conversión a una religión concreta. Pero con el ejemplo quiero mostrar como don Hernando pedía una cosa distinta de lo que quería, poniendo seguramente dificultades añadidas a todo el proceso: su objetivo era la conversión, pero lo que solicitaba era la transformación de una serie de cosas que no tienen nada que ver con la fe pero que, de alguna manera, la simbolizaban. Se trata de un tropo, una especie de metáfora. Hoy en día nos puede pasar lo mismo; incluso nos puede pasar justo al contrario: utilizamos la religión (pero también, como antaño, la vestimenta, el acento, la gastronomía, etc.) para simbolizar una serie de cosas que no necesariamente tienen que ver, que no siempre definimos o verbalizamos y que son las que realmente nos interesan. Determinar claramente qué es lo que consideramos irrenunciable en esta negociación bilateral de la integración mutua y no referirnos a ello con metáforas que complican aún más lo que ya es un trabajo duro nos ahorrará tiempo, sufrimientos, esfuerzos y disgustos.

viernes, septiembre 22, 2006

NO SE INTEGRAN... (III) NI SE ASIMILAN

El razonamiento anterior nos puede volver otra vez al punto de partida: la asimilación. Si es un hecho que los migrantes ya están aquí , que la cosa va a continuar así y al mismo tiempo no queremos continuar lamentándonos o evadiéndonos, nuestro impulso xenófobo nos llevará a reconocer lo que otros hacen con menos vericuetos: "lo que quiero es que se asimilen, que se asimilen completamente, si quieren venir, que sean españoles, coño". Ya anunciaba antes que esta solución no me parece éticamente correcta, pero que además es contraria al sentido común porque, de hecho, es imposible. Reconocerlo desde el principio nos ahorrará desandar el camino luego.
Cuando se hacen falsas distinciones entre raza y cultura, se piensa en los aspectos morfológicos como una realidad inmutable, mientras que los aspectos culturales son una especie de "contenido del disco duro", que uno puede formatear sin problemas. En realidad esto no es así; nadie puede hacer tabula rasa y renunciar completamente a lo que es y a lo que ha sido; ni siquiera los conversos y los apóstatas más radicales pueden negar su pasado, su historia personal y como les ha influido, aunque tengan una visión negativa de ella. El lenguaje es uno de los aspectos de la cultura donde se aprecia más gráficamente como ésta se "adhiere al cuerpo"; nuestras lenguas, nuestros labios, están impregnados de la lengua "materna", cuya música danzan espontáneamente. Con esfuerzo puede aprenderse otro lenguaje, pero difícilmente al nivel, con la espontaneidad y con la autenticidad con la que se habla la lengua nativa, que de todas maneras apenas se olvida (y desde luego, no por un mero acto de voluntad); nuestro acento, nuestro andar, nuestros movimientos, una cierta inseguridad que perdura, los detalles más nimios o repentinas incomprensiones culturales repentinas delatarán nuestra extranjería aunque nos cambiemos la ropa. La primera generación de migrantes nunca se asimila; sólo procura adaptarse lo mejor posible.
La segunda y tercera generaciones pueden aparentar más fácilmente que se ha asimilado, dependiendo de las estrategias de adaptación de sus padres y del marco estructural en el que se desenvolvieran (no, desde luego si vivieron en guettos). Pero difícilmente se asimilan completamente; indudablemente, sus padres influyen en ellos y les transmiten cultura. Contrariamente a lo que se cree, las "culturas" no son compartimentos estancos, cosas cerradas que se tienen o no se tienen, la cosa es bastante más complicada. Aunque pueden rebelarse contra su cultura, siempre queda ahí por debajo y aparece cuanto menos se la espera. Aunque no llegaran a sentirse extranjeros y hubieran tenido un amplio espacio de interacción con auctóctonos, es probable que siguieran siendo percibidos como extraños: sus rasgos físicos, su nombre o apellido, sus padres, su historia, continuarían delatándolos y desatando procesos de categorización, discriminación y marginación. La frustración resultante, cuando se terminan dando cuenta de que no pertenecen a ningún sitio puede hacerlos abrazar versiones idealizadas e irreales de su cultura de origen, plenamente inadaptadas a su situación real; o simplemente, hacerlos sucumbir en el nihilismo y la anomia cultural. Incluso la posible represión de su identidad de origen por ellos o sus padres para conseguir la anhelada asimilación puede hacer más doloroso el proceso y más acentuada la anomia (las pautas que ordenaban su comportamiento en los países de origen ya no sirven, las del nuevo tampoco, no hay leyes no hay estructuras, no hay nada). La segunda y tercera generación pueden esconderse, pero en realidad no pueden asimilarse. De hecho, no pueden integrarse sin aceptarse a ellos mismos y a su historia, sin preguntarse conscientemente por su identidad... Y mientras tanto, seguirán llegando primeras generaciones.
La asimilación completa es una utopía xenófoba que no puede llevarse a la práctica. Andar por ahí nos obligará a retroceder (quizás abruptamente) más adelante.
Se ha cerrado la última vía de escape. Si buscamos solucionar nuestros problemas con la migración y no evadirnos de ellos en sueños vanos, vamos a tener que negociar la cultura. Vamos a tener qué reflexionar cada uno en qué cosas la asimilación es imprescindible e innegociable y qué otras cosas, por tanto, podemos tolerar. La tolerancia de lo que no nos gusta no es la meta de llegada, sino el principio de nuestra propia integración social con los extranjeros. Pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión.

lunes, septiembre 18, 2006

NO SE INTEGRAN... (II) (PERO ESTÁN AHÍ)


Si alguien quedó convencido por mi argumento anterior quizás esté en condiciones de reconocer que los "auctóctonos" tenemos (también) un problema de integración con los extranjeros; "No me quiero integrar con ellos, porque no quiero que se integren conmigo". Si hemos llegado aquí, al menos nos hemos sacudido la hipocresía que a veces nos distorsiona la percepción; pero si nos detenemos aquí, entonces nos quedamos en la posición de los racistas explícitos. Esta postura me parece, desde luego, éticamente reprobable. Pero es que además, no es una posición razonable. La cuestión clave es que ya están aquí.

Muchos de los "inmigrantes" de los que hablamos son ya de nacionalidad española, ciudadanos de la Unión Europea o familiares directos de éstos o aquellos; muchos otros residen legalmente en Europa, con diferentes estatutos; otros muchos residen irregularmente en nuestros países, formando parte de nuestra sociedad -y sabemos que es poco factible expulsarlos físicamente a todos, aunque quisiéramos-; y, desde luego, vendrán más. El progreso de los transportes y comunicaciones, las desigualdades internacionales, determinados mecanismos a nivel micro en el seno de redes sociales y familiares, el "efecto llamada" de los mercados de trabajo europeos y otros factores estructurales coadyuvan a que los procesos migratorios (de los países pobres a los ricos, pero también, y seguramente en mayor cantidad, entre países pobres) continúen siendo muy significativos. Para bien y para mal (porque el camino no estará exento de problemas), la pluralidad étnica va a ser una característica cada vez más importante de las sociedades futuras. Tratar de revertir completamente el proceso es un empeño similar al de los ludistas que se oponían a la Revolución Industrial o al de los "antiglobalizadores" más ingenuos; efectivamente, podemos intentar influir en la realidad, pero no podemos hacer que este mundo tan complejo sea un solipsismo configurado por nuestra voluntad.

Ciertamente, aunque los cauces formales de regulación de las migraciones no funcionan bien, la mayoría de los migrantes no vienen en cayucos, sino como turistas. Pero, por otra parte, cerrar completamente las vías oficiales y no oficiales para la entrada legal seguramente sólo conseguiría amplificar estas formas más peligrosas y mortíferas de migración (al menos desde África y Asia) hasta convertirlas en la terrible normalidad. El ejemplo de la lucha contra el tráfico de droga nos ilustra de las dificultades que implica el combate contra el tráfico de seres humanos, aunque las diferencias entre ambos supuestos sean muy graves ¿desembarca droga en nuestras playas? Desde otro punto de vista, la ayuda a los países pobres es una cuestión de justicia, sobre todo si es eficaz (y la liberalización de los mercados internacionales parece más eficaz que la simple donación, por más que esta pueda ser muy oportuna en muchos casos), y además puede contribuir a normalizar los flujos migratorios a medio plazo, pero, desde luego, no los va a detener, al menos de momento. Mucha ayuda tendría que recibir África para ponerse en los niveles de desarrollo de Latinoamérica, que como sabemos envía en la actualidad muchos emigrantes. Los Otros ya viven aquí, con nosotros, y van a venir más, de manera más o menos controlada.
Es por esto que los xenófobos se muestran incapaces de aportar soluciones, siquiera parciales e imperfectas; aunque sus miedos fueran ciertos, no podríamos hacer nada contra ellos, tal es el carácter absoluto de su rechazo. En el mejor de los casos, caen en un fatalismo inactivo, como el de un milenarista que se prepara para el final de los tiempos; no hay nada que hacer, el viejo mundo se va a pique y sólo nos queda pegar la pataleta y esperar la explosión final. En el peor de los casos construyen un mundo de odio y discriminación que, cada vez más, tenderá estallar violentamente por todos lados: la victimización alimienta el victimismo y viceversa. El choque de civilizaciones es un mito, pero los mitos pueden recrearse con la conducta humana y las profecías pueden desatar su propio cumplimiento. De esta manera, tu forma de reaccionar ante tus propios miedos puede terminar por hacerlos más reales (o como mínimo, no los reduce).
Queramos o no, estos "tiempos interesantes" nos arrastran a jugar al juego de la integración. Un juego que nos da miedo porque tenemos la sensación de que después de jugar podemos ya no volver a ser los mismos. Seguiremos buceando en sus reglas.

martes, septiembre 12, 2006

NO SE INTEGRAN... (I) (NO ME INTEGRO)

"No se integran..." Escucho esta frase a menudo, casi siempre referida a los extranjeros que se suponen de religión musulmana (que son los "malos" estrella), aunque luego cada uno añade la lista de sus prejuicios particulares (latinoamericanos, europeos del este, alguna nacionalidad en concreto de entre ellos o todos los extranjeros en general). Frecuentemente, las personas que dicen esto no han conocido jamás a nadie de entre sus víctimas, o sólo lo han hecho superficialmente, a través de la máscara del prejuicio.

El sentido necesariamente bilateral de la "integración" nos da la pista de que nuestro "No se integran..." es una máscara para ocultar otra frase que nos resulta menos cómoda "No me integro...", es decir "No quiero que se integren..." La integración supone que dos cosas distintas pasan a conformar una unidad, y por tanto las distintas partes se influyen mutuamente: cuando la sal se integra en la sopa, ésta se vuelve salada. ¿Queremos nosotros volvernos "salados"? ¿"Queremos contaminarnos", como dice la canción? Para no reconocer que no, evadimos la cuestión. Los racistas explícitos al menos reconocen el problema, aunque luego no hacen nada para resolverlo.

Si nos quitan esta máscara, tenemos otra debajo. "Son ellos los que tienen que adaptarse". Cuando queremos autoconfundirnos, a menudo "echamos balones fuera" invocando genéricas obligaciones morales; en la vida es necesario hacer valoraciones morales, pero a menudo nuestro exceso de moralina sirve para sedarnos y evadirnos de la realidad. Digo yo que para determinar seriamente una obligación ética es preciso identificar a una persona individual (no un grupo vago y ambiguo), concretar su contenido (no bastando una cosa indefinida) y especificar un contexto. Esa maniobra disuasoria-dado que nos impide actuar- nos resta posibilidades para desarrollar nuestras estrategias en pro de nuestros objetivos; "no se integran..." no lleva a ninguna parte; si me molesta que "no se integren" ¿qué puedo hacer yo desde mis posibilidades, aunque sean limitadas para que mi molestia sea menor? ¿O me tengo que resignar al fatalismo y la inmovilidad sufriente?

No obstante lo anterior, si le quitamos toda la moralina a la frase "son ellos los que tienen que adaptarse", tenemos una descripción bastante aproximada de la realidad. Más allá del mito de la invasión, es evidente que las minorías que se encuentran en una posición de inferioridad en las relaciones de poder son las que, finalmente, van a hacer el mayor esfuerzo de adaptación. Y de hecho lo hacen; no porque sea su "obligación", sino simplemente porque la inteligencia humana opera como un mecanismo de adaptación al entorno; es una cuestión de supervivencia. Ahora bien, las estrategias concretas de adaptación van a depender en gran medida de la estructura de posibilidades que haya generado la sociedad de acogida. De hecho, formar espontáneamente guettos es precisamente una estrategia de adaptación al entorno (y hay situaciones que la favorecen en mayor medida que otras) e incluso, en cierto modo, constituye una forma de "integración" en una sociedad menos homogénea de lo que concebían nuestras idealizaciones.

Si conseguimos derrumbar nuestras máscaras y nos preocupamos por lo que podemos hacer nosotros, aparecen dos preguntas sucesivas, pero fuertemente relacionadas: en primer lugar ¿a qué quiero que se integren? (o, dándole la vuelta, ¿en qué cosas les voy a permitir que sean diferentes de mí y en qué cosas no?); en segundo lugar ¿a qué me voy a integrar yo respecto de ellos? La primera pregunta nos lleva a determinar reflexivamente nuestro nivel de "tolerancia", que consiste en soportar aquello que rechazamos para evitar un mal mayor; la segunda pregunta, partiendo de esta tolerancia, nos lleva más allá de ella hacia la "aceptación", la solidaridad y la verdadera interculturalidad. No sé si así parecen eslóganes vacíos, pero ya nos dedicaremos a intentar irlos rellenando de contenido...