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martes, mayo 06, 2008

LA IDENTIDAD: UNA VERDAD A MEDIAS (II): ASIMILACIONISMO MODERNO

En la entrada anterior hemos intentado razonar que la "identidad" se sustenta sobre tres ilusiones útiles o verdades a medias: la ilusión del yo separado del mundo (disociado de las relaciones sociales que nos unen a otras personas y del resto de la naturaleza), la ilusión del yo ahistórico (que mantiene la unidad a pesar de las distintas experiencias que atraviesa) y la ilusión del yo-etiquetado (equivalente a las categorías o grupos sociales con las que se "identifica"). También nos hemos preocupado de las contradicciones y los conflictos que implica la búsqueda de la identidad personal y social en estos tiempos interesantes. Pues bien, ya adelantábamos, que la integración de nuestras sociedades (no sólo "de los migrantes"), es decir, su transformación al hilo de sus contradicciones para superar las disfunciones que nos ha tocado vivir, pasa por tomar conciencia de que estas "verdades a medias", siendo relativamente útiles, no conforman toda la realidad. De hecho, los modelos tradicionales de "integración de los migrantes" están fuertemente influidos por estas tres ilusiones.

A primera vista, el soporte ideológico del modelo "asimilacionista" no es otro que el tradicional y atávico pánico a los extraños y extranjeros y esto no es del todo erróneo, pero puede ocultarnos algo bastante significativo: la xenofobia es tan vieja como el ser humano, pero el asimilacionismo tal y como lo conocemos, aunque tome retazos del pasado, es un modelo completamente "moderno", que tiene que ver con las formas más sofisticadas de alienación. Se parte de una concepción del "individuo" como átomo aislado, (un "yo" formalmente separado de sus relaciones sociales y de la naturaleza) que, en la ideología moderna se concibe hasta cierto punto como una entidad autónoma que interviene en el mercado tomando decisiones racionales y en el plano material, vende su fuerza de trabajo en ese mercado, disociándose personalmente de lo que hace. El juego completo es más complejo, pero el "primer" movimiento tiende a considerar a las personas como tabula rasa, materia prima despersonalizada, energía que hace funcionar la máquina y eso es lo que hay en el fondo del paradigma de la asimilación del "inmigrante" desde una perspectiva macroestructural. O, como señalaba Max Frisch en una frase recurrente que se refería, entre otros, a los españoles en Suiza, "Queríamos trabajadores y vinieron personas". El origen del modelo "asimilacionista" podría encontrarse seguramente en la ideología del melting pot estadounidense, que no insistía expresamente en los aspectos identitarios. Estados Unidos necesitaba en aquel momento millones de personas que hicieran funcionar la máquina y la olla en la que estos trabajadores fundieron pretendidamente sus identidades anteriores en un producto común fue el caldero del capitalismo. En la España actual creo apreciar un fenómeno similar, aunque mucho más velado: la conciencia de la necesidad de mano de obra inmigrante entra en contradicción con el anhelo visceral (y modelado de maneras más políticamente correctas) de que ésta sea sólo fuerza de trabajo abstracta. Este poso suele estar por debajo de nuestros discursos formales sobre el inmigrante malo/inmigrante bueno, aunque aprovechando otros materiales psicológicos.

Por supuesto, esta conversión del ser humano en capital humano nunca funciona del todo. Desde el punto de vista personal, cuanto más caemos en la ilusión del yo-aislado, más nos negamos a nosotros mismos y eso duele; desde el punto de vista social, la gente sigue siendo bastante más que el trabajo que vende. En este juego contradictorio, el "segundo" movimiento es el de la construcción de la "identidad nacional"; la nación, el "alma" imaginaria del Estado, configura una identidad común en torno a la estructura de poder del Estado, proporcionándole una cierta legitimación. En parte, este proceso supone una aniquilación de diversidad cultural preexistente, pero, por otra parte, esta aniquilación tampoco es nunca completa. No lo es en gran medida porque en realidad las personas no somos tabula rasa, no somos entidades ahistóricas donde se puede inscribir lo que se quiera; a veces, presa de esta ilusión del yo-ahistórico concebimos la cultura como una especie de software perfectamente intercambiable dentro de una materia supuestamente inmutable y determinada genéticamente que es el cuerpo. Lo cierto es que somos nuestro cuerpo y que en gran medida éste es un producto de su historia, de sus experiencias en un entorno social y natural que no está radicalmente separado de nosotros mismos. Nunca sabemos lo que "vamos a ser de mayores", no sabemos hasta qué punto terminaremos siendo otra persona, pero jamás podremos renunciar a lo que fuimos, a nuestra historia y a nuestra memoria o terminamos viviendo una vida que no es la nuestra. Esa es otra forma de alienación, de disociación de la propia identidad: vivir una vida que no es la nuestra. Cuenta la leyenda que en las colonias de la asimilacionista Francia, los escolares recitaban a menudo el verso "nuestros antepasados los Galos"; ¿importa en realidad quienes eran los "verdaderos antepasados" del recitador hace milenios? Cualquiera sabe si fueron realmente galos los ancestros del francés más francés. Lo que importa es que en la vida uno puede terminarse encontrando recitando un verso que contrasta con su propia experiencia, con su cuerpo, con sus vísceras, con su historia personal y social, con su familia, con sus tradiciones, con sus recuerdos. Separado, una vez más, de uno mismo. Esa es la trampa del "segundo" movimiento.

Pero esa no es la única razón por la que la que el proceso de configuración de la "identidad nacional" no aniquiló realmente la diversidad existente. En el "mundo de las ideas", la sociedad moderna se centra en individuos aislados, libres e iguales, pero en la práctica, "algunos son más libres e iguales que otros". No sólo sucede que muchas de las distinciones "étnicas" son también, como la nación, "tradiciones inventadas" en el marco del mundo moderno y que algunas de las "culturas" supuestamente aisladas que encontraron los antropólogos se habían formado en interacción con Europa (todo esto exige más argumentación en otra ocasión), sino que, además, como indica Wolf, "[...] es el proceso de movilización del trabajo dentro del capitalismo lo que comunica a estas distinciones sus valores efectivos". Y lo hace en dos sentidos diferentes: en primer lugar, jerarquiza a los trabajadores en todo tipo de categorías diversas, segmentando los mercados de trabajo y reproduciendo las diferencias (generando mayorías/minorías y distintos tipos de minorías), trabajando sobre material cultural preexistente; en segundo lugar, reorganiza a los migrantes, que trabajan también material cultural existente para articular redes sociales que funcionen como asideros en un mundo demasiado complicadol. A través de diversas formas de adaptación, todo el material socio-cultural previo se procesa, se moldea para reproducir, recrear, reconfigurar categorías sociales, grupos étnicos, identidades, separaciones abstractas entre las personas. Las etiquetas resultantes son la racionalización final de lo que la gente hace (no sólo de su papel en el mercado, sino de todo lo que hace en todos los mercados y fuera de ellos, de cuáles son sus interacciones efectivas con la naturaleza y la gente). Estas etiquetas a veces proporcionan a la gente determinadas estrategias de adaptación, pero al mismo tiempo también reproducen la diversidad de relación de poder entre grupos humanos, desde distintos ángulos (todo esto puede parecer muy "simplista", pero se entiende mejor cuando se analizan con todo detalle y complejidad supuestos concretos). Uno de estos ángulos fue advertido de manera muy temprana por K. Von Baer, un tipo que murió en 1876: "Baste imaginar la experiencia de todos los países y épocas de que cuando un pueblo tiene poderío sobre otro y se porta injustamente con él, no dejará de imaginárselo como malo e incapaz y repetirá con mucha frecuencia y en voz alta esta afirmación". Tiene mérito decir esto en el siglo XIX.

Es aquí donde aparece el tercer movimiento: el de la distinción étnica basada en las relaciones de poder desiguales. Por eso el "asimilacionismo", a pesar de su matriz individualista y de su énfasis secundario en una hipotética identidad nacional puede terminar creyendo en las "culturas" como si fueran entidades empíricas. El anhelo imposible de aniquilar la diferencia termina conviviendo en extraño matrimonio con la conciencia de la diferencia y de la superioridad de los más fuertes. Por un lado nos quejamos de que "no se asimilan" y por otro lado estamos encantados de que no lo hagan (de la misma manera que se prohibían los matrimonios mixtos en Sudáfrica o en los EEUU en la época de la segregación). Es entonces cuando se vocean las guerras entre culturas, las incompatibilidades entre culturas y los choques de civilizaciones. Es el momento de caer en la tercera ilusión, la del yo-etiquetado y proyectar las contradicciones de las relaciones de poder reales entre los grupos humanos hacia el mundo imaginario de las "culturas". Para poder hacer el camino de vuelta y proyectar el contenido de las etiquetas sobre las personas concretas que las llevan puestas, reforzando las relaciones de dominio y subordinación (las mayorías) o configurando un espacio de poder imaginario (las minorías). Porque por supuesto las minorías también son suceptibles de terminar creyendo en las "culturas", configurando etiquetas y planteando batallas épicas entre conceptos místicos, e incluso a veces se permiten soñar en asimilar al pez gordo (aunque quizás menos, porque la realidad es muy tozuda). Su espacio de poder imaginario a veces sirve como armadura pero a menudo no es más que una pantalla luminosa donde convertir en ficción deformada los problemas del mundo real.

Por supuesto, estos tres movimientos del mismo "asimilacionismo" son contradictorios entre sí. Pero es que son precisamente los pasos de una danza titubeante que refleja nuestras propias contradicciones personales y sociales. Porque, además, las migraciones no constituyen un fenómeno separado, desconectado de las sociedades en las que se ubican, sino que son más bien el espejo en el que nos sentamos a contemplar las contradicciones básicas de nuestro tiempo (otros tiempos y lugares tuvieron otras, siempre vivimos tiempos interesantes). Por supuesto, de estas tres ilusiones no se libra el modelo de integración supuestamente "opuesto" al de la asimilación, esto es, el llamado "multiculturalismo". Pero esta es otra historia y será contada en el siguiente post.

domingo, abril 13, 2008

LA IDENTIDAD: UNA VERDAD A MEDIAS (I)

En estos tiempos interesantes y en este mundo plural y diverso (lo que va mucho más allá de los procesos migratorios), parece que está de moda la cuestión de la "identidad", pero ¿qué demonios es eso? Ya estuvimos hace tiempo trabajando el tema. A ver si sacamos algo más.

En principio, podríamos decir que la "identidad" es algo así como la "autoconciencia", una experiencia humana universal o básica y también una ilusión útil, o al menos una verdad a medias: la creencia que tenemos cada uno de nosotros -ese fugaz puñado de células en continua interacción con el resto del mundo- de que somos una "entidad" (id-entidad) conceptualmente separada del resto de las cosas. Lo que haya de ser una "entidad" depende de la "escala" (no es lo mismo hablar de átomos que de agrupaciones de galaxias), pero inevitablemente nuestro punto de partida es cartesiano: nuestras escalas, nuestros conceptos y nuestra percepción de las cosas empiezan por la curiosa creencia que tenemos de que somos nosotros mismos. Ya nos pueden explicar los sabios de diversos lugares y épocas que el Ser es único, que no somos más que modalidades de la Sustancia o que el atman es igual que el Brahman y tendrán incluso razón, pero eso no impide que permanezcamos en el día a día aferrados esa ilusión útil, a esa verdad a medias, que es nuestra propia "identidad".

Al mismo tiempo, esta experiencia irrenunciable de la "identidad personal" encierra otra ilusión útil: la creencia de que somos "los mismos" a lo largo del tiempo, a pesar de que, naturalmente, no somos siempre exactamente el mismo puñado de células ni esas células son exactamente iguales; decía otro sabio antiguo que "somos y no somos los mismos". Esa creencia no nos impide ser conscientes de que en el fondo somos el producto de nuestra historia: de una historia que comienza mucho antes que nuestra memoria, que abarca combinaciones genéticas, mutaciones, condiciones ambientales y selecciones naturales de nosotros y de nuestros ancestros. Una historia que, una vez "existimos como entidad" se va "grabando" en nuestro cuerpo: azares, experiencias, transformaciones. Uno de los "lugares" privilegiados donde se va "grabando" nuestra historia es ese proceso cerebral que llamamos memoria, especialmente la memoria llamada "episódica" o "biográfica", la narración que nos hacemos a nosotros mismos de nuestra vida recreando -es decir, reinventando- los acontecimientos pasados (porque la memoria no es tanto un almacén como una planta de reciclaje). En la novela "La misteriosa llama de la reina Loana", el protagonista empieza el cuento sin memoria episódica; no sabe, por tanto, "quién es" y tiene que descubrirse de nuevo, reconstruir su id-entidad a partir de la reconstrucción de la memoria, del examen de su historia. En cualquier caso, cuando no asumimos o aceptamos esa historia nuestra tal y como es (en lo "bueno" y en lo "malo") y tal y como está grabada en la memoria, terminamos disociados de nuestra propia identidad, "alienados", ajenos a nosotros mismos. Reconciliarnos con nosotros mismos implica asumir nuestra historia; no necesariamente aceptarla acríticamente de cara al futuro, sino partir de la realidad y no de una persona imaginaria. Sea lo que sea lo que lleguemos a ser, tendremos que partir de lo que somos.

Pero todo esto de la identidad y la memoria no es un asunto meramente individual; porque no sólo nos percibimos a nosotros mismos como "individuos", seres "indivisibles" separados conceptualmente del resto del mundo, sino también como "personas" (las máscaras del teatro de la vida), "yo soy yo y mis circunstancias". Desde luego, no sólo se nos quedan pegados al cuerpo y a la memoria los acontecimientos, los lugares, los sonidos, los paisajes, sino también la gente: "Dicen que te conviertes/en quien has conocido/los rostros que has mirado/los labios que has besado/las voces que has oído", se me ocurre decir en una canción cutre. Aunque esta influencia de la gente tenga mucho de azaroso, de extraordinario, de especial, también podemos encontrar pautas estructurales en nuestras relaciones sociales. Pautas que también tienen su historia, una historia social y cultural que también precede a nuestra propia existencia; diría así Marx en el 18 Brumario: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado."

En gran medida, nuestra identidad social viene definida por nuestros "roles sociales", a menudo conectados a los procesos de producción y reproducción social. Si preguntamos a alguien ¿quién eres? tal vez nos diga su nombre, pero si le volvemos a preguntar, es fácil que empiece por su profesión; todavía hoy, muchas personas (especialmente mujeres de cierta edad que no se han integrado en el mercado de trabajo de manera permanente) empezarían la respuesta diciendo "yo tengo tres hijos..." Y aunque no sean predominantes, es obvio que nuestros roles profesionales y familiares definen en gran medida nuestra "identidad". La subordinación de nuestra identidad a nuestro rol en el mercado de trabajo puede resultar un poco triste, porque vivimos a menudo el mercado de trabajo como un mundo despersonalizado, separado de nuestro ser social, al vender como mercancía lo que hacemos, esto es, lo que somos. En todo caso, la alienación de la que hablaba el barbas de más arriba puede ir más allá: consiste en toda disociación de nuestra identidad: vivir la vida como si no fuera nuestra, como si fuera de otra gente. Como es un poco triste, buscamos desesperadamente identidades sociales que nos integren; si la vida moderna nos hace más "individuos", con más ahinco buscamos personas, caretas que nos definan. Ya hemos hablado otras veces de la "Teoría de la identidad social" de Tajfel y Turner, que parte de un enfoque socio-cognitivo: percibimos la realidad a través de estereotipos y también nos percibimos a nosotros mismos (y a los demás) por razón de una serie de "etiquetas".

En la sociedad moderna, nuestra ideología individualista encuentra algunas tensiones en estos procesos de configuración de la identidad social; en esas tensiones se mueven los jaleos de nuestras identidades, produciendo algunas disfunciones personales y sociales (en el peor de los casos acabamos como esquizoides del siglo XXI). Por una parte, tenemos tendencia a quedar reducidos a individuos, disociándonos de nuestras conexiones sociales e identidades previas, entidades separadas de su "ser social" que persiguen en el libre mercado una libertad dictada teóricamente por la indeterminación de su arbitrio; por otra parte, sabemos que esto no nos funciona y que nos arrastra a la alienacion, es decir, a vivir separados de nuestras vidas y buscamos desesperadamente nuevas "identidades sociales" donde podamos encontrarnos "a nosotros mismos" (esto es, buscamos nuestra imagen en el espejo del grupo social más o menos empírico o imaginario); en tercer lugar, como indicaban Berger y Luckhman, en las sociedades modernas y funcionalmente especializadas estamos tan acostumbrados a la diversidad de roles y a cambiar de rol social, que somos mucho más capaces de percibirnos de manera separada de nuestros roles: esto es, debe haber alguien debajo de la persona, más allá de la máscara, nos resistimos a quedar reducidos a etiquetas.

Todo esto tiene mucho que ver con la integración de la diversidad en nuestras sociedades. Diversidad que se hace visible con las migraciones masivas en España, pero que rebasa el fenómeno migratorio. Redefinición de las identidades "de género", dialéctica entre el nacionalismo central y los nacionalismos periféricos, minorías no vinculadas a la migración, redefinición de identidades religiosas, oposición ideológica entre las "dos Españas", etc. Creemos a veces que la "integración social" se refiere únicamente a los inmigrantes, que percibimos ilusoriamente como seres ajenos a nuestro mundo. Pero siempre insistimos en que la integración de la sociedad es un proceso más amplio, que abarca también a los que llegaron de otros países porque están ya incorporados al sistema. La integración sería así el proceso siempre inacabado por el que una sociedad se transforma al hilo de sus contradicciones para superar sus disfunciones (aunque inevitablemente se encontrará con nuevos retos). Las estrategias políticas, personales o grupales de integración que emprendamos deben asumir estas tensiones. De hecho, creo que para ello es muy importante asumir que esas tres ilusiones útiles o medias verdades (la ilusión del "yo-aislado", la ilusión del "yo-ahistórico" y la ilusión del "yo-etiquetado"), siendo inherentes a la naturaleza humana y muy útiles para funcionar en la vida cotidiana, no dejan de ser medias verdades. Pero de ello nos ocuparemos en la próxima entrada.


viernes, abril 04, 2008

CIUDADANÍA SOCIAL Y MUTACIÓN CONSTITUCIONAL

Todas las entidades políticas, incluso las más opresivas, se orientan al cumplimiento de una serie de finalidades o funciones sociales y legitiman su propia existencia en el cumplimiento de estas funciones o en la satisfacción de determinadas necesidades. Es por esto que a la hora de analizar las sociedades humanas nunca está de más un poco de funcionalismo, siempre que no caigamos en sus errores más recurrentes, a saber, la visión de la "sociedad" o de la "cultura" como entidades estáticas y la infravaloración de las disfunciones y de los conflictos, suponiendo que todo funciona como una máquina bien engrasada. En efecto, ninguna sociedad humana real carece de conflictos o disfunciones sociales y precisamente estas contradicciones son las que la arrastran a su constante transformación (hacia un mundo distinto que no carecerá de problemas: siempre vivimos tiempos interesantes). Cuando la realidad social cambia y las disfunciones o contradicciones se hacen insoportables, la estructura política se va adaptando a las transformaciones de manera más o menos progresiva o traumática. Esta dinámica, que puede observarse en todas las entidades políticas, afecta también, por supuesto, a los Estados-nación surgidos del capitalismo industrial.

En una sociedad estructurada en torno a los mercados autorregulados, el Estado surgido de las cenizas del Antiguo Régimen "sirve para" construir y asegurar el intercambio en estos mercados. En la ideología oficial segregada por el nuevo orden, estos mercados se concebían como instituciones "naturales", "presociales", pero en realidad estaban -como todas las instituciones humanas imaginables- socialmente construidas y por tanto era preciso asegurarlas, protegerlas y mantenerlas. La legitimidad del poder estatal se basaba en la garantía de una serie de derechos individuales de las personas que intervenían en el mercado; no es sólo que el Estado tuviera que respetar estos derechos, es que su propia existencia se fundamentaba en su realización efectiva. Este cambio tan radical se terminó plasmando en los textos constitucionales y declaraciones de derechos; queda clara esta idea, por ejemplo, en la propia Declaracion de derechos de 1789: la finalidad de toda asociación política es la garantía de determinados derechos "naturales" del hombre: libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. Ahora bien, el nuevo orden existente no deja de presentar profundas disfunciones, de las que se preocuparon particularmente los pioneros de las ciencias sociales: la aniquilacion de los lazos sociales que estructuraban la sociedad y su disolucion en el mercado provocó una fuerte anomia; la disociación entre la persona y lo que hace (es decir, su trabajo, convertido en mercancía), generó alienación; el peso de las relaciones de poder reales en los mercados teóricamente "libres" multiplicó los abusos y la explotación; la desaparición de las redes tradicionales de solidaridad, o su ineficiencia ante los nuevos riesgos provocó una significativa desprotección frente a los riesgos sociales. La sociedad reaccionó espontáneamente para sobrevivir a sus propias contradicciones, forzando a una progresiva transformación de la propia estructura del Estado. De manera implícita o explícita, el Estado meramente liberal, se convirtió en lo que hoy llamamos el Estado social. Si hoy preguntamos a cualquier ciudadano si el Estado debe existir, seguramente dirá que sí y probablemente lo justificará en base a la enumeración de bienes y servicios como los hospitales, las carreteras, la seguridad social o los colegios. Bienes y servicios que en teoría podría proporcionar el mercado y que, de hecho, a veces proporciona. El Estado existe "para" garantizar determinadas libertades a los "individuos", pero también para proporcionar determinados derechos sociales que corrigen las disfunciones provocadas por el reinado de los mercados; así se legitima el poder que ejerce sobre nosotros.

Algunas veces, la adaptación de la estructura política moderna a los cambios se manifiesta de manera explícita a través del cambio radical de la Constitución o de su reforma parcial. Aunque a veces nos aferremos a la inmutabilidad de la Constitución, como si se tratara del texto sagrado revelado por alguna divinidad antigua, las constituciones se enmiendan o se reforman para adaptarse a las circunstancias, o incluso dejan de existir cuando se hacen inútiles para estructurar y legitimar el sistema político existente. A veces, sin embargo, nuestras constituciones son más "inteligentes" y "cambian solas", sin que el texto de su articulado varíe en una sola coma. Este fenómeno es lo que los constitucionalistas denominan "mutación constitucional". En efecto, la "voluntad del legislador", o en este caso, la "voluntad del poder constituyente" no es la voluntad de ningún sujeto real o de una entidad metafísica que nos reveló el texto sagrado; más bien es una construcción imaginaria, una ficción que los juristas necesitamos para trabajar. Cuando aplicamos el criterio "teleológico" de interpretación (el que se basa en la identificación de la finalidad de la norma), estamos más bien aplicando un criterio funcionalista. Identificamos la función (o las funciones) que cumple una norma en un contexto social determinado. Así pues, aunque las palabras de la Constitución sigan siendo las mismas, su significado cambia para que puedan seguir diciendo algo, para que sigan teniendo sentido o para que la finalidad abstracta que las animaba pueda realizarse. Esto es muy patente en materia de extranjería e inmigración.

Seguramente, las personas concretas que redactaron la Constitución no podían imaginar nunca que en España residirían con cierta vocación de permanencia varios millones de extranjeros ni la realidad (post)moderna del transnacionalismo; al contrario, existía más bien una preocupación por los millones de españoles que residían en otros países. Cuando se redacta el art. 13, se concibe a los extranjeros como elementos externos al sistema, no como miembros de la sociedad que de hecho participan en ella de manera cotidiana; su presencia en el territorio nacional se percibía como un asunto coyuntural -en el tiempo de visita o al menos en el número o en el tiempo de asimilación-, casi una anomalía; el problema era de "extranjería" más que de "migración": se trataba de determinar en qué condiciones podían ejercer estas personas "extrañas" al sistema, los derechos que su Constitución reconocía a los integrantes de la comunidad política y en los que se legitimaba la propia existencia del Estado. Y lo hacía aparentemente concediendo una enorme libertad al legislador. Como ya comentamos en otra entrada, el TC consiguió superar esa aparente libertad, con su clásica división de los derechos en tres grupos: los que correspondían sólo a los españoles, los inherentes a la dignidad humana que no pueden negarse en ningún caso y los que se concederán o no en función de lo que digan los tratados y las leyes. En un momento en que comenzaban a llegar los primeros migrantes, esta clasificación tuvo su utilidad, su funcionalidad para el mantenimiento de la lógica del sistema; reconocía un mínimo de dignidad a estos migrantes, pero permitía al mismo tiempo negar tranquilamente aquellos derechos que utópicamente habrían de corresponder a todos, pero cuya extensión a los extranjeros, en la práctica, dependía de las condiciones estructurales: así sucedía con el derecho al trabajo (art. 35), y con el derecho a la Seguridad Social (art. 41).

Hoy en día, esta clasificación en tres grupos, ha devenido completamente inútil, y sólo se mantiene formalmente debido al peso de la inercia en la jurisprudencia y que hay que ir superando; su simplicidad nos conduce a un callejón sin salida lógico. En la práctica, es imposible distinguir cuáles son los derechos inherentes a la dignidad humana, porque sencillamente, todos los derechos constitucionales derivan de ella. Así, por ejemplo, la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce tanto el derecho al trabajo (art. 23) como el derecho a la seguridad social (art. 22); son derechos que en principio y como meta deberían corresponder a toda persona, pero cuyo reconocimiento absoluto resulta difícil -y a veces imposible- debido a circunstancias estructurales que chocan con la lógica de nuestros principios. Así pues, la cuestión no es tanto si los extranjeros -digamos ahora, los migrantes, que no es lo mismo- tienen derecho a estas cosas, sino cuáles van a ser las condiciones de acceso y las limitaciones a este reconocimiento y hasta dónde pueden -o deben- llegar. De hecho, es difícil imaginar un derecho o interés más ligado a la persona humana que la "integridad física" (art. 15) y sin embargo, su correlato instrumental, el derecho a la salud (art. 43) se ha considerado de ese grupo cuya extensión a los extranjeros depende de los tratados y las leyes (STC 95/2000).

Actualmente, la normativa de extranjería reconoce a grandes rasgos estos derechos a los extranjeros residentes legales. ¿Y si no lo hiciera? ¿Y si los negara radicalmente? ¿Tendría el legislador una libertad completa como parece indicar la literalidad del art. 13? Yo creo que no. Si España es un Estado social (art. 1.1 CE) y si los poderes públicos tienen la obligación de promover la igualdad efectiva entre las personas y grupos (art. 9.2), sencillamente no se puede ignorar la presencia de cuatro o cinco millones de extranjeros en su territorio con vocación de permanencia; el poder que el Estado ejerce sobre ellos debe legitimarse a través de su integración construida con el reconocimiento de los derechos sociales (del voto hablamos otro día). Del propio "espíritu" de la Constitución surge un derecho no formulado expresamente a la "integración socio-económica" de los inmigrantes (SÁNCHEZ-URÁN AZAÑA).

Cuando los "padres de la patria" se referían en el art. 41 CE a la seguridad social para "todos los ciudadanos", seguramente estaban pensando en la vieja noción de ciudadanía política, determinada por la nacionalidad. El sentido de la palabra ha cambiado. Los derechos sociales se refieren ahora a la "ciudadanía social", a las personas que integran de hecho la comunidad política, con independencia de su nacionalidad. No puede negarse radicalmente a los extranjeros el derecho al trabajo o a la protección social ni las garantías del derecho laboral. Ahora bien, la "madre del cordero" (escamoteada por esa vieja división tripartita del Tribunal Constitucional) es más bien determinar qué hay que hacer para entrar en el selecto club de los ciudadanos: cuáles han de ser las condiciones de acceso a la residencia legal, en qué medida pueden imponerse algunas restricciones a los derechos de los residentes legales y en qué medida la ciudadanía se expande a los que se encuentran en situación irregular para integrar las disfuncionalidades de una situación que deriva de nuestra propia estructura económica.

sábado, marzo 15, 2008

EXTRANJERÍA Y DELINCUENCIA (II): BORRACHERA DE "MECA-COLA"

Como hemos visto en la entrada anterior, la pregunta acerca de las conexiones entre "extranjería" y "delincuencia" no es inocente. Claro que tal vez ninguna pregunta lo sea. Eso no quiere decir que no debamos hacernos preguntas, sino más bien que debemos comprender y controlar los presupuestos que producen nuestras preguntas y plantearnos de vez en cuando si nos hemos hecho los interrogantes más adecuados para descubrir lo que necesitamos. Así, por ejemplo, podríamos darnos cuenta de que en nuestra búsqueda de conexiones puede haber un intento implícito o inconsciente de "juzgar" a colectivos enteros (o juzgar a personas concretas por la "etiqueta" que previamente le hemos puesto), es decir, de mostrar o expresar un desprecio visceral por los extraños, sin obtener ningún conocimiento útil para resolver problemas.

Así pues, es preciso enfatizar que la responsabilidad penal es individual y que, por tanto, no afecta a grupos abstractos de personas. Del mismo modo, propongo partir de la premisa de que la responsabilidad moral o ética también debe ser individual, esto es, no "debe" juzgarse moralmente a unas personas por las acciones de otras; esto puede parecer una obviedad en las sociedades modernas, caracterizadas por el individualismo ético, pero no siempre es tan evidente para nuestras pulsiones intestinales; hay muchos ejemplos de esas ansias de "justicia" colectiva, entre ellos todas estas airadas declaraciones que escuchamos "en la calle" sobre los extranjeros y la delincuencia. Si no nos interesa, por tanto, "juzgar" globalmente a los "extranjeros", nuestra preocupación será más bien averiguar las causas de las disfuncionalidades sociales -como la "delincuencia"-, con objeto de tratar de superarlas. Una cosa es aplicar el Derecho Penal a las personas que cometen delitos y otra muy distinta -no necesariamente incompatible- es tratar de prevenir la producción de estos delitos incidiendo en las causas que los provocan, partiendo de un análisis previo de esas causas.

Lógicamente, quienes postulan una conexión entre "extranjería" y "delincuencia" se apresuran a buscar correlaciones estadísticas y a menudo las encuentran (quien busca, encuentra). Debe recordarse, no obstante, que "correlación" no es lo mismo que "causalidad". Un ejemplo clásico es el de la persona que el lunes bebe whisky con "cola", el martes ron con "cola" y el miércoles ginebra con "cola"; los tres días acaba en estado de embriaguez y llega a la conclusión "lógica" de que la causa de su borrachera es el refresco de "cola". Los números pueden producir una ilusión de "certeza" (y, desde luego, son bastante útiles para mejorar nuestro conocimiento), pero, en términos estrictos, no existe la investigación social puramente "cuantitativa": detrás de toda correlación estadística hay una serie de "teorías" que nos ayudan a plantearnos preguntas y a buscar la mejor manera de responderlas (por ejemplo, buscando determinadas correlaciones y no otras). Si no se reflexiona acerca de las teorías que hay bajo nuestras afirmaciones, corremos el riesgo de acabar "borrachos de cola". De hecho, frecuentemente, quienes señalan estas conexiones místicas entre "extranjería" y "delincuencia" no hacen explícitas sus "teorías"; se limitan a aportar el dato, como ese vecino cotilla que te cuenta lo que dice "la gente" sin responsabilizarse por la información. Así, se evita entrar en el terreno de la discusión y los símbolos mágicos pueden operar sobre nosotros de manera inconsciente.

Así pues, tendríamos que definir las categorías analíticas que van a componer nuestra teoría. ¿Qué queremos decir con "delincuencia"? y ¿qué queremos decir con "extranjero"? También deberíamos postular una hipótesis acerca de la relación entre estas dos variables ¿por qué podría la "delincuencia" depender de la "extranjería"? Posteriormente, estas categorías analíticas habrán de ser "operacionalizadas", es decir, convertidas en algo que pueda ser reducido a observables empíricos ¿cómo vamos a medir la "delincuencia"? En este caso concreto, la búsqueda de conexiones entre las dos variables se ve notablemente afectada -de manera negativa para el conocimiento- por ese mito del "Extranjero Portador del Caos" del que hemos hablado anteriormente, al utilizarse categorías teóricas que operan a menudo como "símbolos" con significado indefinido, contingente y ligado misteriosamente a emociones o incluso a sensaciones físicas. La palabra "delincuencia" evoca el desmorronamiento del orden establecido en el que se sustenta nuestra sociedad, lo más indefinido de nuestros miedos e inseguridades; probablemente, genera imágenes en nuestras mentes de delitos violentos, homicidios, tiroteos, atracos y secuestros. Sin embargo, al "operacionalizar" el símbolo, tal y como está definido, probablemente se incorporarían a la definición conductas que, para muchos españoles (no para todos, claro), no resultan tan preocupantes. Para nuestro "hombre de paja A" no resultan especialmente peligrosos el tipo que le vende los DVDs piratas o el que le "pasa la grifa"; su conducta no le quita el sueño, por más que sea "delictiva" y por tanto, antisocial desde la óptica del Derecho Penal.

Yo aún diría más. Si lo que verdaderamente nos interesa no es "juzgar a los extranjeros" sino "prevenir los delitos" desde el conocimiento criminológico, parece bastante más razonable que estudiemos los distintos delitos por separado, o al menos agrupados en géneros que puedan responder a una etiología común. A efectos de determinación y prevención de las causas sociales que contribuyen a la producción de los delitos ¿es apropiado agrupar el tráfico de drogas con la violencia de género? ¿el robo con la prevaricación? ¿el homicidio con el abuso sexual de menores? ¿el fraude fiscal y las lesiones? Como regla general, parece más fértil entrar en detalles respecto a conductas concretas y los factores que podrían incidir en su producción que quedarnos en la repetición mecánica de símbolos de contenido variable y evanescente.

Aún así, todavía podríamos cuestionarnos la "validez de constructo" de los procesos a través de los cuales queremos medir la "delincuencia" (preferentemente, agrupada en géneros de delitos), es decir, la relación entre los indicadores y los conceptos teóricos que pretenden describir. Si miramos el índice de "detenciones" ¿estamos teniendo en cuenta que los extranjeros pueden ser detenidos debido exclusivamente a su situación administrativa? Seguramente, el indicador más apropiado de delincuencia es el de la población reclusa que cumple condena (recordemos que para las personas en prisión provisional rige la presunción de inocencia), pero aún así, habrá que tener en cuenta que el indicador no es ni mucho menos perfecto: sólo mide los delitos que fueron "eficazmente" sancionados por el sistema. Y está claro que, por razones diversas, nuestro sistema judicial es más eficaz en la sanción efectiva del robo con fuerza en las cosas (art. 238 CP) que en el castigo de la imposición a los trabajadores de condiciones ilegales mediante engaño o abuso de una situación de necesidad (art. 311 CP); también está claro, aunque suene un poco demagógico, que en la jerarquía de una red dedicada al tráfico de droga es más fácil atrapar a los camellos que a los peces gordos, por ejemplo. En cualquier caso, ningún indicador va a ser perfecto, basta a estos efectos que busquemos el mejor posible y que seamos conscientes de la debilidad relativa de nuestras construcciones teóricas.

De la misma manera, deberíamos preguntarnos qué es lo que queremos decir con "extranjero" (revelándose que nuevamente hay por debajo una figura simbólica e indefinida). En sentido estricto, al menos para mí, por mi formación como jurista, la "extranjería" es una circunstancia jurídica, el vínculo de una persona con un Estado-nación distinto del nuestro; parece difícil postular que esta circunstancia formal genere automáticamente delincuencia. Muy probablemente, la "extranjería" se trata más bien de un "rasgo distintivo" con el que se construye una categoría social, en concreto, una categoría racial. Claro, el color de la piel, por ejemplo, es un "rasgo distintivo" que está prohibido utilizar en nuestro contexto cultural, salvo de manera subterránea. Así pues, a nadie en España se le ocurre buscar correlaciones entre "color de la piel" y "delincuencia", como sucede en otros países, aunque probablemente, también podrían encontrarse. Nuestro racismo se basa en "rasgos distintivos" aparentemente "culturales", de manera que nuestras teorías sobre la "raza" también son "culturalistas". En este contexto, la "extranjería", en términos jurídicos no sería tal vez el mejor indicador para medir esta supuesta "distancia cultural" (algunos nacionales serían percibidos por muchos españoles como extranjeros, por ejemplo).

La definición de la variable independiente (la extranjería) implica ya una teoría acerca de la relación de causalidad que tiene con la variable dependiente (la dependencia). Invariablemente, como ya hemos indicado, nuestras teorías al respecto se basan en afirmaciones sobre la "cultura". El sesgo que los psicólogos sociales han denominado "error fundamental de atribución" nos impulsa a destacar las variables "internas" (disposiciones mentales) respecto de las circunstancias contextuales. ¿Qué conexión podría haber entre la "extranjería" -en términos "culturales" o "étnicos"- y la delincuencia? La respuesta fácil: como los extranjeros vienen de otras sociedades, con otros valores, no están "socializados" en los principios que rigen nuestra convivencia. Si pretende ser una explicación más o menos global, esta respuesta es absurda, porque se basa en una inaceptable consideración de la "inconmensurabilidad" de las sociedades como compartimentos estancos totalmente ajenos los unos a los otros y sin rasgos comunes. La inmensa mayoría de los delitos que se cometen en España, tanto por españoles como por extranjeros, consisten en conductas que también están mal consideradas, prohibidas y perseguidas (a veces con exceso) en los países de donde vienen los migrantes.

Así es como terminamos borrachos de meca-cola. Postulamos que la delincuencia extranjera se debe a que los migrantes "no se integran" y los que peor se integran -para este discurso culturalista- son los "musulmanes", ergo, son las malignas esencias del Islam las que los convierten en criminales. Esto es completamente absurdo, claro. La mayor parte de los reclusos cumplen condenas por delitos contra el patrimonio o contra la salud pública y está claro que el Islam condena fuertemente ambos tipos de conductas (que en los países musulmanes están penadas, incluso de manera muy excesiva). Es como si algún telepredicador norteamericano -alguno habrá que lo haga- atribuyera los delitos violentos cometidos por bandas latinoamericanas a su catolicismo, como si alguna encíclica papal animara a la constitución de bandas rivales. Ciertamente, no es extraño que la conducta de las personas se contradiga con los principios abstractos que teóricamente "deberían" regirla (lo que se racionaliza de formas diversas); esto es así simplemente porque las relaciones sociales y materiales reales se imponen a menudo sobre nuestro mundo imaginario. Eso no implica que los factores "culturales" sean completamente irrelevantes; ciertamente, si alguna vez se ha producido en España alguna mutilación genital femenina, el factor más inmediato -no el único, claro- habrá de ser la pauta cultural que la prescribe o permite. Ahora bien, dado que no existen las "culturas" como segmentos estáticos, discretos y de fronteras bien delimitadas, a menudo también operan como factores en la producción de los delitos determinados patrones culturales que no resultan tan ajenos a nuestra sociedad como la mutilación genital femenina (y en estos casos, la mayor extensión de la pauta cultural disminuye a menudo la "saliencia" del delito); así, por ejemplo, el citado delito del 311 CP puede vincularse a la lógica de la maximización del beneficio en la utilización de la fuerza de trabajo, extendida ya por todo el mundo a través de la expansión del capitalismo.

Si se quiere buscar una relación global entre la condición de "extraño" y la conducta antisocial, incluso aunque ésta se considere también antisocial en los países de origen, podría considerarse que los extranjeros pueden ser víctimas de una cierta anomia personal (también puede haber, por supuesto, una cierta anomia entre los auctóctonos, aunque las causas podrían ser distintas). Sabemos, por ejemplo, que los indígenas emigrados del campo no industrializado a la ciudad en los países pobres pueden experimentar dificultades de integración personal (y muchos terminan, por ejemplo, volviéndose alcohólicos). Si una persona se ha separado muy radicalmente de su entorno social, de sus figuras y patrones de autoridad, de sus relaciones sociales integradoras, terminando en un mundo muy distinto, que frecuentemente arroja a esta persona a los márgenes, podría encontrar dificultades para "interiorizar" las normas sociales de conducta y de adaptarse a su nueva situación. No obstante lo anterior, si bien puede ser interesante analizar esta posible anomia personal o cultural con objeto de mejorar las condiciones de vida de los propios migrantes y la integración de nuestra sociedad, parece poco oportuno situar este factor cultural entre las causas principales de la delincuencia cometida por extranjeros. Desde luego, el choque no puede ser tan grande como el que sufren los indígenas que cambian radicalmente su modo de vida, dado que nuestros migrantes provienen fundamentalmente de un entorno ya industrializado y a grandes rasgos "moderno", aunque nos pueda costar trabajo percibirlo así.

Pero es que, además, si volvemos a detenernos en los delitos que verdaderamente llenan nuestras cárceles de "extranjeros" y "auctóctonos" (los delitos contra el patrimonio y los delitos contra la salud pública), no creo que sea difícil deducir la importancia que en ellos tiene la posición en la estructura social y económica. De hecho, es precisamente esta posición lo que produce y reproduce la anomia social de la periferia de una sociedad respecto a los patrones de conducta dominantes en el núcleo. Otra vez, desde el punto de vista de la búsqueda de conexiones de causalidad no es la conciencia de las personas lo que determina su existencia, sino su existencia social (sus relaciones sociales y económicas reales, su segregación en los mercados y en la vida económica, sus posibilidades de acceso al bienestar) lo que determina su conciencia, al margen de que a efectos penales, o incluso morales, mantengamos las nociones de responsabilidad individual.

Cuando se hacen este tipo de afirmaciones, no sé por qué, uno piensa inmediatamente en conexiones simplistas como "los pobres roban", como si todo lo que fuera salirse un poco del esencialismo cultural fuera simplista ¿Por qué el grupo étnico de los "gitanos" ha tenido una clara relación con el tráfico (y el consumo) de droga? ¿Alguna disposición genética? ¿Su "alma" tiene disposición para el crimen? ¿sus ancestrales tradiciones culturales tenían alguna especial relación con la droga? Ya se ha estudiado ampliamente cómo los grupos étnicos presentan a menudo relaciones de interdependencia, simbiosis y subordinación en sus relaciones sociales y económicas (por ejemplo, BARTH 1969). A estos efectos, un grupo étnico especializado en determinadas manifestaciones de economía informal de cierta marginalidad respecto de la sociedad sedentaria presenta muchas probabilidades de adaptarse a la aparición de una nueva mercancía ilegal, pero muy habitual y a un comercio marginal muy lucrativo.

Esto nos lleva al problema más importante de validez interna de la postulación de conexiones entre "extranjería" y "delincuencia". Si no queremos acabar borrachos de meca-cola, tenemos que controlar las posibles variables perturbadoras y convertirlas en "variables de control" a la hora de buscar correlaciones estadísticas. Así, por ejemplo, si quiero comprobar si el consumo de refresco de cola afecta a la conducción, tendré que tener en cuenta otros posibles factores que pudieran afectar a los accidentes de coche; puede ser que encontremos una correlación estadística positiva, pero ello puede deberse, por ejemplo, a que los consumidores de cola sean en general más jóvenes (y por tanto, a modo de hipótesis, más inexpertos o menos prudentes); para controlar esta variable perturbadora, debería buscar si existe también una correlación positiva entre consumo de cola y accidentes de coche entre los conductores más maduros.

Otro ejemplo más racial es el de la "inteligencia de los negros". En el pasado, se ha demostrado, ejem, "científicamente", la "inferioridad intelectual" de la "raza negra", conclusión que en aquel momento resultaba muy "conveniente". Aquí no sólo se plantean problemas de "validez de constructo" (¿qué es lo que mide exactamente el cociente de inteligencia y qué queríamos medir?), sino también de "validez interna" (¿están influyendo variables socioeconómicas asociadas al color de la piel a través de las categorías sociales construidas sobre rasgos distintivos fenotípicos?) Exactamente lo mismo sucede con las conexiones entre "extranjería" y delincuencia. Es evidente que los factores socioeconómicos (pobreza, marginación, posición social, división del trabajo interétnica...) influyen en la comisión de delitos o de determinados delitos cuantitativamente muy importantes. Es evidente que muchos extranjeros están "condenados" por razones sociales y sobre todo legales a participar en los sectores informales, pero muy importantes, de nuestra economía y que existe una conexión clara, aunque no absoluta entre la economía informal y muchos delitos (delitos contra la propiedad intelectual, tráfico de drogas y delitos asociados a este tráfico o al consumo, delitos relacionados con la prostitución, etc.) Así pues, una teoría será más válida cuanto más haya sabido aislar estas variables en la búsqueda de correlaciones, si es que quiere ocuparse únicamente de esta posible "anomia cultural". Si se utilizaran herramientas teóricas apropiadas, no sé si seguirían encontrándose correlaciones, pero lo que es seguro es que no serían tan llamativas.

Lo que pasa es que puede ser algo incómodo redefinir nuestra posición teórica para buscar con mayor precisión y sin juicios morales las causas de los fenómenos que nos inquietan. Porque entonces no podemos "echar balones fuera" de nuestra sociedad, hacia los extranjeros portadores del Caos, los demonios de la serpiente Apep. La delincuencia de nuestra sociedad no es un problema externo, sino un problema de nuestra sociedad (que, por supuesto, abarca e incluye a los extranjeros que viven en ella). Son las propias dinámicas de nuestra sociedad: la economía informal como simbiótico marginal de la economía formal, los lucrativos negocios de la droga y la prostitución, la segregación de nuestros mercados de trabajo, los excesos de la lógica del beneficio económico... las que producen y reproducen sus contradicciones. Si la inmigración es hoy un fenómeno estructural de nuestra sociedad, es un elemento añadido al sistema y por tanto también puede asumir un rol, un papel en determinadas formas de delincuencia; pero globalmente lo hace en interconexión con una estructura más amplia y no como una especie de virus que destruye un orden idílico construido por alguna divinidad creadora en el centro del mundo al principio de los tiempos.

domingo, marzo 02, 2008

EXTRANJERÍA Y DELINCUENCIA (I): LAS PALABRAS MÁGICAS

Hay afirmaciones que estamos inclinados fuertemente a creer; nuestros más selectos prejuicios sólo necesitan algunos indicios para sustentarse, indicios a los que a menudo nos agarramos casi desesperadamente para poder confirmar cuanto antes nuestras sospechas y así tranquilizar nuestro espíritu. En este proceso tendemos a eliminar la mayor parte de los matices y a simplificar una realidad que suele ser mucho más compleja. Pronunciar una de estas "fórmulas mágicas" suele aparejar la inmediata aprobación de la audiencia (por ejemplo, "nuestros gobernantes desperdician y malgastan el dinero de nuestros impuestos"). En cierta medida, esto es lo que sucede con la invocación de las (supuestas) conexiones entre "extranjería" y "delincuencia". Digo que "en cierta medida" porque en muchos casos esto se disfraza con una cierta ideología de lo "políticamente correcto": el miedo a vernos a nosotros mismos como "racistas" nos obliga a veces a pintar las conexiones de manera subterránea, como haría un vecino cotilla que sugiere con pelos y señales lo que "la gente dice" de una persona, afirmando que por supuesto, él no cree en esos rumores. Por eso, el mero hecho de poner juntas estas palabras ("extranjería" y "delincuencia") en el mismo escrito ya me crea una cierta intranquilidad. Tal es el poder oculto de los nombres que su mera invocación agita ya lo profundo de nuestras vísceras.

En efecto, el miedo a lo extraño y a los extraños permitió a nuestros lejanos ancestros sobrevivir y reproducirse, de manera que nuestros cuerpos han terminado ciegamente "programados" por la evolución biológica para desarrollar ese temor. Los extremos se tocan: caprichosa como sólo pueden ser los dioses, la Madre Naturaleza nos preparó también para la "solidaridad" a través de lo que se ha dado en llamar "aptitud inclusiva". Ahora bien, el ser humano, zoon politikon, es también un animal cultural; estas abstractas y contradictorias aptitudes humanas evolucionadas sólo tienen sentido en el contexto de seres humanos concretos, inmersos por tanto en un laberinto de símbolos, de representaciones culturales y de relaciones sociales que conforman en cierto modo nuestra realidad y nuestro entorno. Aunque la aptitud para el "altruismo" pueda explicarse remotamente en la supervivencia y propagación de los genes "egoístas", en los homo sapiens, se proyecta simbólicamente hacia todo tipo de grupos sociales construidos al margen del parentesco biológico, aunque a veces construidos con metáforas relacionadas con el parentesco social (la "Madre Patria", la "fraternidad cristiana"). Como han estudiado los psicólogos sociales, tenemos una tendencia -con todos sus matices- hacia una cierta solidaridad dentro de lo que consideramos nuestro grupo social, acompañada de un rechazo, y frecuentemente un cierto miedo hacia los que no pertenecen a este "grupo".

Esta "verdad" de la experiencia humana se hace explícita a través de nuestros mitos, de las narraciones que nos contamos a nosotros mismos y que contamos a los demás y que expresan los más profundo de nuestros sueños. Nos cuenta Eliade que las civilizaciones antiguas se veían a sí mismas como un orden cósmico surgido en el "Centro del Mundo" a partir de un Caos informe. Más allá de las fronteras de este "centro" se encontraban el desierto y la noche, el caos y las potencias infernales; es el mundo de los monstruos y de los extranjeros, de las criaturas de la serpiente Apep que amenazan continuamente con destruir el orden establecido. El mito de la "invasión de los extranjeros que traen el caos" es por tanto un potente símbolo sobre el que individualmente proyectamos nuestros temores, nuestra inseguridad y nuestra ansiedad personales y sobre el que colectivamente conjuramos las contradicciones que intuimos en nuestra propia sociedad, al estilo de los viejos ritos expiatorios, que traspasaban el "pecado" o el mal rollito a la víctima propiciatoria. Comenzamos nuestra andadura con las antiquísimas invocaciones del egipcio Ipuwer: "Las tribus del desierto se están convirtiendo por doquier en egipcios [...] ciertamente el desierto cubre toda la tierra, los nomos han quedado devastados y los bárbaros del exterior han venido a Egipto".

Aún cuando las comunidades políticas sean tan amplias como los modernos Estados-nación estructurados en torno al capitalismo industrial, tendemos a construir una relación simbólica, imaginaria con nuestros "compatriotas", haciendo que los "extranjeros" cumplan el papel de las fuerzas exteriores que amenazan con destruir el orden cósmico de nuestro centro-del-mundo particular. Por supuesto, hay muchos matices aquí, dado que en nuestra granja postindustrial algunos extranjeros son más extranjeros que otros. En cualquier caso, la propia palabra "extranjero" nos sugiere ya de algún modo el caos indefinido que se opone conceptualmente a nuestro orden. Quizás recuerden "Mucho Apu y pocas nueces", un episodio de los Simpson, mitología moderna: un oso aparece casualmente en Springfield, generando una sensación de inseguridad en los ciudadanos; decide crearse una impresionante patrulla anti-osos que utiliza la más avanzada tecnología y supone una inversión desmesurada e inútil (dado que salvo aquel incidente aislado no hay osos en la ciudad); la consiguiente subida de los impuestos provoca indignación entre los habitantes de Springfield y finalmente el Alcalde Quimby dice que la culpa de todo la tienen los inmigrantes ilegales, aprobándose una propuesta para deportarlos a todos. Más allá del esperpento, la parodia nos hace reir porque nos vemos hasta cierto punto reflejados; ya hemos visto que no es extraña esta proyección hacia los "Otros" de nuestra indefinida sensación de inseguridad personal (el miedo a los osos) y de las contradicciones de nuestra sociedad (los impuestos generados por la patrulla anti-osos).

Este potente sesgo ("extranjero --> delincuencia") plantea problemas tanto éticos o políticos como epistemológicos. Estos últimos requieren un análisis más detallado y nos ocuparemos de ellos en la próxima entrada. De momento, vamos a suponer que fuera cierta la conexión que un buen número de españoles -quizás la mayoría- establece entre "extranjería" y "delincuencia"; aún así, enfatizar en el discurso este vínculo en el discurso produce y reproduce todo tipo de problemas que hay que considerar:

De un lado, estos discursos casi nunca proponen soluciones concretas a los problemas sociales, contentándose con expresar, con cierto fatalismo, lo dramático de la situación, descargando un poco la ansiedad en el momento, pero multiplicando a la larga la incómoda sensación de intranquilidad que los extraños nos producen, a fuerza de decirnos a nosotros mismos lo "malos "que son. Cuando se enuncian propuestas de cambio, suelen ser utopías racistas generales y vagas, que en el fondo persiguen que los extranjeros no "estén ahí", pero poco operativas, o bien se hacen alusiones a mayores restricciones de la legislación de extranjería, sin conocer bien ni el contenido ni los efectos de la legislación vigente. Si queremos resolver problemas concretos, tal vez debamos "operacionalizarlos" más allá del uso de "palabras mágicas" ambiguas y abstractas que sirven para conectar con nuestras vísceras más que para organizar la percepción, pero esto nos remite a esa otra parte epistemológica.

De otro lado, los efectos de la fórmula mágica son muy peligrosos. Es evidente que puede avivar el fuego de la xenofobia, provocando todo tipo de conductas discriminatorias que sitúen a las personas en una posición sistemática de desigualdad en virtud de una "generalización", es decir, de la aplicación de un "género" o categoría social. En cualquier caso, puede aumentar la marginación de los colectivos extranjeros, incrementando las conductas "desviadas", como una especie de profecía autocumplida. En Sociología y Criminología es muy conocida la Teoría del Etiquetaje, según la cual la categorización de una persona como "delincuente" tiende a reproducir de algún modo en ella la pauta social indeseada.

Cuando los políticos utilizan este tipo de conjuros mágicos para conseguir el favor popular, podríamos decir que están haciendo "demagogia", en el sentido más estricto del término. De este modo, se hacen invisibles los problemas sustanciales y nuestra preocupación se canaliza hacia un mundo imaginario que representa de manera figurada el mundo real; como decía Eric Wolf en relación con la ideología "El pensamiento simbólico sustituye las contradicciones de un universo imaginario por las reales". De momento, los políticos de los partidos parlamentarios no han querido hacer explícitas las supuestas conexiones entre "inmigración" y "delincuencia" con la crudeza con la que se manifiestan en el debate ciudadano (donde se vinculan a menudo sin tapujos), diríase que son conscientes de los peligros de estos vínculos y del importante papel que juega actualmente la migración en nuestra economía, no es plan de acabar con la gallina de los huevos de oro. En todo caso, sin llevar sus afirmaciones hasta el extremo, sí que están jugando -cada vez más- a utilizar las "palabras mágicas" al modo indirecto y relativamente sutil del vecino cotilla que antes denunciábamos. Esto puede ser incluso más peligroso: cuando el racismo combate al descubierto es más fácil detectarlo; en cambio, cuando "va de tapadillo" es capaz de introducirse por todos nuestros orificios y alcanzar nuestro flujo sanguíneo sin que nos demos cuenta.

Ya hemos hablado suficientemente del "contrato de integración". Pero no es el único ensalmo que se ha recitado en el circo electoral al que últimamente asistimos. Un buen ejemplo de lo que estamos diciendo pueden ser las declaraciones que hace poco emitió Esperanza Aguirre. Como saben, es del mismo partido que Rajoy, pero hay que aclarar que no se trata de un problema que afecte exclusivamente al PP (aunque se está luciendo últimamente) o a los partidos políticos. Los políticos recogen -interesadamente- el discurso que antes hemos oído en la calle y la calle somos todos. No importa tanto el espectáculo de la campaña electoral como el problema que hay de fondo y que persistirá cuando se marche el circo. ¿Qué fue lo que dijo?

"[...] nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, (como digo), la mayoría de los inmigrantes vienen aquí a trabajar, pero es verdad que vienen extranjeros a delinquir porque es verdad que es muy barato delinquir en España".

Vale, nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, pero entonces ¿a qué viene sacar el tema? Pues al parecer, estaba contestando a una pregunta sobre por qué había aumentado (supuestamente) la inseguridad ciudadana en los últimos meses en la Comunidad de Madrid. Para "salir del paso" sin plantearse con más profundidad las cosas, lo más fácil es invocar el fantasma del extranjero delincuente, que todos reconocemos inmediatamente en el fondo de nuestras vísceras, sobre todo en estos tiempos interesantes. El mensaje subterráneo -supongo que no pretendido por la Presidenta, pero el efecto es el mismo que si lo pretendiera- es el trasvase de los "pecados" de la sociedad hacia el chivo expiatorio del extranjero. Para conseguir esto sin negar la mayor de la migración, hay que establecer una simpática dicotomía entre el "inmigrante bueno", el que trabaja (adviértase el énfasis en el papel productivo) y el "extranjero malo", el que "viene aquí a delinquir porque es barato en España".

Evitando entrar en la cuestión de la baratura, que tiene miga, seguramente que sea cierto que haya extranjeros que hayan venido a España "a delinquir" ¿por qué no? Una banda criminal transnacional puede enviar a alguien a nuestro país para atender estos negocios ilícitos o para realizar un "trabajito" concreto, pero ¿estos supuestos son cuantitativamente importantes para explicar el supuesto crecimiento global de la inseguridad ciudadana, la de andar por casa? No, pero así, de momento, la Presidenta consigue escapar de las preguntas, entregando a los extranjeros la patata caliente. El problema es que la reiteración de este tipo de discursos públicos va alterando poco a poco nuestra percepción: ese mafioso que "ha venido a España a delinquir" se convierte en el prototipo para percibir al extranjero que delinque (¿creen ustedes que la inmensa mayoría de los extranjeros que delinquen vinieron a España "a delinquir" y porque era barato?) y, en último término, del resto de los extranjeros, por si acaso, que aún conservamos ese temor atávico con cuya descripción comenzaba esta entrada.

Aún siendo ya conscientes del peligro que tiene remarcar las supuestas conexiones entre migración y delincuencia podríamos preguntarnos ¿estos peligros exigen una censura políticamente correcta que nos impida pensar sobre estas conexiones? ¿Se está sugiriendo en este blog que nos engañemos, que evitemos profundizar en el conocimiento sobre esta materia? ¿Será eso aún peor, porque nos llevaremos las tortas en la cara cuanto menos nos lo esperemos? Esto nos lleva de cabeza a los dilemas epistemológicos que antes mencionaba. Nunca es malo hacerse preguntas, pero siempre es mejor preguntarse si las preguntas que nos hemos hecho eran las apropiadas.

miércoles, febrero 20, 2008

LA LETRA PEQUEÑA DEL "CONTRATO DE INTEGRACIÓN"

Permítanme una parábola de "anarquista místico": a mí las campañas y precampañas electorales me recuerdan a un mercado donde infames pescaderos vocean una mercancía ya maloliente sin contarnos que ya está "to el pescao vendío" y que los "vendíos" éramos nosotros sin saberlo. Ya saben que en este blog nos resistimos un poco a hablar de la actualidad más rabiosa para evitar que los intereses del momento distorsionen la política, que es el arte de vivir en sociedad. Cómo iba a hablar entonces de algo que se propone en una precampaña electoral, aunque sea el tema migratorio el que haga saltar al hombre-bala en el circo del politiqueo. Mi ego -junto con mi superyó- me repetía incesantemente que aquí nos ocupamos de cosas más serias. Mi "ello" empezó sin embargo un agitado borrador que ahora borro mientras escribo, después de dejarme un tiempo prudencial para pensar. Frente al uso interesado y electoralista de la cuestión migratoria, sólo cabe exigir "un poquito de por favor" y de seriedad, pero eso ya lo han hecho en otra parte y bien dicho está.

Ahora bien, también puede ser que pensando un poco sobre esa patochada del "contrato de integración" para renovar el permiso de residencia inicial, una medida tan inútil como aparentemente inocua, podamos descubrir alguna otra cosa que nos sirva para algo cuando el circo se haya marchado de la ciudad; vamos a intentar entonces leer la letra pequeña del contrato al tiempo que, inevitablemente, criticamos la propuesta del PP, esperando no haber entrado con ello en la hedionda pescadería.

Leí en la prensa que se pretendía que dicho "contrato" tuviera "efectos jurídicos". Esto, entendido literalmente es un disparate que recuerda al simpático "compromiso de actividad" de la prestación de desempleo. Yo sé que lo de privatizar está de moda y tiene su morbillo en estos tiempos que corren, pero privatizar algo tan público como el Derecho Público es mucho pedir. El fundamento de nuestro deber de sometimiento a la ley o de nuestra obligación de pagar impuestos (que siempre se resalta de manera separada, la pela es la pela) no puede ser la firma de un contrato, como tampoco debe ser un contrato el título jurídico del que proceden los derechos básicos que tenemos como "ciudadanos" (o asimilados).

Si nos creemos que es un contrato, este "contrato de integración" sería una especie de "contrato de adhesión" (aquellos que usted "libremente" firma con los que "le pueden" en combate singular y que toma o deja como las lentejas); pero un contrato de adhesión "a lo bruto", porque en éste no se puede negociar el contenido de sus cláusulas ni siquiera en teoría (o si uno resulta ser un extranjero poderoso en singular combate). En todo caso, quería centrar nuestra atención en otra cosa: en los contratos bilaterales, las obligaciones son recíprocas; eso quiere decir que, si una de las partes no cumple, la otra puede quedarse sin cumplir (a eso en chino mandarín le llamamos exceptio non adimpleti contractus) ¿Qué pasaría si el Estado no cumple su parte? ¿Estaría legitimado el extranjero para incumplir la ley? ¿Puede incumplir su contrato a posta cuando la otra parte no cumple, dado que no puede renegociarlo? Evidentemente no; cuando se mencionan los "efectos jurídicos" del contrato de integración se está hablando en realidad de usar el contrato como envoltorio de un caramelo envenenado: una reforma más restrictiva de la Ley de Extranjería. En sentido estricto, por tanto, los únicos efectos que se pretenden para este contrato son los de carácter simbólico.

¿Efectos simbólicos para quién? A priori podríamos decir, para el extranjero. Si nos ponemos antropológos, diríamos que este contrato es un rito de paso que integra al extraño en el grupo. En las sociedades modernas, el "contrato" es una divinidad muy apreciada: según sus mitos más importantes (sigamos por ejemplo al profeta Hobbes), el contrato es el héroe fundador de la sociedad, que instituyó el orden en el mundo sobre el Caos ctónico del brutal Estado de Naturaleza; más adelante, el espíritu de los contratos sigue acompañándonos, inmanente a la realidad humana: es el cimiento de sus relaciones más verdaderas, así como la legitimación teológica -desde un remoto reino de los cielos metafísico de individuos libres, autónomos e informados- de las desigualdades sociales y económicas (usted lo eligió libremente y ahora se aguanta). No es de extrañar entonces que sea el contrato la divinidad invocada en esos ritos de paso que el aspirante a jefe de la tribu nos propone. Podríamos decir que es un asunto de legitimación del poder: si el poder estatal se fundamenta en el control democrático ¿en qué se fundamenta el poder que el Estado ejerce sobre más de cuatro millones de residentes con vocación de permanencia que no tienen derecho al voto? Porque si votaran, claro está, otra cosa cantaría el gallo. No nos quedaría entonces sino invocar a nuestros ancestros, Hobbes, o incluso Rousseau, si ustedes son multiculturales y prefieren al buen salvaje.

Pero ¿creerán los oscuros primitivos en los dioses modernos por la mera repetición de los obligados rezos? Incluso en la integrada España, algunos modernos y por tanto creyentes en el contrato como herramienta para la vida en sociedad, nos empeñamos en negar la literalidad de nuestros mitos; no hay manera de renegociar el contrato social que propugna la teología iusnaturalista o de negarse a firmarlo, España y usted somos así señora. Si nosotros, que somos gente de orden e integrados a las buenas costumbres, nos permitimos chuflearnos del invento, ¿qué no harán los malvados salvajes, sumidos en el Estado de Naturaleza precontractual, esos que mutilan clítoris y espantan con sus costumbres al aspirante a Sumo Hierofante? Las películas nos informan que a los malos no les suele importar su honor de caballeros y quizás menos aún si les da por integrarse a todas las "costumbres españolas", incluyendo nuestra autoproclamada informalidad, que horrorizaría a los lores ingleses. Desde esa perspectiva, el simbolismo de la medida parece tan útil y práctico como ese famoso cuestionario para entrar en EEUU donde te preguntan si has participado en las persecuciones emprendidas por los nazis. Por si alguno se despista, más que nada.

Nos queda otra opción: los verdaderos destinatarios del rito son los españoles que reciben al neófito extranjero, una vez purificado por el poder taumatúrgico del contrato e iniciado a una nueva vida plenamente constitucional. Decía Victor Turner que el símbolo, la unidad más pequeña del ritual, une las indefinidas sensaciones de nuestras vísceras con las estructuradas normas de la organización social. El ensalmo del chamán barbudo se dirige a los ciudadanos (es decir, a los que tenemos el derecho al voto), toma de nuestros intestinos la indefinida sensación de pánico que nos producen los extranjeros y la canaliza hacia las pautas de su programa electoral. El conjuro dice: a ustedes les preocupa la migración, a nosotros también; ustedes quieren extranjeros integrados, esto es, que no se noten, nosotros también. Como sucede habitualmente en el discurso político, el espectáculo de prestidigitación hace desaparecer el análisis del problema y convierte la solución en una cuestión de voluntad. La espinosa cuestión de la integración se simplifica hasta llegar a dos proposiciones implícitas asumidas desde una perspectiva radicalmente individualista: los inmigrantes "no se integran" y no lo hacen porque no quieren; se firma un contrato y en paz. Esto conecta con nuestras vísceras y enfoca nuestros miedos, dándole legitimación a nuestro discurso xenófobo; antes de que el PP sacara esta propuesta ya me había encontrado en el debate público que en algunas ocasiones las posiciones abiertamente xenófobas se argumentaban en base al mito de un eventual "contrato" que implicaba la presencia del extranjero en nuestro país, también entendido todo desde una perspectiva individualista y moralista; si está aquí tiene que cumplir y si no que regrese a su país. ¿Qué tiene que cumplir? Pues claro, el contenido que imaginamos en el contrato depende de nuestras preferencias personales, de nuestros odios particulares, de nuestros miedos específicos (y cada uno tiene los suyos); en definitiva, es una encarnación de nuestra incomodidad indefinida que un día expresamos de una manera y otro día de otra. Ya dicen los sabios que los símbolos no pueden tener un significado definido, para que puedan contener todos los significados. Menuda letra pequeña.

Así que la ambigua referencia a las "costumbres", poco apropiada para este tipo de "contrato" no es azarosa, sino que tiene su papel, conectar con aquello que más nos disguste de los extranjeros, sea lo que sea, aunque no sea políticamente correcto y por tanto no pueda aparecer en el conjuro. Ciertamente, los críticos hemos leído la propuesta del PP con electoral mala baba; de lo contrario, la referencia a las costumbres nos hubiera parecido una declaración de interculturalidad que podríamos compartir de no ser por su leve esencialismo: ellos toleran las costumbres ajenas que se encuentran y el Estado su exótico folclore. Sin embargo, todo este revuelo que se ha formado alrededor de la ambigua mención a las "costumbres" se debe a que entre sus líneas se esconde un mensaje subliminal muy poco inocente, muy poco responsable y muy peligroso: meta en "costumbres" aquello que quiera proteger de los bárbaros invasores, aunque luego el Estado no lo vaya a conceder si la ley no lo establece. La prueba de que este mensaje subliminal existe es que Rajoy -que me imagino que no fue el inventor de la propuesta- se lo ha creído. Cuando le preguntan a qué se refiere con "costumbres", en lugar de defenderse hablando de este respeto mutuo, buscando algo en lo que todos podamos tener intestinos similares, cae en la trampa de mencionar la mutilación genital femenina y demás, degradando su prohibición a una cuestión de "costumbres". O sea que, según Rajoy, ahora "respetar" es "acatar" una prohibición (como la de llevar velo en la escuela pública, por ejemplo). En cualquier caso, si este mensaje subliminal no existiera, no tendría sentido una formulación tan ambigua: ¿te expulsarán por no respetar las costumbres españolas más allá de la ley? ¿si lo hacen, no estarían cumpliendo la otra parte del contrato, la que habla de respetar las costumbres extranjeras? ¿La parte contratante de la primera parte es igual a la parte contratante de la segunda parte?

El efecto simbólico del conjuro no sólo consiste en darnos cuenta de que los ancianos de la tribu velarán por los problemas que nos interesan, incluso aunque no hicieran nada, sino también, como decía antes, en servir de envoltorio simbólico para un endurecimiento de la legislación de extranjería. Por que, si nos ponemos ahora jurídicos, es la ley y no un contrato, lo que determina la expulsión o permanencia en la legalidad de un extranjero. ¿En qué consistiría ese endurecimiento? Me imagino que en favorecer la expulsión -jurídica, que no material- de los extranjeros que lleven al menos un año de residencia legal en el país (queríamos trabajadores y vinieron personas), impidiendo renovaciones sucesivas, cuando sucedan determinadas causas. La condena del Hierofante no nos parecerá dura, porque los muy traidores habían firmado un contrato y los muy felones lo han incumplido: los preceptos legales tendrían una conexión con los preceptos sagrados pero ambiguos del contrato, que, no lo olvidemos, habían conectado previamente con las pulsiones de nuestros intestinos.

Y ¿en qué consisten las Tablas de la Ley aparte del comodín de las "costumbres españolas"? Pues uno, en cumplir la ley, claro, igual que los españoles; ¿legitimaría eso una legislación draconiana que castigue con la máxima pena la mínima infracción? ¿Y si un inmigrante se integra tanto en las" costumbres españolas que le da por esnifarse una raya de cocaína, cuyo consumo supone una infracción administrativa? Dos, en cumplir la ley con especial interés en el pago de impuestos (esperemos que aquí no se adapten demasiado a las "costumbres españolas"). Tres, en trabajar, que pa eso vienes y procura ser sumiso en el trabajo, porque como te echen y no encuentres curro te echamos nosotros; claro, a nadie se le escapa que todo lo que sea aumentar la dependencia entre las renovaciones y la conservación de un empleo, aunque tenga su lógica, va a favorecer la precariedad laboral de nuestro ejército de reserva particular y de los españoles con los que concurren en el mercado (si ya se exige una cierta cotización para renovar, supongo que exigirán más). Cuatro, aprender español por cojones y euskera y eso si tienes ganas. Esto último merece mención aparte, porque en esta ocasión nuestros camaradas liberales del PP precisan de un poco de sano liberalismo.

El Estatuto de Autonomía Catalán indica que todos los catalanes tienen el derecho y el deber de conocer la lengua catalana y sabemos que hay muchos catalanes que no la conocen bien. ¿Significa eso que el conocimiento de la lengua debe transmitirse agresivamente? Esperemos que no, por el bien de los catalanes. La otra cuestión es ¿hace falta esa imposición con el castellano en España? El inglés no es ni siquiera la lengua oficial de la primera potencia mundial, pero gracias a su poder, tenemos que estudiarlo todos por narices. Los inmigrantes deberían aprender castellano por la cuenta que les trae. Y mayoritariamente lo hacen: los de la primera generación, de manera imperfecta como humanos que son, especialmente los más mayores; los de la segunda (que curiosamente seguimos considerando inmigrantes), si están adecuadamente escolarizados, lo harán de manera sencilla y automática... bno, al mns en la msm mdida k nstros jvnes spañols. Cambiando de perspectiva, si el incentivo de aprender castellano es tan evidente ¿por qué algunos no lo hacen? Una vez más no nos enteramos de la película si leemos el tema en clave individualista (no aprenden español porque no quieren, así que firmamos un contrato y en paz). La manera principal de aprender un idioma es la interacción comunicativa, así que tendrán más problemas quienes están, por ejemplo, más segregados en el mercado de trabajo y discriminados en los alquileres, salvo en el guetto de turno. Estará bien que, además, las instituciones den clases de español de nueve a once de la mañana, pero habrá que plantearse por qué no acuden a ellas algunos de nuestros laboriosos obreros del lejano invernadero o nuestras industriosas empleadas domésticas internas. El aprendizaje de la lengua se consigue poco a poco con más integración sustancial, no con la invocación mística de un contrato.

En último término, poner más trabas para la permanencia de los que ya están aquí sería una buena estrategia para aumentar el número de los irregulares, esos que van a dejar de existir cuando gobierne el chamán, que tampoco va a hacer regularizaciones extraordinarias (a ver qué nombre les pone cuando toque). La "expulsión" jurídica sí que es un conjuro poderoso: condena a la víctima a desaparecer del mundo de la regularidad, pero en un gran número de ocasiones su cuerpo serrano permanece en el más acá de la nación española.

En otro orden de cosas, si miramos el contrato más desde arriba, nos encontramos con que refleja un modelo de "integración" defectuoso que sigue en nuestras cabezas. Primero, aunque llama a la "integración", simbólicamente separa a los que necesitan contrato para integrarse en la sociedad de los que no, estableciendo regímenes separados. Segundo, entiende la integración de los extranjeros como un problema que corresponde exclusivamente a los extranjeros como individuos y al Estado, de manera que no implica en el proceso a la sociedad civil española ni a las redes sociales, asociativas y familiares de los extranjeros. Tercero, parece entender que la integración de los extranjeros sólo afecta a los de fuera de la UE-23 (qué haremos pues con los rumanos, la última bestia negra del racismo más español). Cuarto, parece entender que la integración es un asunto que sólo se refiere a la extranjería, cuando es un proceso social más grande y nunca terminado al que los extranjeros simplemente se incorporan (a mi juicio una sociedad donde mucha gente se manifiesta contra los matrimonios del mismo sexo es una sociedad con problemas de integración de la diversidad).

En definitiva, leyendo entre líneas el contrato que se propone para los migrantes lo mismo podemos contemplar las aristas de ese gran reto para nuestra sociedad que es su integración, es decir, la superación continua de sus disfuncionalidades. Quizás de esta manera podemos encontrar los problemas que las palabras mágicas habían procurado escamotear.

martes, febrero 05, 2008

"PUTEADAS": LAS ÚLTIMAS DE LAS ÚLTIMAS

El debate sobre la eventual "legalización" de la prostitución nos divide a los feministas y no es para menos, porque el tema es complicado. Desde el punto de vista de la "moral" abstracta, al margen del contexto social en el que este fenómeno se sitúa, me sucede lo mismo que con la "poliginia": nada tengo que objetar a que cada uno (y cada una) gestione como prefiera los amores y los ardores de su vida; nadie soy yo para juzgar sobre cuerpos ajenos. Pero creo que nos falta perspectiva si contemplamos las conductas únicamente en abstracto, al margen del contexto social en que se producen, que es lo que habitualmente gusta de hacer el liberalismo más ingenuo.

En este sentido, la prostitución "real" -como la poliginia "real"-, se comprende mejor cuando se sitúa en el contexto del patriarcado, esto es, del dominio de los hombres sobre las mujeres; nadie puede negar que, aunque naturalmente existen bastantes desviaciones del supuesto prototípico, la prostitución es una actividad muy feminizada (quizás la más feminizada de todas) y que los clientes son, casi exclusivamente varones. Tampoco creo que nadie pueda negar que prácticamente todas las "prostitutas" se encuentran en una situación patente de exclusión social, en los márgenes del sistema y con un status social muy degradado. Para constatar esto no hace falta meterse en el berenjenal de considerar que "vender sexo" es más "indigno" que otras transmisiones onerosas que realizan otras personas más "respetables". En la práctica, nuestra sociedad tiende a arrojar a las prostitutas más allá de nuestro mundo social, como si pertenecieran a una casta de "intocables". Está "bien visto" criticar a los famosetes de tercera división, que venden a los medios de comunicación "pornografía sentimental" de vidas propias y ajenas, pero aún así cuando uno se los encuentra por la calle no huye buscando una acera más cómoda, sino que, en el fondo, procurará impregnarse de su halo místico de glamour casposo para contar a deudos y parientes esa epifanía cutre. La gente "de orden" anima a las prostitutas a dedicarse a limpiar escaleras, pero nadie contrataría a una puta para limpiar la suya. Las personas destinadas a esta "casta" de extrema inferioridad social son sistemáticamente mujeres y se sitúan en esa posición tan desventajosa para satisfacer el deseo sexual de los varones. Para quienes están en contra de la regulación de la prostitución, "legalizar" esta actividad vendría a ser como una rendición frente a una forma especialmente intensa de explotación humana.

Yo por mi parte, estoy entre los que prefieren regularizar y hacer más visible esta situación, de manera que se atenúe en alguna medida la exclusión social que produce (y que se acentúa con un vacío legal que tiene algo de hipócrita), sin que ello implique renunciar a luchar contra las fuerzas que "arrastran" -a veces de manera forzada, a veces de manera "libre", pero en el marco de unos condicionamientos estructurales- a las mujeres a ejercer la prostitución. Entre otras cosas, porque creo que es lo que suelen preferir las prostitutas y a mí el "todo para el pueblo, pero sin el pueblo", no me convence casi nunca. No se trata únicamente de una cuestión simbólica, sino también material. Al fin y al cabo, tipos listos como Marx o Polanyi ya denunciaron en su tiempo cómo la conversión del trabajo en mercancía (a grandes rasgos, una novedad del capitalismo moderno) había producido una brutal disociación entre la persona y lo que hace, es decir, entre la persona y la persona misma, de consecuencias patológicas; la reacción defensiva de la sociedad ante esta ruptura no fue retornar a modos de producción domésticos, sino -entre otras cosas- regular el mercado de trabajo para vivir con dignidad esta diosciación. Hoy en día, al menos los trabajadores que disfrutamos de un cierto privilegio podemos vivir con la alienación sin que se nos caigan los anillos.

En este sentido, me parece muy oportuno establecer mecanismos de protección social para las personas que ejercen la prostitución. Ello implicaría necesariamente un cierto reconocimiento jurídico de la actividad, que incluso habría de gravarse con tributos (como mínimo, a través de cotizaciones a la Seguridad Social). Más difícil me parece aceptar la aplicación automática del régimen laboral, basado en la subordinación y en el ejercicio de poderes de dirección, control y disciplina por parte del empleador; seguramente sería más apropiado regular la prostitución como una actividad autónoma, en su caso, económicamente dependiente, con las exiguas garantías del nuevo régimen, aunque tengo mis dudas respecto a lo que habría que hacer con la subordinación real. Lo suyo sería perseguirla duramente una vez se estableciera el régimen autónomo, pero vamos, no sé si alcanzarían hasta lo más profundo de la economía sumergida las redes del, ejem, Leviatán.

En cualquier caso, traigo este tema aquí porque a nadie se le escapa que la prostitución hoy no es únicamente un tema de género, sino también étnico y vinculado a las vidas de muchas mujeres migrantes (en el peor de los casos, de manera forzada). Hemos señalado en otras entradas que los migrantes de hoy actúan como los forasteros carniceros de la Utopía de Tomás Moro, realizando los trabajos que el sistema requiere, pero que los nacionales no quieren hacer; así pues, era de esperar que se cubrieran con extranjeras las "vacantes" en la actividad profesional más degradada de nuestra sociedad. "Vacantes" ocupadas por mujeres migrantes irregulares y prostitutas: las últimas de las últimas al margen de los márgenes de nuestra sociedad.

Regularizar la situación de las prostitutas migrantes podría atenuar la debilidad de su posición en la sociedad. La irregularidad tiende a ser permanente, pues su "profesión" no permite regularizarse y la integración en el mercado de trabajo normalizado se hace progresivamente más difícil (véase supra la "parábola de la escalera"). Estamos hablando de cosas muy concretas, dado que esta situación de irregularidad supone un poder extraordinario en manos de "chulos", "mafias", "empleadores" y, en su caso "clientes"; el miedo a la expulsión y la precariedad extrema configuran un sujeto cada vez más dócil y sumiso a los dictados de quien está al menos unos peldaños por arriba.

Pero esta "legalización" se encuentra con fuertes paradojas y contradicciones; ¿qué requisitos exigir para el ejercicio de la actividad de la prostitución a los extranjeros? Si se reconociera la prostitución como actividad por cuenta ajena -lo que, como ya he señalado, no me parece oportuno- ¿aplicaríamos normalmente el Contingente, la Situación Nacional de Empleo, de Catálogo de Ocupaciones de Difícil Cobertura? Si se reconoce como actividad por cuenta propia, postura por la que me inclino ¿será positiva la consideración de que la actividad cree más empleo? ¿Cómo se restringiría el acceso de personas para ejercer la prostitución en España? Porque si no se restringe el acceso, o se restringe poco, el problema es que de esta manera probablemente estaríamos fomentando la prostitución como estrategia migratoria, como modo de sortear las restricciones que existen para acceder a la Unión Europea y por tanto alimentando y engrasando la maquinaria que arrastra sistemáticamente a muchas mujeres a la prostitución para convertirse en las últimas de las últimas de nuestra casposa Utopía, aún más abajo que los carniceros.

"Legalizar" la prostitución me parece una estrategia oportuna, con todos los matices que quieran, pero ello implica enfrentarse de cara con todas estas paradojas. A veces, en el debate, las mujeres migrantes permanecen misteriosamente invisibles y olvidadas, pero hoy en día cualquier propuesta al respecto tendrá que encajar en la realidad (post)moderna del transnacionalismo.

sábado, enero 26, 2008

LOS CARNICEROS DE UTOPÍA (IV): LA "MANO INVISIBLE"... DEL TRABAJO IRREGULAR

El año pasado (¡qué lejos queda!), en la última entrada hablábamos de cómo una de las formas a través de las cuales se utiliza a los migrantes para obtener beneficios a bajo coste (maximizando el crecimiento económico global) es la economía sumergida. De hecho, da la impresión de que en España el tema de la inmigración nos lleva siempre a la espinosa cuestión de los "sin papeles", los inmigrantes irregulares.

Pero ¿todo el mundo tiene ese problema? Este verano interrogaba a mi amigo -y contertulio de este blog-, Pelu, acerca de las dimensiones del problema del trabajo irregular en Londres, donde ha estado trabajando mucho tiempo. Decía que no conocía nada de eso; que sí que había bastantes indicios de inmigración ilegal en base a documentaciones falsas, pero que no se conocía ese fenómeno del trabajo irregular (supongo que sí que existirá, pero que las dimensiones del problema no tienen nada que ver con las que adquieren en España). Nuestro espíritu científico demanda inmediatamente ¿cuál es la causa de esta diferencia? La respuesta más cómoda, como ya saben los aficionados al tema de las migraciones, es acudir inmediatamente a la "caja negra" barata y "demiúrgica" de la "cultura": los "ingleses" tienen "otra cultura"; como me decía hace tiempo un compañero sociólogo y politólogo, en la "cultura" podemos meter todo aquello que no sabemos explicar. Ya saben que uno es adicto al mantra marxista de que es el ser social el que determina la conciencia y no al contrario.

Por supuesto, mucho antes de que empezaran a llegar masivamente migrantes, la economía española estaba caracterizada por un gran protagonismo de la economía sumergida; más allá de la "cultura", los factores causales que han "estructurado" este fenómeno han sido seguramente muy variados. A mí en este momento me interesa resaltar que el protagonismo de la economía informal es una constante en los países de industrialización tardía e "imperfecta", como puede observarse hoy en los Estados surgidos de la descolonización. Ahora bien, lo que en un momento concreto puede identificarse como la subsistencia de modos de producción precapitalistas y preindustriales, domésticos, casi de supervivencia, termina integrándose en mercados no regulados, asumiendo la lógica capitalista de la maximización del beneficio; en países como el nuestro, la economía sumergida está integrada en un sistema más grande y omnicomprensivo, que abarca también a la economía formal y donde todas las piezas están encajadas de manera que se relacionan unas con otras en una especie de simbiosis como la del hongo y el alga en el liquen. Las condiciones de trabajo en las empresas pequeñas no están desvinculadas de las condiciones de trabajo en las empresas grandes en un entorno reticular de división del trabajo interempresarial.

A esto se añade que, como decíamos anteriormente, nuestra economía se ha especializado en sectores productivos que hacen un uso intensivo del trabajo, que por tanto tienen una escasa productividad y valor añadido (la agricultura o, en el sector secundario, la fabricación de juguetes o zapatos); posteriormente, el crecimiento económico se ha debido en gran parte al "ladrillo", sector que también hace un uso intensivo de la mano de obra; asimismo el empleo ha crecido particularmente -como en todas las economías desarrolladas- en el sector servicios, aquejado del mal de coste de Baumol, especialmente en la hostelería y el servicio doméstico. En todos estos sectores ha tenido tradicionalmente una enorme importancia la economía informal (a veces incluso "necesaria" para su supervivencia o desarrollo). Por su parte, la intensificación de la competencia internacional no vino sino a incrementar esta tendencia; así, por ejemplo, la agricultura española ha podido competir con los productos marroquíes atrayendo precisamente a trabajadores marroquíes para que trabajen en España en condiciones muchas veces inferiores a las permitidas. Ya hemos dicho en otras entradas que se ha producido un desplazamiento de la fuerza de trabajo en muchas de estas ocupaciones de escaso valor añadido sobre las que se sustenta la economía nacional: los españoles, arropados por el paraguas de un imperfecto bienestar familiarista, han ido abandonando esos empleos, siendo sustituidos por trabajadores extranjeros "atraídos" por el "efecto llamada" del mercado de trabajo. Pues bien, hay que añadir que gran parte de esos empleos eran empleos informales y sumergidos y que por tanto gran parte de ese "efecto llamada" EXIGÍA trabajadores irregulares. La disponibilidad de los trabajadores extranjeros ha permitido mantener, reproducir y acaso multiplicar esta economía sumergida que al mismo tiempo retroalimenta la economía formal. El fenómeno de los "sin papeles" no se debe a circunstancias psicológicas, internas, de los extranjeros (su eventual desprecio por la legalidad española), sino más bien a circunstancias inherentes a nuestra estructura económica y a nuestro mercado de trabajo.

De hecho, la normativa de regulación de flujos no hace sino contribuir a la reproducción de este proceso; no quiero decir que esto se deba a la decisión consciente de personas individuales, sino a la circunstancia de que el Derecho no proviene del mundo de las ideas platónicas, sino de la realidad social que trata de ordenar. Ya veíamos hace tiempo que, a grandes rasgos es prácticamente imposible acceder al mercado de trabajo español de la manera "oficial" incluso aunque exista demanda de mano de obra en condiciones legales; la única actualización que se me ocurre de lo que decía en aquel tiempo es que ahora la tramitación de los expedientes se prolonga hasta unos nueve meses, según me cuentan, algo absolutamente irrazonable para cualquier empresario con necesidades de contratar fuerza de trabajo.

Sucede algo parecido a lo que nos ocurre a los españoles con la temporalidad: sabemos que el Derecho del Trabajo se rige formalmente por el "principio de causalidad", según el cual la regla general es que los contratos son indefinidos y que sólo puedan pactarse contratos temporales cuando exista una causa justa. Sabemos que en realidad, la forma de acceder al mercado de trabajo español para los jóvenes (o incluso para acceder a empresa, para casi cualquier persona) es un contrato temporal, realizado en fraude de ley. Esa realidad supera tanto a las leyes que éstas tienen que proclamar sucesivas "amnistías" que bonifican o incentivan de vez en cuando la conversión de contratos temporales en indefinidos (mirando para otro lado en lo que refiere a si esos contratos temporales lo eran verdaderamente). Estas "amnistías" se parecen sospechosamente a los procesos de "regularización" o de "arraigo" que los políticos gustan de criticar cuando están en la oposición y se ven obligados a realizar cíclicamente cuando están en el Gobierno.

Porque el fenómeno de los "sin papeles" se convierte en un problema inaceptable que hay que resolver. Ciertamente, despliega un cierto efecto "positivo" sobre la economía nacional (por eso muchas veces se hace la "vista gorda"), aunque este efecto puede ser "pan para hoy y hambre para mañana" en la medida en que mantiene una economía basada en unos escasos niveles de productividad. Pero, desde un punto de vista ético, provoca condiciones de vida y trabajo inaceptables para los "carniceros de utopía" esos trabajadores "invisibles" que hacen el "trabajo sucio" del sistema: frecuentemente explotados por sus empleadores y acosados por la policía, no les queda sino sufrir pacientemente su "penitencia" en los márgenes del sistema, esperando gozar un día del Paraíso de la regularidad, para ser sustituidos por nuevos trabajadores "ilegales". La problemática no sólo es moral, sino también social, por cuanto este sistema que se alimenta de trabajadores que acceden al mercado por la vía irregular presenta profundas disfunciones que afectan a la cohesión y a la buena marcha de la sociedad. ¿Cómo puede hablarse de "integración de los inmigrantes" cuando las ruedas de nuestro sistema económico están arrastrando y aplastando inmigrantes des-integrados?

Ahora bien, si queremos luchar contra el fenómeno de la migración irregular, hemos de partir de sus raíces, no de la superficie. Luchar contra la migración ilegal restringiendo la sindicación y la huelga de los extranjeros no sólo es inútil, sino incluso contradictorio, al abundar en el desamparo y la des-integración de los irregulares. Más útil será mirar a los ojos de la economía sumergida y de nuestra estructura productiva; tal vez no podamos cambiar radicalmente esas raíces, válgame la rebuznancia, pero a lo mejor podemos hacer algo si nos asomamos de verdad al problema.

Edito: olvidaba hacer la recomendación que tenía pensada
Para saber más: Javier Moreno, "The regularisation of undocumented migrants as a mechanism for the 'emerging' of Spanish underground economy". Documento de trabajo de la Unidad de Políticas Comparadas del CSIC, 2005.