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martes, agosto 22, 2006

EL RELATIVISMO ES RELATIVO

"No hay ninguna Verdad Absoluta, y esto es absolutamente cierto".- LES LUTHIERS

Cuando se habla de migraciones y de interculturalidad termina por aparecer en el debate, implícita o explícitamente, la sombra del "relativismo cultural"; ahora bien, el "relativismo" es habitualmente una de esas palabras comodín: full of sound and fury, signifying nothing, de sentido confuso y cambiante según el interés del momento. Hay muchos tipos de relativismos, pero nosotros vamos a simplificar la cuestión reduciéndo su número a dos, que llamaremos relativismo moral y relativismo metodológico.
El relativismo moral, en su versión "débil" consiste en la creencia de que los valores morales humanos: el "Bien", la "Justicia", etc. no tienen existencia objetiva y no están inscritos en la realidad, o bien, aunque estuvieran inscritos en la realidad no hay manera de saber cuáles son. Aunque esta parece una idea razonable (si bien no la única posible), puede resultar perjudicial en su versión "fuerte", en la que, cayendo en la "falacia lógica del naturalismo", este juicio de hecho se transforma en juicio de valor y se pretende rechazar la relevancia vital o el sentido de todos los principios y valores éticos. Aquí hay un problema lógico evidente: el rechazo de los principios se convierte en un juicio de valor y por lo tanto, debería también relativizarse. El problema de fondo es que nuestro "relativista de salón" puede caer en una especie de "esquizofrenia" o "hipocresía", al negar su propia experiencia de valoración de la realidad; es decir, como todos los seres humanos sigue operando conforme a sus propias nociones de lo que está bien o mal o regular, pero lo niega, quedando incapacitado para reflexionar sobre su conducta o para cuestionarse sus propios principios (sólo se cuestiona los de los demás). En último término, la convivencia intercultural, la tolerancia o el pluralismo democrático no pueden sustentarse sobre un relativismo moral fuerte, puesto que en realidad, se basan en percepciones y valoraciones de la realidad concretas y determinadas, es decir, en una ética o moral posible.
El relativismo metodológico -utilizado profusamente por los antropólogos sociales- no es un juicio de hecho o de valor sobre la realidad (aunque se puede sustentar en ellos), sino más bien una herramienta para obtener conocimiento. Partiendo de la base de que los seres humanos orientan su percepción de la realidad y su experiencia desde sus patrones socioculturales y que estos patrones varían, es posible que personas distintas tengan principios, percepciones o valoraciones diferentes. Cuando estos principios presentan una cierta repetición en grupos humanos, no pueden atribuirse a diferencias individuales -y difícilmente a diferencias genéticas compartidas no pasadas por la batidora de la sociedad como proponía la ciencia racista-, sino más bien a las divergencias en las pautas socioculturales (cualquiera que sea su origen); en palabras de Marx, "No es la conciencia de las personas la que determina su existencia sino su existencia social la que determina su conciencia". Simplificando, si uno hubiera nacido en Afganistán, tendría muchas posibilidades de ser musulmán. Como consecuencia de ello, para poder comprender o explicar el comportamiento de las personas es preciso desprenderse en gran medida de los prejuicios derivados del etnocentrismo que generan todos los sistemas de pautas socioculturales (y tienden a ver como carente de sentido todo lo que no encaje en sus modelos) y adentrarse en las razones contextuales y en la lógica propia que determinan o influyen en la conducta de los Otros (pues de los contrario su comportamiento parecerá simplemente irracional, inexplicable o incomprensible). Aunque alguna gente lo confunde, explicar la conducta de los sujetos no implica necesariamente justificarlos moralmente. Esta técnica la utilizan las ciencias sociales, dado que su función es obtener conocimiento, pero como el conocimiento también es relevante para la vida cotidiana, el ciudadano "de a pie" puede aplicarse también una cierta dosis de relativismo metodológico.
Ciertamente, la práctica del relativismo metodológico puede llevar al cuestionamiento de los propios principios, en la medida en que uno se aplique el análisis a sí mismo y llegue a la conclusión de que no cree en sus propios valores porque sean verdaderos, sino porque también uno es fruto de su contexto. Difícilmente un relativista metodológico puede ser un fanático o tener una ABSOLUTA certeza de todo lo que piensa; pero no necesariamente tiene que tener la cabeza hueca de valores o una ética nihilista. En otro orden de cosas, la comprensión y el conocimiento obtenidos mediante esta herramienta cognitiva pueden incentivar la empatía respecto al Otro, que ya no es un artefacto metodológico, sino más bien una emoción, pero esto no sucede siempre.

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