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martes, septiembre 12, 2006

NO SE INTEGRAN... (I) (NO ME INTEGRO)

"No se integran..." Escucho esta frase a menudo, casi siempre referida a los extranjeros que se suponen de religión musulmana (que son los "malos" estrella), aunque luego cada uno añade la lista de sus prejuicios particulares (latinoamericanos, europeos del este, alguna nacionalidad en concreto de entre ellos o todos los extranjeros en general). Frecuentemente, las personas que dicen esto no han conocido jamás a nadie de entre sus víctimas, o sólo lo han hecho superficialmente, a través de la máscara del prejuicio.

El sentido necesariamente bilateral de la "integración" nos da la pista de que nuestro "No se integran..." es una máscara para ocultar otra frase que nos resulta menos cómoda "No me integro...", es decir "No quiero que se integren..." La integración supone que dos cosas distintas pasan a conformar una unidad, y por tanto las distintas partes se influyen mutuamente: cuando la sal se integra en la sopa, ésta se vuelve salada. ¿Queremos nosotros volvernos "salados"? ¿"Queremos contaminarnos", como dice la canción? Para no reconocer que no, evadimos la cuestión. Los racistas explícitos al menos reconocen el problema, aunque luego no hacen nada para resolverlo.

Si nos quitan esta máscara, tenemos otra debajo. "Son ellos los que tienen que adaptarse". Cuando queremos autoconfundirnos, a menudo "echamos balones fuera" invocando genéricas obligaciones morales; en la vida es necesario hacer valoraciones morales, pero a menudo nuestro exceso de moralina sirve para sedarnos y evadirnos de la realidad. Digo yo que para determinar seriamente una obligación ética es preciso identificar a una persona individual (no un grupo vago y ambiguo), concretar su contenido (no bastando una cosa indefinida) y especificar un contexto. Esa maniobra disuasoria-dado que nos impide actuar- nos resta posibilidades para desarrollar nuestras estrategias en pro de nuestros objetivos; "no se integran..." no lleva a ninguna parte; si me molesta que "no se integren" ¿qué puedo hacer yo desde mis posibilidades, aunque sean limitadas para que mi molestia sea menor? ¿O me tengo que resignar al fatalismo y la inmovilidad sufriente?

No obstante lo anterior, si le quitamos toda la moralina a la frase "son ellos los que tienen que adaptarse", tenemos una descripción bastante aproximada de la realidad. Más allá del mito de la invasión, es evidente que las minorías que se encuentran en una posición de inferioridad en las relaciones de poder son las que, finalmente, van a hacer el mayor esfuerzo de adaptación. Y de hecho lo hacen; no porque sea su "obligación", sino simplemente porque la inteligencia humana opera como un mecanismo de adaptación al entorno; es una cuestión de supervivencia. Ahora bien, las estrategias concretas de adaptación van a depender en gran medida de la estructura de posibilidades que haya generado la sociedad de acogida. De hecho, formar espontáneamente guettos es precisamente una estrategia de adaptación al entorno (y hay situaciones que la favorecen en mayor medida que otras) e incluso, en cierto modo, constituye una forma de "integración" en una sociedad menos homogénea de lo que concebían nuestras idealizaciones.

Si conseguimos derrumbar nuestras máscaras y nos preocupamos por lo que podemos hacer nosotros, aparecen dos preguntas sucesivas, pero fuertemente relacionadas: en primer lugar ¿a qué quiero que se integren? (o, dándole la vuelta, ¿en qué cosas les voy a permitir que sean diferentes de mí y en qué cosas no?); en segundo lugar ¿a qué me voy a integrar yo respecto de ellos? La primera pregunta nos lleva a determinar reflexivamente nuestro nivel de "tolerancia", que consiste en soportar aquello que rechazamos para evitar un mal mayor; la segunda pregunta, partiendo de esta tolerancia, nos lleva más allá de ella hacia la "aceptación", la solidaridad y la verdadera interculturalidad. No sé si así parecen eslóganes vacíos, pero ya nos dedicaremos a intentar irlos rellenando de contenido...

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