Pero los seres humanos jamás hemos sido individuos aislados de la vida social. Somos también personas y nos definimos por nuestros personae, las máscaras que llevamos en el teatro de la vida; percibimos, experimentamos o quizás solo sospechamos, que somos más que un conjunto de roles sociales, pero sólo en medio de ellos podemos ser nosotros mismos. Así, construimos nuestra identidad mirándonos en el espejo de los grupos sociales de los que nos sentimos miembros, de acuerdo con la Teoría de la Identidad Social de Tajfel y Turner. Esta teoría también nos cuenta que a veces el espejo es el de la Madrastra, lo que motiva que a veces, para sentirnos a gusto con nosotros mismos, tengamos que mirar por encima del hombro a otros grupos.
Las categorías sociales que utilizamos para mirarnos a nosotros mismos (y que la gente utiliza para mirarnos a nosotros, aunque no nos percibamos miembros de esos grupos), pueden ser de muy distintos tipos: el género, la edad, la ideología, la religion, la orientación sexual... Tradicionalmente han sido muy importantes las categorías étnicas, culturales, lingüísticas, raciales: las que se refieren al origen, las que construyen un linaje común, las que implican la pertenencia a un grupo de base territorial. Normalmente, en una misma persona conviven diversas categorías étnicas, pero en las sociedades tradicionales, en las que la mayoría de las interacciones sociales y económicas se producían en un contexto muy reducido, también eran limitadas las categorías de este tipo; simplificando, nosotros somos la gente de la misma aldea o del mismo grupo de parentesco, luego está el resto de la gente normal, "todo cristiano" y si acaso una categoría difusa, a veces legendaria de "verdaderamente Otros". Ciertamente, en ciertos contextos sociales, algunas élites fueron desarrollando conciencias colectivas más amplias, pero, desde luego su ideología no era compartida por la inmensa mayoría de la población, que, salvo en épocas de movimiento migratorio, vivía y moría en la tierra de sus padres, quizás sin haber salido nunca de ella.
Por supuesto, más adelante entraron en juego las naciones, pero de ello mejor me ocuparé en la próxima entrada.
Las categorías sociales que utilizamos para mirarnos a nosotros mismos (y que la gente utiliza para mirarnos a nosotros, aunque no nos percibamos miembros de esos grupos), pueden ser de muy distintos tipos: el género, la edad, la ideología, la religion, la orientación sexual... Tradicionalmente han sido muy importantes las categorías étnicas, culturales, lingüísticas, raciales: las que se refieren al origen, las que construyen un linaje común, las que implican la pertenencia a un grupo de base territorial. Normalmente, en una misma persona conviven diversas categorías étnicas, pero en las sociedades tradicionales, en las que la mayoría de las interacciones sociales y económicas se producían en un contexto muy reducido, también eran limitadas las categorías de este tipo; simplificando, nosotros somos la gente de la misma aldea o del mismo grupo de parentesco, luego está el resto de la gente normal, "todo cristiano" y si acaso una categoría difusa, a veces legendaria de "verdaderamente Otros". Ciertamente, en ciertos contextos sociales, algunas élites fueron desarrollando conciencias colectivas más amplias, pero, desde luego su ideología no era compartida por la inmensa mayoría de la población, que, salvo en épocas de movimiento migratorio, vivía y moría en la tierra de sus padres, quizás sin haber salido nunca de ella.
Por supuesto, más adelante entraron en juego las naciones, pero de ello mejor me ocuparé en la próxima entrada.